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    Autor: IMCO Staff

    Dos veces en menos de tres años, Estados Unidos ha puesto a la economía mundial en crisis.  Similar conducta por cualquier otro país hubiera llevado a la intervención del Fondo Monetario Internacional y motivado comentarios cáusticos sobre la calidad de sus gobernantes e instituciones; de país bananero no los bajaban.  Pero como los Estados Unidos es una súper-potencia, ningún líder político se atreve a hablar de ellos en esos términos.  No soy ni político ni funcionario público.  Por ello, puedo darme el lujo de decir lo que muchos otros piensan: el Estado americano se está comportando como se comportan los gobiernos de los países bananeros.  Debería darles vergüenza;  hace rato que sus problemas pasaron de la esfera técnica a la ópera bufa.

    Vale la pena un breve recuento de los hechos.  En 2000, Clinton llegó al final de su periodo de gobierno.  Los resultados de su gestión fueron muy buenos: La economía americana crecía a un buen ritmo (4.0%  anual promedio durante su periodo); la inflación estaba controlada; las tasas de interés eran bajas; la tasa de desempleo era de solo 4.0%; el gobierno tenía un superávit fiscal y el saldo de la deuda pública era de poco más 55 % del PIB, pero venía descendiendo.  Se requería un gran esfuerzo para acabar con la salud financiera del Estado americano, pero lo lograron.

    El gobierno de Bush se estrenó con una medida poco ortodoxa pero políticamente rentable: bajó la tasa del impuesto sobre la renta.    Poco después de aprobar esta medida vino el atentado terrorista. La reacción del gobierno federal fue buscar un culpable; decidieron que fuera Sadam Hussein.  Como aumentar impuestos para financiar esa guerra no era politicamente atractivo, el gobierno de Bush optó por aumentar el gasto corriente; al poco rato decidió instrumentar otra reducción de impuestos.

    El error de financiar una guerra sin aumentar impuestos ya se había cometido antes, durante la guerra de Viet Nam, pero a nadie se le ocurrió recordarle esto al Presidente Bush o al Congreso americano.  Casi instantáneamente el superávit se invirtió y la deuda pública empezó a crecer.  Al término de los primeros cuatro años de gestión de Bush,  superaba 60 % del PIB.  Este nivel todavía era manejable, pero   estaba creciendo rápidamente.

    El Presidente Bush necesitaba un cómplice que lo ayudar.  Lo encontró en Alan Greenspan (cabeza del Banco de Reserva de EUA), quién le hizo fácil la tarea instrumentando una política monetaria expansionista.  Esto debió causar que se depreciara el dólar pero esto no sucedió porque China y Japón se encargaron de comprar toda la deuda pública que emitía Estados Unidos, y otro cacho más.  Como el sector financiero se ahogaba en recursos, los bancos empezaron a hacer préstamos hipotecarios a deudores de baja calidad.

    El frenesí fiscal y financiero culminó en septiembre de 2008, con la bancarrota de Lehman Brothers.  La crisis financiera resultante era tan grande y sus consecuencias tan graves, que el gobierno de Bush decidió intervenir, rescatando a los principales bancos que estaban en problemas y socializando una gran parte del costo del rescate de los bancos.  La intervención del gobierno era ineludible pero resultó muy costosa.  El déficit de 2008 fue de más 4 % del PIB, pero se duplicó el año siguiente; con ello, la deuda del gobierno federal rebasó 90 % del PIB.

    Con evidencias tan claras sobre lo que estaban costando el rescate de la banca y el programa de estímulo, lo prudente hubiera sido evitar nuevos compromisos fiscales hasta que la economía americana se recuperara de la crisis.  En vez, el gobierno de Obama decidió adquirir nuevos compromisos, entre ellos,  un costoso programa de sanidad pública.  Si un programa como este se iba a adoptar, el momento ideal para hacerlo hubiera sido en 2000, cuando la economía estaba muy sana y antes de bajar impuestos y de asumir los costos de las guerras en Iraq, Afganistán y Libia.           

    La situación actual da risa, pero también pavor.  El Congreso y el Ejecutivo federal americanos están tratando de resolver en días, sobre las rodillas, un relajo fiscal que crearon a lo largo de doce años.  Es poco probable que con tanta presión y prisa las cosas les salgan bien.  Es posible que el debate siga siendo tan intenso que los partidos no logren aprobar un techo más alto para la deuda del gobierno federal.  Esto causará  una crisis financiera internacional de proporciones épicas.  Pero también hay que temer que al cuarto para las doce logren un acuerdo lleno de hoyos y contradicciones que complique aun más la resolución de la crisis fiscal subyacente.

    Estados Unidos puede salir de este problema, pero para ello sus políticos deben de comportarse con madurez y entereza.   

    Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C.  Las opiniones en esta columna son personales.     

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