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    Autor: Roberto Newell

    Roberto Newell

    Roberto Newell | @RobertoNewell

    Mi esposa y yo acabamos de viajar a Rio de Janeiro para atender un tema personal.

    Habían pasado varios años desde nuestra última visita y teníamos curiosidad por ver cómo habían cambiado las cosas en esa ciudad donde mi esposa pasó su niñez.

    Rio está más bella que nunca.

    La bahía de Guanabara y las lagunas de Rio lucen limpias y sanas; las playas están llenas de gente joven practicando una variedad amplísima de deportes; los parques están limpios y hay mucho menos grafiti que desfigure los edificios del centro.

    Se nota el esfuerzo que ha hecho el Gobierno para mejorar la infraestructura de transporte: el pavimento de las calles está en buenas condiciones, hay nuevas vialidades y rutas del Metro, las unidades de transporte urbano se ven nuevas y funcionales y los conductores respetan las reglas de tránsito. Consecuentemente, el tráfico fluye mejor que en la ciudad de México o que en otras ciudades del País.

    Cuando comenté que Rio lucía mucho más bonita que en ocasiones previas, los cariocas se reían y explicaban que luce bien porque las autoridades se esmeraron para que la ciudad luciera bien durante la Copa Mundial y las Olimpiadas. Nuestros interlocutores hablaban de Rio como si fuera un gran Pueblo de Potemkin, recién pintado y remodelado para ocultar un desastre.

    Quizá tengan razón, pero creo que sus comentarios subestiman el valor de lo que se ha hecho en Rio y reflejan el depresión en que está sumida la población brasileña después de dos años de crisis económica y política.

    Nuestra visita a Rio coincidió con la publicación de los datos económicos preliminares correspondientes a 2016.

    Los datos más recientes muestran que la economía todavía está en una profunda recesión debido al duro ajuste que se tuvo que hacer para corregir la crisis que afecta las finanzas públicas del país y que derivó del crecimiento desbocado del gasto público.

    La situación fiscal de Brasil es tan grave que la coalición que apoya al Presidente Temer pudo obtener el respaldo político necesario para aprobar una enmienda constitucional que congelará durante veinte años el gasto social del gobierno federal. Pasar esa enmienda fue un gran logro político de Temer, puesto que la proporción de votantes que aprueba su gestión es de menos de 30 por ciento.

    Para colmo, a pesar de esa enmienda las cuentas del gobierno brasileño no cuadran.

    El siguiente proyecto de Temer es reformar el sistema de pensiones el cual es tan generoso que permite que miles de personas se jubilen antes de cumplir cincuenta años de edad.

    Los problemas de Brasil no son exclusivamente fiscales.

    El país también pasa por una profunda crisis política relacionada con la enorme corrupción que prevaleció durante los años que gobernaron Lula da Silva y Dilma Rousseff.

    Los dos Presidentes son miembros del Partido del Trabajo (PT) y son figuras emblemáticas para los brasileños más pobres.

    Rousseff no ha sido acusada de corrupción, pero muchos funcionarios de su gobierno y del PT están implicados en el caso de corrupción de Petrobras y en muchas otras trapacerías económicas, incluyendo algunas que rebasaron las fronteras del país.

    Lula, el político más popular de Brasil, está acusado de haber recibido sobornos y si el caso contra el prospera, puede acabar en la cárcel.

    Los escándalos de corrupción han debilitado la confianza de los brasileños en las instituciones de su país, descreditando el oficio de los políticos. Pero cuando Brasil salga de esta crisis, el país habrá dado pasos gigantescos para erradicar la corrupción y establecer de un sistema de derecho objetivo y confiable. En esto Brasil nos lleva una gran delantera.

    En cambio, en lo que están muy atrasados es en la liberalización y apertura de su economía.

    Brasil sufre de tramititis aguda.

    Los procesos requeridos para resolver cuestiones relativamente sencillas y anodinas son bizantinos y se prestan a la corrupción. Su economía también se resiste a participar en la economía global.

    Algo tan sencillo como enviar pagos del extranjero a Brasil tarda días y es costoso. Para una persona como yo, que no tiene una cuenta de cheques brasileña, cambiar dólares para cubrir los costos de un proceso en el que han participado abogados y autoridades fue caro, incómodo e inseguro, puesto que por alguna extraña razón, los bancos comerciales no reciben dólares de personas que no tengan cuentas en el mismo banco.

    ¿Y para qué les cuento lo que tardó y costó procesar un permiso para resolver una cuestión personal y familiar?

    El trámite que motivó el viaje fue complicadísimo de resolver y requirió la intervención de abogados, peritos traductores y autoridades varias que entorpecieron el proceso sin agregar valor alguno. En esto México lleva gran delantera.

    Publicado por Reforma
    16-03-2017

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