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    Autor: Juan E. Pardinas

    Juan E. Pardinas

    Juan E. Pardinas | @JEPardinas

    En el verano del año 2014 México y el mundo eran lugares muy distintos. Si aquellos meses no están muy alejados en las hojas del calendario, el ánimo de esa época nos queda ya a años luz de distancia. En aquellos tiempos Enrique Peña Nieto era el exitoso arquitecto de una docena de reformas estructurales. El barril de crudo mexicano de exportación se vendía por arriba de los 100 dólares y con 13 pesos mexicanos era posible comprar un billete con la efigie de George Washington. Gran Bretaña era parte de Europa. Donald Trump era un especulador de bienes raíces y una excéntrica celebridad de la televisión norteamericana. Los discursos contra el libre comercio estaban en la periferia del debate político de Estados Unidos. En aquellos días no existía el concepto de la postverdad. Las encuestas eran herramientas útiles para atisbar los resultados electorales y los Cubs de Chicago tenían más de un siglo sin ganar la serie mundial de beisbol. Ese mundo ya sólo sobrevive como un recuerdo reciente pero borroso. Los 12 meses que conformaron 2016 ya terminaron, pero la ominosa sensación que nos dejó podría fundar toda una época.

    Es difícil evaluar el daño de un terremoto cuando el suelo aún se mece debajo de nuestros pies. Sin embargo, los saldos de 2016 dejan a la economía mexicana frente a una secuencia de desafíos evidentes e incertidumbres insospechadas. Durante las últimas décadas el impulso de nuestra economía estuvo sustentada en la fuerza de dos motores: 1) la producción y explotación de petróleo y 2) la exportación de manufacturas al mercado norteamericano. Estas dos turbinas se están enfrentando a disrupciones tecnológicas y políticas. Lo que viene será muy distinto a lo que fue.

    El nuevo orden energético global

    A partir de 2014 el mercado internacional de hidrocarburos se volteó de cabeza a consecuencia del cambio tecnológico. Tradicionalmente los pozos para extraer petróleo y gas sólo se podían perforar de forma vertical. Un tubo y una broca perforaban la tierra y en ángulo recto avanzaba por el subsuelo con la esperanza de toparse con un yacimiento de crudo. La innovación de la perforación horizontal cambió los parámetros de éxito en la industria de los hidrocarburos. La broca y el tubo ahora se mueven con más libertad a lo largo y ancho de las profundidades terrestres. Además, las nuevas técnicas para extraer moléculas de carbono capturadas en los poros de las rocas convirtieron a Estados Unidos en el principal productor de petróleo y gas del planeta. El mayor importador de energéticos del mundo se transformó en un importante productor de energía. Esta conversión cambió, posiblemente para siempre, el mercado global de energía.

    Las implacables leyes de la economía establecen que cuando se aumenta la oferta o disponibilidad de un producto, su precio tenderá a la baja. Eso le ocurrió al petróleo. A México le tocó una doble caída: por un lado se desplomaron los precios de los hidrocarburos y a la par se contrajo la producción de Pemex. Por mucho tiempo el petróleo fue la primera fuente de divisas de la economía y el tanque de oxígeno de las finanzas públicas.

    En el primer semestre de 2016 las tres principales inyecciones de dólares a la economía mexicana fueron las exportaciones automotrices, el turismo y las remesas. La venta de oro negro ocupó apenas el cuarto lugar. Las divisas que trajo la industria automotriz fueron cinco veces más grandes que las exportaciones petroleras. A comienzos de esta década el petróleo sufragaba cerca de 35 centavos de cada peso de gasto público. Ahora esa cifra es más cercana a los 16 centavos. Ante la triste realidad de que el dinero no crece en los árboles, el gobierno mexicano sólo tiene un menú de tres recetas: aumentar los impuestos, bajar el gasto o patear el bote y endeudarse más. Con un tratamiento de shock, forzados por las circunstancias, las finanzas públicas mexicanas están reduciendo aceleradamente su adicción al petróleo.

    La subasta de aguas profundas, de diciembre de 2016, fue un exitoso rito de pasaje para demostrar que la reforma energética alcanzó su mayoría de edad. La competencia abierta de Pemex y empresas petroleras internacionales marcó la transición del monopolio estatal a un competido mercado de energía. Sin embargo, estos complejos proyectos de inversión tardarán en cosechar sus moléculas y en consecuencia levantar la alicaída producción nacional de hidrocarburos. Es muy improbable que nos toque volver a ver barriles de 100 dólares, salvo que ocurra un cataclismo geopolítico en una región con altos niveles de producción. Uno de los saldos de 2016 es que los mexicanos tendremos que replantear la forma en que financiamos el gasto público, pero nadie en el gobierno o la oposición querrán tocar el tema de una nueva reforma fiscal en los tiempos cercanos a la elección presidencial de 2018. Habrá que esperar a los albores del próximo sexenio para discutir una inminente reforma al gasto y al ingreso público. Habrá que repensar las arcas del gobierno sin las ganancias del petróleo.

    La mariposa y el TLCAN

    En febrero de 2014 los mandatarios de Canadá, Estados Unidos y México se reunieron en Toluca para celebrar la cumbre de América del Norte. En aquella reunión uno de los acuerdos principales que tomaron Enrique Peña Nieto, Barack Obama y el entonces primer ministro canadiense Stephen Harper fue la protección de la mariposa monarca en su poético recorrido por la zona del TLCAN. No se me malinterprete. La colorida palomilla es un insecto muy hermoso, pero resulta paradójico que en una cumbre de jefes de gobierno la protección de una larva con alas ocupara un papel protagónico en la agenda. A pesar de que el acuerdo comercial cumplía 20 años en operación, nadie quiso darle relevancia al onomástico. El TLCAN es una política pública muy vulnerable porque se ataca con prejuicios y emociones, pero se defiende con datos y evidencias. Si atendemos a los tweets o las improvisaciones retóricas de Donald Trump, el TLCAN tiene mayores riesgos de extinción que la mariposa monarca.

    En uno de los textos más elocuentes sobre la campaña presidencial en Estados Unidos, la periodista Salena Zito dijo en The Atlantic que el problema de la prensa norteamericana era que tomaban los dichos de Donald Trump de forma demasiado literal pero no lo tomaban en serio. A la inversa, el ciudadano promedio tomó con más seriedad al personaje del copete anaranjado, pero le resto crédito a sus peroratas ante el micrófono. Ahora México y el mundo entero tendrán que resolver este dilema trumpiano entre lo literal y lo serio.

    El TLCAN ha sido la política económica más exitosa en varios sexenios. Los estados de la República que pudieron subirse al tren de la exportación de manufacturas crecen con mayor rapidez, tienen menos informalidad y en consecuencia menos pobreza. El puente más sólido que tiene México para alcanzar el desarrollo pasa forzosamente por la integración comercial de América del Norte. Al ver las cifras del TLCAN pareciera imposible frenar esa locomotora sin descarrilar los vagones donde viaja la prosperidad de ambas economías. En el tiempo que llevas leyendo este texto, Estados Unidos y México ya intercambiaron más de cinco millones de dólares en bienes y servicios. Nuestro país consume 15% de las exportaciones globales del vecino, pero si observamos los datos a nivel estatal el promedio nos dice muy poco. Texas y Arizona, dos estados que votaron por Trump, envían más de 35% de sus exportaciones totales a México. Es imposible disminuir el dinamismo de la relación comercial entre México y Estados Unidos sin dañar severamente la economía de estos estados fronterizos.

    La lógica y el sentido común llevarían a pensar que las amenazas de Trump contra el TLCAN se concentrarán más en el bullying individual de empresas que consideren mover sus operaciones a México, que en una reingeniería profunda del acuerdo comercial. Sin embargo, la lógica y el sentido común han demostrado ser herramientas inútiles para predecir o explicar la conducta de este poderoso individuo.

    Si Estados Unidos abandona el TLCAN la relación comercial con México quedaría regida por las reglas de la Organización Mundial de Comercio (OMC), lo cual implicaría aranceles con rangos del 2% al 8% sobre las exportaciones mexicanas. Sin duda esto afectaría la velocidad del intercambio comercial pero difícilmente desviaría dramáticamente la trayectoria de mayor interdependencia económica. Sin embargo, un estudio del Peterson Institute for International Economics1 presenta una serie de vías jurídicas alternas que Trump podría utilizar para cumplir, en alguna medida, sus amenazas de campaña en contra del tratado comercial. Cada una de estas rutas puede enfrentar obstáculos judiciales en tribunales de Estados Unidos y cortes internacionales. Probablemente, el riesgo más inminente en los próximos meses sea la incertidumbre económica que genera el errático “liderazgo” de un presidente cuya boca y cuenta de Twitter se mueven mucho más rápido que su cerebro.

    La presidencia de Trump es una amenaza para la prosperidad de México. Los peligros inminentes de su mandato nos ponen frente una serie de adversidades que no teníamos en el mapa. No somos un país de violadores, ni una patria de ladrones como nos pintó el nuevo presidente de Estados Unidos durante su campaña electoral. Sin embargo, cuando Donald Trump afirmó que México era un país muy corrupto ¿con qué evidencia y argumento nos podemos defender de semejante acusación? Los saldos ominosos de 2016 tal vez nos pongan frente a un espejo incómodo donde nuestros mayores problemas no son los ataques y fanfarronadas que vienen del norte, sino los problemas que nosotros hemos creado y hemos dejado sin resolver. Esta crisis no es una oportunidad, pero sí la última llamada para transformar a México en un país serio gobernado por el derecho y las instituciones.

    1 Noland, Clyde, et. al., Assessing Trade Agendas in the US Presidential Campaign, septiembre de 2016.

    Publicado por Nexos
    01-01-2017

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