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2000 y 2018

*Las opiniones expresadas en esta columna son personales.
Vicente Fox Quesada llegó a Los Pinos en medio de una embriaguez colectiva de esperanza en el cambio democrático. Su victoria en las urnas fue mucho más modesta que el tsunami de votos que 18 años después le dio el triunfo a Andrés Manuel López Obrador, 15.9 vs. 30 millones de sufragios. Sin embargo, en aquel entonces, un número importante de mexicanos caímos en la confusión de que un gobierno democrático sería automáticamente un buen gobierno. Algunos de los errores de aquel periodo tienen moralejas útiles en los tiempos de la 4T.

Fox llegó al poder acompañado de una dosis industrial de ingenuidad sobre la complejidad de los problemas que enfrentaría en su mandato. De acuerdo al Presidente con botas, el levantamiento indígena en Chiapas se resolvería en "15 minutos". Los agravios milenarios sobre la población indígena requerían algo más de un cuarto de hora de trabajo político. Fox también subestimó los desafíos de la economía mexicana: "Vamos a crecer al 7%". Los incrementos en la productividad y la inversión dependen de varios factores, ajenos al voluntarismo presidencial. El Ejecutivo mexicano tiene más herramientas para detonar una crisis que para acelerar el crecimiento económico. En el primer sexenio del PAN no hubo crisis económica, y eso tiene un enorme mérito, pero quedamos lejos de la utopía de crecer como tigre asiático.

Varios colaboradores de AMLO han derrochado un optimismo de proporciones foxistas. Alfonso Durazo afirmó que el número de homicidios en México durante los primeros tres años del sexenio debería acercarse al promedio de naciones de la OECD. Esto implicaría, apunta Alejandro Hope, una reducción de asesinatos del 85%. Octavio Romero, próximo director de Pemex, ya fijó la meta de que la producción petrolera pasará de 1.8 a 2.6 millones de barriles diarios al cierre del sexenio. Estos compromisos no son promesas de campaña forjadas bajo el sol de un mitin, sino ponderaciones razonadas por los inminentes encargados de encabezar la seguridad pública y la empresa estatal de hidrocarburos.

La preocupación sobre estos dichos no deviene de un pesimismo crónico, sino de que el exceso de optimismo parece tener su raíz en subestimar los obstáculos. Cada una de estas declaraciones será un parámetro para medir los éxitos o fracasos del gobierno de la 4T. Suponer que, en el 2024, México va a tener el mismo número de homicidios que una nación como Chile o Hungría, más que un acto de buena fe es un testimonio involuntario de desinformación.

¿México va a volver a producir 2.6 millones de barriles? Tal vez, pero ello dependería de permitir que Pemex se asocie libremente con empresas que cuentan con mejor tecnología y capacidad técnica. Para que la producción petrolera no siga cayendo es necesario que se respeten los contratos establecidos en las rondas previas y se impulsen nuevas subastas para aprovechar los yacimientos que Pemex no puede explotar por falta de recursos y capacidades. En esencia, para cumplir esa ambiciosa meta, el único camino es mantener la ruta del sector energético trazada durante el gobierno actual. La facilidad declarativa del propio AMLO recuerda mucho la improvisada soltura de Vicente Fox. En consecuencia, ya empieza a surgir una incipiente industria de la interpretación que busca darle coherencia y sentido a los dichos del nuevo Presidente.

Fox asumió que él representaba la encarnación del cambio, por lo cual, no fue necesario atacar las raíces normativas e institucionales de problemas como la impunidad y la corrupción. Sacar al PRI de Los Pinos se confundió con una pócima universal para resolver todos los males de la República. La transformación del 2018 deberá cuidarse de no repetir las metidas de pata de la malograda transición del 2000.
Publicado por Reforma
23-09-2018