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Amarás a la literatura

En 1967, el periodista Demetrio Manfredi publicó una entrevista en la revista del Partido Comunista Peruano con el siguiente encabezado: “El escritor debe sentirse solidario con los desposeídos y amar la revolución sobre todas las cosas”. El entrevistado escribió una carta para protestar por la adjudicación de palabras que no eran suyas: “Pienso, sí, que el escritor debe sentirse solidario con las víctimas de una sociedad, pero creo que, si es un escritor profundamente comprometido con su vocación, amará a la literatura por encima de todas las cosas, tal como el auténtico revolucionario ama la revolución por encima de todo lo demás”. La causa comunista perdió a un seguidor incondicional y la literatura ganó un futuro Premio Nobel. Así, Mario Vargas Llosa decidió entregar su vida a la vocación de juntar palabras para contar historias.

Todo dilema es una pareja compuesta por dos verbos: elegir y cancelar. Cuando el joven Vargas Llosa hizo públicos sus sentimientos profundos por la literatura, los comunistas de hueso colorado olieron el tufo de un apóstata que renegaba del dogma de la hoz y el martillo. Esta declaración de amor y distancia marcó el inicio de una travesía que alejó a Vargas Llosa de los evangelios de la izquierda y lo convirtió en el pensador liberal más importante de nuestro idioma. En este viaje entre dos polos ideológicos, Vargas Llosa llevó consigo a decenas de miles de lectores.

Cuando buena parte de los intelectuales latinoamericanos querían conseguir un autógrafo de Fidel Castro, el escritor peruano ya criticaba con todas sus letras a la dictadura cubana. Su defensa de los principios éticos que hacen posible la libertad lo llevó también a criticar a las dictaduras de derecha, como es el caso de Jorge Videla en Argentina.

Uno de los mejores libros de ciencia política sobre la importancia de la democracia no es un ensayo, un tratado o una tesis doctoral, es una novela: La fiesta del Chivo. Esta narrativa de ficción, basada en la dictadura de Rafael Trujillo en República Dominicana, es el retrato de un poder que no conoce los límites de la ley, la humanidad o el pudor. En la isla de Trujillo, El Chivo tenía potestad sobre el cuerpo de todas las mujeres que su virilidad pudiera disponer. Todas las libertades eran consecuencia de su gracia y los castigos una derivación de su capricho. Quien crea que la democracia es una forma de gobierno caótica y disfuncional debería conocer al Trujillo de Vargas Llosa para ponderar los riesgos y posibilidades del autoritarismo. Aquel que anhele dedicar su vida al oficio de la política debería leer con cuidado El pez en el agua. Si no hay tiempo y vida para devorarse esa portentosa autobiografía, por lo menos hay que leer el epígrafe de Max Weber, que ocupa la primera página del libro: “También los cristianos primitivos sabían muy exactamente que el mundo está regido por los demonios y que quien se mete en política, es decir, quien accede a utilizar como medios el poder y la violencia, ha sellado un pacto con el diablo, de tal modo que ya no es cierto que en su actividad lo bueno sólo produzca el bien y lo malo el mal, sino que frecuentemente sucede lo contrario. Quien no ve esto es un niño políticamente hablando”.

La moraleja tácita de El pez en el agua es que el peor pecado de la política es la ingenuidad. Las virtudes para ser un novelista talentoso, e inclusive un buen ser humano, no siempre funcionan como atributos a la hora de participar en política. En 1990, Mario Vargas Llosa fracasó en su intento por convertirse en presidente de Perú. Sin embargo, su malograda campaña electoral sembró la semilla del pensamiento liberal en la vida pública peruana. El vertiginoso crecimiento económico que hoy vive esta nación sudamericana sería impensable sin las ideas y políticas que propuso Vargas Llosa como candidato. Ese amor declarado de Mario Vargas Llosa es en realidad una llama doble que ilumina con su fuego tanto a la literatura, como a la libertad.