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AMLO y la corrupción

En los varios lustros que Andrés Manuel López Obrador lleva en campaña por la Presidencia de la República, recuerdo pocas propuestas específicas que definan la plataforma del líder de izquierda. Vender el avión presidencial o criticar el frijol con gorgojo son dos frases que ameritarían un premio de lemas publicitarios, pero difícilmente pueden pasar como proyectos de política pública. Su discurso es deficitario en ideas y sobreabundante en polarizaciones morales. Instalado en el púlpito de la autosuficiencia ética, AMLO reparte indulgencias o juicios flamígeros. Cualquier crítica al fundador de Morena te asocia de forma irredimible con la mafia en el poder, pero quien esté dispuesto a darle su apoyo expiará de su biografía sus pecados y pasados. Con la lealtad obsecuente viene el perdón y la amnesia. Como botón de muestra ahí tenemos sentado en el Senado a Manuel Bartlett. Para los jóvenes lectores millennials, que tengan la buena suerte de no saber quién es ese señor, les sugiero guglear su nombre junto a los apellidos Ovando, Gil y Buendía.

"Todo el que está en el PRI, pero se arrepiente de todo lo que hizo mal y decide pasarse a Morena, puede ser perdonado. Al momento que se sale del PRI se limpió". Esta frase de AMLO, en un mitin en febrero en Villahermosa, Tabasco, pinta de forma muy elocuente la teoría del Peje sobre la impunidad. Si todos mis adversarios son malos y todos mis seguidores son buenos, el Sistema Nacional Anticorrupción es una infraestructura institucional que sale sobrando. Basta revisar las credenciales de afiliación política de un individuo para otorgar un diploma de integridad o una sentencia flamígera.

En esta visión del mundo, la única forma posible de combatir la corrupción en México es el triunfo de Morena y la instalación de su líder en Palacio Nacional. Cambiar los incentivos a la impunidad implícitos en nuestras leyes y pensar en la arquitectura de las nuevas instituciones es un ocioso despropósito. Para combatir la corrupción sólo hay un camino. Él es el camino.

Uno de los principales umbrales de acceso de la corrupción al sistema político es el financiamiento de las campañas electorales. El INE ha creado un complejo sistema de registro de gastos y actividades que busca fortalecer la fiscalización de los dineros que se invierten para cosechar votos. En abril pasado, el Consejo del INE aplicó la pena máxima al retirar las candidaturas de los aspirantes de Morena a gobernador en Durango y Zacatecas, por no entregar sus informes de gasto en tiempo y forma. Sin embargo, el Tribunal Electoral echó para atrás la sanción y restituyó el registro a los candidatos de AMLO. Con la decisión del Trife a favor de Morena, el INE quedó vulnerado jurídicamente para exigir mayor fiscalización a los partidos. El 59% de los candidatos a las elecciones locales del próximo 5 de junio no ha reportado un solo gasto de campaña. Un partido o candidato que tenga la sincera convicción de luchar contra la corrupción en México debería cumplir y exigir el cumplimiento generalizado de las reglas de vigilancia contable sobre los partidos políticos. Hoy Morena es uno de los principales beneficiados de que estas normas tengan el mismo rigor de un bolillo sopeado en leche.

AMLO es un hombre austero que no parece seducido por una mansión blanca, una casa en Malinalco u otras versiones ostentosas y frívolas de la corrupción. Sin embargo en esa convicción mesiánica, bien diagnosticada por Enrique Krauze, la malversación de fondos públicos se tolera y purifica cuando los dineros se ponen al servicio de su campaña. Ante la luz del rayo de esperanza y el monopolio de la honestidad valiente, toda transa queda redimida. Para AMLO, el único acto de corrupción verdaderamente intolerable es no ser un fiel súbdito de su causa.

Publicado por Reforma
22-05-2016