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Antídotos a la demencia

No voy a dedicar ni medio renglón de mi texto para defender a Andrés Granier. Si los ministerios públicos cumplen con su trabajo y el juez hace lo propio, el ex gobernador de Tabasco enfrentará las consecuencias de sus actos. La mala noticia para México es que Granier no es un monstruo, sino un tipo cercano al promedio. Un sujeto mediocre cuyas debilidades de carácter lo llevaron a confundir el sentido de la vida con el número de zapatos que guarda en el closet. Los reportes sobre los excesos de Granier son una mescolanza literaria entre un reportaje de la revista Hola y el libro Lo negro del Negro Durazo. Nota para los lectores menores de 40 años: Arturo Durazo fue jefe de la policía del DF en el sexenio de López Portillo y prototipo de la decadencia moral de la sociedad en el gobierno de Miguel de la Madrid. Durazos van, Granieres vienen. Los esporádicos empeños por combatir la corrupción están más enfocados en castigar comportamientos individuales que en generar cambios institucionales. Como el griego Sísifo, los mexicanos empujamos esta piedra hasta la cima de una montaña para luego verla rodar de regreso hasta sus faldas.

Hay países donde la corrupción es el aceite que mueve la máquina del sistema político. En otras naciones, la corrupción es la propia máquina, ese ensamble de tornillos y engranes que se activa para distribuir el poder político. El químico tabasqueño hizo la alquimia de transformar un cargo público en una substanciosa fortuna personal. No se requiere mucha ciencia para realizar semejante acto de magia, sólo basta un entorno de poca rendición de cuentas y mucha impunidad.

¿Cómo una persona normal se puede transmutar en un megalómano cleptócrata? El ejercicio del poder sin contrapesos cobra un precio con la salud mental. Los reyes, mandatarios, gobernadores que no conocen los límites de sus potestades corren el riesgo profesional de perder uno o más tornillos en el ejercicio de su mandato. En la antigua Roma, los emperadores tenían un esclavo con una singular responsabilidad. Durante los desfiles y las adulaciones tumultuarias en las plazas públicas, el esclavo se postraba detrás de su amo, se le acercaba al oído y le murmuraba: memento mori, recuerda que eres un mortal. La embriaguez del poder hacía necesario reiterar la obvia finitud de la condición humana. México necesita construir una vacuna para salvar del delirio cleptocrático a varios de sus gobernantes. Ese antídoto contra la demencia está basado en leyes que se cumplen e instituciones que funcionan.

La Universidad de Guadalajara y el IMCO llevaron a cabo un estudio sobre la solidez institucional de las auditorías superiores de los estados. Estos órganos, dependientes de los congresos locales, son los encargados de fiscalizar las operaciones financieras de gobiernos estatales y municipales al final del año fiscal. Las auditorías superiores son organismos fundamentales para la rendición de cuentas sobre el uso y destino de los dineros públicos. El trabajo del IMCO y la UDG explica el contexto de impunidad en que florecen personajes como Andrés Granier.

En teoría, las auditorías estatales deben operar con autonomía técnica para decidir a quién, cómo y cuándo se debe fiscalizar. Sin embargo, en una decena de entidades los auditores superiores habían trabajado anteriormente en la Secretaría de Finanzas local. En Tamaulipas, el auditor nombrado en 2009 había fungido como subsecretario de Finanzas. El sujeto auditado se convirtió auditor. La inmovilidad en el cargo del auditor es uno de los pilares que sostienen la autonomía institucional. Sin embargo, en 11 entidades, el auditor superior ha dejado su posición antes de cumplir su periodo constitucional. Varios órganos de fiscalización estatales no cumplen criterios mínimos de transparencia para hacer públicos los resultados de sus investigaciones. En arca abierta hasta el justo peca. Sin contrapesos ni rendición de cuentas hasta el más cuerdo se convierte en Andrés Granier.

 

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