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Así sabe la victoria

Al grano: me apasiona el fut. He seguido de cerca la comedia trágica de la Selección desde que era niño. O sea que ya llovió. Después del triunfo del sábado, me siento como se han de haber sentido los aficionados de los Medias Rojas de Boston cuando por fin ganaron la Serie Mundial: feliz, pero simultáneamente desconcertado. La Selección olímpica se salió del script que han seguido todos los equipos que nos han representado en competencias internacionales. Mi madre vivió más de 90 años y nunca tuvo el gusto de conocer a qué sabe ganar una competencia de este nivel; llegué a pensar que tampoco a mí me tocaría.

Aunque su reacción no es sorprendente, no deja de llamar la atención la conducta de varios de los principales políticos. Celebraron como si ellos personalmente hubieran sido responsables de este triunfo. Dice el refrán que las victorias tienen muchos padres, pero las derrotas son huérfanas. No creo que ni los políticos, ni los partidos políticos, ni los organismos públicos encargados de apoyar los deportes merezcan recibir aplausos por lo que lograron los atletas que representaron al País, pero la mezquindad tampoco enaltece. Mejor aprendamos de lo que se logró. Conviene examinar qué motivó esta victoria y procurar repetir el ejemplo en otras disciplinas. Si se lleva acabo este análisis, estoy seguro de que encontraremos que derivó de consistentemente haber hecho una serie de cosas obvias, como son: haber utilizado procesos rigurosos de reclutamiento y selección de jugadores; haber gestionado el desarrollo del equipo, invirtiendo tiempo y recursos entrenando al conjunto de jugadores para que sus capacidades individuales se fundieran en un equipo cuyo rendimiento conjunto fue mayor que la suma de sus capacidades individuales. Estoy dispuesto a apostar que el análisis propuesto apuntaría a que este buen resultado derivó de haber creado una cultura de trabajo meritocrática y competitiva en la cual la máxima satisfacción que reciben los individuos es que sus esfuerzos sean reconocidos cuando aportan a los resultados del conjunto. El equipo no fue una agrupación eventual de estrellas individuales, sino un conjunto de jugadores que con base en un esfuerzo sostenido llegaron a entender lo que cada individuo tenía que aportar para que el equipo pudiera ser exitoso. Suena fácil, pero no lo es; aunque tampoco es imposible de replicar. Para que la hazaña se vuelva a repetir, es indispensable absorber la lección que aporta lo que se acaba de lograr.

En otro campo y en una escala y escenario más modesto, acabo de ver otra historia de éxito digna de comentario. Acabamos de conocer a una pareja que estableció un pequeño viñedo en Texas en el que producen un vino dulce para acompañar el postre. Alphonse Dotson es una figura imponente. Es enorme y le gusta vestir como vaquero; usa botas y porta un gran sombrero texano. Fue jugador profesional de futbol americano, y se le nota. Martha Cervantes, su esposa, es tapatía: bajita de estatura y redondita. Se pierde junto a él.

Se conocieron en Acapulco y ahí vivieron durante más de 10 años. Después de mucho pensarlo, vendieron lo que tenían y decidieron mudarse a EU con el fin de establecer un viñedo. La apuesta que hicieron fue sumamente arriesgada. Apostaron todo en un negocio que escasamente conocían. Invirtieron su tiempo y fortuna (me imagino que no muy grande) en un viñedo que está lejos de todo lo que conocían y acostumbraban hacer. Dos heladas les costaron quedarse sin producto que embotellar; siguieron adelante a duras penas. Pero su esfuerzo empieza a dar resultados. Este año ya pudieron embotellar y ponerle marca a su vino. Se llama Gotas de Oro.

Ahora el reto que confrontan es dar a conocer su marca. Para hacerlo están visitando restaurantes locales que les prestan un espacio para que los comensales puedan catar su producto. Su negocio todavía está en una etapa frágil de desarrollo. Si su vino no gana aceptación en el mercado, pueden perder una buena parte de lo que han invertido, pero como su vino es sabroso, su entusiasmo contagioso y su determinación infatigable, estoy seguro de que su aventura saldrá bien.

Siento gran simpatía por los emprendedores. Admiro su valor y arrojo y me gusta verlos triunfar. Indudablemente, son los héroes del capitalismo. Sin ellos, sociedades como la nuestra serían más pobres y el bienestar de los consumidores sería menor.

La semana próxima vuelvo al tema del Gabinete presidencial. Tenía ganas de celebrar y con esta columna pude hacerlo.

Roberto Newell es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales.