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Atrás de la valla, que estamos trabajando... en reformas fallidas

Desde 1998, ningún partido ha tenido mayoría en el Congreso. Por la ausencia de consensos políticos, todas las reformas de gran calado han topado con la resistencia de los partidos de oposición. Obstáculos que raramente han sido el fruto de análisis cuidadosos. El no tronante que tanto se ha escuchado ha sido fruto de la lucha entre los partidos. Por ello, algunas de las propuestas más audaces del PRI (v.gr. sector eléctrico, 1998; reforma del Estado, 2007) se toparon con la negativa del PAN y PRD. Y lo mismo ha pasado al PAN varias veces. No pasa ni un minuto para que los partidarios del PRI y el PRD rechacen sus propuestas más significativas, aun cuando anteriormente hayan estado a favor del cambio propuesto, como sucedió al PRI con la reforma del sector eléctrico. El chiste para los políticos no ha sido avanzar, si no impedir que otros avancen.

Lo que sucede actualmente al PAN, sucederá a cualquier otro partido que gane la Presidencia si llega al Congreso sin súper-mayoría. El juego no tiene por qué ser así obligatoriamente, pero no veo nada en el ambiente político que me haga pensar que esto va a cambiar.

Recientemente, el Ejecutivo Federal ha lanzado una andanada de propuestas legislativas de gran calado. Consecuentemente, los legisladores están considerando enmiendas importantes a varias Leyes Federales, entre ellas la del Trabajo, la de Competencia Económica, más todas las leyes que rigen el funcionamiento político del Estado, y dentro de poco una reforma fiscal.

Esta ola de iniciativas muestra que al Ejecutivo no le falta imaginación, como tampoco le faltó creatividad a los artífices de las reformas modernizadoras que se instrumentaron en los años ochenta y noventa. Esas reformas estructurales del PRI, y las propuestas recientemente por el PAN, son retazos del tejido de una sociedad moderna. Si todas ellas se hubieran instrumentado en los noventa, la situación económica y social actual del País sería otra. Lo que falló no fue la dirección en la cual los gobiernos del PRI y el PAN querían llevar al País, sino la conducta de los partidos.

En general, las propuestas recientes del Ejecutivo son buenas. Si bien cada una de ellas contiene aspectos que me gustaría cambiar, he optado por reprimir mis críticas para excluirme del coro de opiniones negativas. Para mí lo principal es apoyar todas las iniciativas que apunten en la dirección correcta,
aunque algunos aspectos de ellas no me gusten. Y eso me puso a pensar, ¿qué si se encuentran en mi situación los líderes de los diversos partidos? ¿Qué si están dispuestos a transigir en cuestiones que para ellos son secundarias, siempre y cuando tengan la seguridad de avanzar en lo que para ellos es prioritario?

Estas reflexiones causaron que se me prendiera el foco. Imagínense el siguiente escenario: Un día el Presidente reúne en sus oficinas a los líderes de las tres bancadas principales y les dice:

- Cada uno de ustedes, con miembros de su partido, prepare una propuesta de reforma estructural. Que sea la que a ustedes les gustaría que se diera. La única condición es que su propuesta sea modernizadora y corresponda a la situación del País que hoy tenemos.

- A ver, Senador Beltrones, ¿por qué no prepara usted una propuesta para la reforma del Estado? Y, usted, Jesús, ¿por qué no prepara una propuesta para reformar la Ley de Competencia? Y, Josefina, ¿por qué no prepara una reforma transformacional para el sector educativo? Les doy un par de semanas. Después nos reunimos, y sin discusión, ni debate, juntos llevamos el paquete de iniciativas al pleno de las dos Cámaras para su aprobación.

En la situación actual una estrategia de negociación como la planteada tendría probabilidades de éxito. Cada partido tendría la oportunidad de presentar la reforma estructural que considere prioritaria para la resolución de los problemas que más le interesa. Por ello, los partidos tendrían fuertes incentivos para participar en la elaboración y confirmación del paquete. Además, como las propuestas pasarían intactas, los partidos no correrían el riesgo de que sus ideas fueran desfiguradas por conductas partidarias o intereses particulares. Y, como los líderes políticos tendrían que vivir con los resultados que se aprobaran, las probabilidades de que las propuestas fueran insostenibles por radicales, serían bajas.

El escenario arriba planteado se puede llevar a la práctica. En el sistema político se pueden formar coaliciones para aprobar las reformas que el País requiere. Para lograr estos resultados no se necesita ser mago; solo se tiene que ser práctico.

Roberto Newell G. es Economista y Director General del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales.