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Autocracia y Ortodoxia

Hace unas semanas, acudí a una comida de amigos en la cual generalmente discutimos temas políticos y económicos. Quién sabe qué diablo animó la plática de ese día, en vez de discutir los temas acostumbrados, nos metimos en un laberinto intelectual del cual varios salimos raspados, enojados y sorprendidos por las pasiones que despierta el concepto de mexicaneidad. Entramos en el debate por un comentario positivo que hizo uno de los comensales sobre la obra auto-biográfica de Vasconcelos, Úlises Criollo.

En general, ni Vasconcelos ni su obra me gustan. En mi opinión, es uno de los principales responsables de la gran confusión intelectual que sufre el País. Su obra pública fue el fiel reflejo de su búsqueda de definición intelectual. La principal característica del inicio de su carrera fue un total rechazo del Positivismo. Hizo todo lo que pudo por eliminar la influencia de esta escuela de pensamiento en las instituciones que dirigió, y especialmente de la Escuela Nacional Preparatoria y la Universidad Nacional de México.

Su mayor contribución vino después y fue el resultado de su etapa como pensador colectivista, de izquierda. Tal fue su influencia durante la década de los veinte, que su ideología permeó a las instituciones políticas que por esas fechas se estaban formando y causó que se creara un compromiso formal del Estado revolucionario con la educación pública para las masas.

Esto fue lo mejor de Vasconcelos: Le debemos el compromiso que tuvieron los gobiernos del PRI con la educación pública, aun cuando al poco rato Vasconcelos le diera la espalda a ese partido, abandonara el colectivismo y adoptara en su lugar una ideología romántica que combinaba la corriente filosófica romántica con el tema de identidad étnica y cultural. Fue durante ese periodo que emergió su idea de una raza cósmica y con ella vino la ideología nativista que motivó el conflicto que mencioné al inicio de esta columna. Esta fase sirvió de prólogo para otra etapa más, que coincidió con su manejo de Tifón, y cuyos productos intelectuales fueron inspirados por los fascismos de Hitler, Franco y Mussolini.

¿Será por ello que estamos tan confundidos los mexicanos? No sé, pero creo que vale la pena que nuestros mejores intelectuales dediquen parte de sus energías a reflexionar sobre este tema.

A México parece estarle sucediendo lo mismo que a la Rusia de Putin. El País aun no cuenta con una ideología que le permita transitar a la modernidad. En
consecuencia, muchos de mi generación, e inclusive más jóvenes, recuerdan con nostalgia las décadas de un solo partido. Por ello y por muchas otras razones, nos está costando mucho trabajo transitar a ser una nación más moderna, liberal y racional.

La ideología del PRI se basaba en tres conceptos. El sistema político era autocrático. Los diversos sectores de la población daban al partido hegemónico su lealtad incondicional a cambio de los derechos y prebendas que les daba el Estado paternalista. La costumbre de adhesión incondicional aun prevalece en muchas de las estructuras del Estado y en la mayoría de los gobiernos locales. El tlatoani a veces cumple las funciones formales de Gobernador o Presidente Municipal, pero su autoridad real deriva de su autoridad para actuar como un gran padre benefactor que reparte beneficios a cambio de ese apoyo.
La autocracia del pasado se vestía con dos ornamentaciones ideológicas. La primera era, y es, una especie de credo (Creo en los Artículos 27 y 123; rechazo cualquier interpretación heterodoxa del Artículo 3…) a partir del cual se definía el pensamiento autorizado, la Ortodoxia intelectual imperante. Esta Ortodoxia dictaba cómo deben pensar los buenos mexicanos; quienquiera que retara el credo revolucionario era un apóstata; ipso facto era excomulgado políticamente.

La tercer parte del ideario ideológico era, y es, el Nacionalismo. He andado por toda América Latina, y en ningún país he percibido un apego tan fuerte a la identidad nacional. Confieso que estoy contagiado de esta enfermedad.

Para que el País pueda pasar de lleno a la modernidad necesitamos definir una ideología cuyos principales conceptos descansen sobre cuatro pilares: primero, respeto a la libertad de los individuos; segundo, reverencia a la ciencia y la crítica informada; tercero, respeto a los derechos y dignidad de las personas y, cuarto, conformidad con y respeto a las leyes del País.

Mientras subsista el mito de que algún puñado de personas tiene el derecho de definir cómo deben pensar los mexicanos, o peor, quién o cómo son los buenos mexicanos, seguiremos sumidos en la mediocridad, sometidos por una ideología anticuada que solo sirve para oprimir a quienes pretenden pensar y actuar libremente.

Roberto Newell G. es Economista y Director General del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales.