Artículo

Brasil y México

¿Cuál de los dos países tiene mayores problemas de corrupción? La respuesta no es sencilla, pero nuestro país tiene una ventaja estructural: el libre comercio. El gigante sudamericano es una de las economías más protegidas del continente. El modelo económico del Mercosur, donde Brasil juega un papel hegemónico, establece que el éxito empresarial depende en buena medida de los obstáculos a la competencia externa. Las tarifas a la importación le dan oxígeno a empresas ineficientes. El pato lo pagan los consumidores que tienen que pagar precios más altos a cambio de servicios y mercancías más chafas.

¿Cuál es el vínculo entre proteccionismo y corrupción? El tamaño de las barreras comerciales se construye en función de las presiones del sector privado y las decisiones de la autoridad. Este es un contexto ideal para que se utilice el poder público en beneficio de intereses particulares. La decisión de limitar la importación de coches a un mercado del tamaño de Brasil vale muchos millones de dólares. Las barreras comerciales permiten que al consumidor se le ordeñen rentas excedentes. Esas ganancias son fuentes de dividendos que fomentan la corrupción.

Para complicar aún más las cosas, muchas empresas brasileñas que se benefician del proteccionismo comercial también reciben créditos de los bancos de desarrollo, propiedad del Estado. La posibilidad de pago de muchos de estos préstamos depende de la solidez de las barreras comerciales. El establecimiento de las tarifas comerciales puede determinar la suerte de sectores económicos enteros y la salud de los gigantescos bancos gubernamentales. Los márgenes de discrecionalidad burocrática para otorgar créditos con dinero público a empresas protegidas tampoco es un buen incentivo a la integridad de los servidores públicos.
Un problema adicional que tiene Brasil es provocado por la versión amazónica del federalismo fiscal. Los estados recaudan un porcentaje muy importante de los impuestos totales. Imagina a Humberto Moreira o Javier Duarte, en su versión verde amarela, pero con un botín aún más grande a su disposición, gracias a los tributos estatales.

A pesar de su economía cerrada y su perverso federalismo fiscal, Brasil tiene una ventaja enorme sobre México en el tema de la corrupción. La nación sudamericana sí tiene instituciones autónomas capaces de investigar, perseguir y sancionar a funcionarios públicos o individuos privados que hayan usado su influencia para promover transas y privilegios. En Brasil, los corruptos tienen un riesgo real no sólo de salir en la primera plana del periódico sino de acabar en la cárcel. Las actuaciones del juez Sergio Moro o del procurador general de Brasil, Rodrigo Janot, en los recientes escándalos anticorrupción parecerían imposibles en el contexto actual de las leyes e instituciones mexicanas.

Por eso son tan importantes las siete iniciativas de ley que conforman el sistema nacional anticorrupción, en especial el Código Penal y la Ley de la Fiscalía que persiga los delitos a la integridad del servicio público. Estas propuestas están a la espera de que se anuncie un periodo extraordinario en el Congreso mexicano. La lucha contra la corrupción es como una cartilla de vacunación. La inmunización contra el tétano no te protege contra la polio o la influenza. La corrupción está debilitando el sistema inmunológico del Estado mexicano y el remedio no cabe en una sola ley o una sola inyección. La Ley General de Responsabilidades o Ley 3 de 3 no toca el ámbito penal. Si queremos que los crímenes asociados a la corrupción lleven a sus perpetradores a la cárcel debemos enfocar la energía en toda la cartilla de vacunación. La pelota y la responsabilidad histórica están en la cancha del Senado. ¿Qué será menos difícil, que Brasil transforme su economía o que México forje un Ministerio Público con capacidad de combatir la corrupción? De la respuesta a esta pregunta depende el futuro de los dos países más grandes de América Latina.

Publicado por Reforma
08-05-2016