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Brexit

Los votantes británicos resolverán hoy si desean seguir siendo parte de la Unidad Europea o si inician el proceso para retirarse de ella. La moneda está en el aire. Es posible que cuando mis lectores lean esta columna, ya se conozcan los resultados del referendo. Ojalá que el voto resulte a favor de que Gran Bretaña siga siendo parte de la Unión.

A pesar de los grandes beneficios económicos que Gran Bretaña ha obtenido de su participación en la Comunidad Económica Europea (CEE), ese país nunca ha visto su participación en ella con gran entusiasmo. Los británicos siempre han visto ser parte de la Comunidad (Unión a partir de 1993) con escepticismo y renuencia.

El Gobierno británico de Heath decidió que Reino Unido se adheriría a la Comunidad en 1973, 16 años después de que los países fundadores firmaron el Tratado de Roma, que fue la institución precursora. Dos años más tarde, el Gobierno laborista de Wilson, decidió poner a prueba el respaldo de los británicos a la decisión previa y llamó a un refrendo. Para sorpresa y disgusto del ala izquierda laborista, el voto fue a favor de seguir siendo parte de la Comunidad.

Pero la decisión de Gran Bretaña de seguir en la Comunidad provino más del deseo pragmático de tener acceso a un mercado amplio y dinámico, que del deseo de ser parte de una comunidad política y económica más amplia. Para Gran Bretaña participar en la Comunidad siempre fue algo que se debía apoyar en la medida en que los beneficios económicos fueran grandes y compensaran los costos de participar en la Unión. Los líderes británicos nunca compartieron la aspiración de los líderes de Francia y Alemania, de forjar una nueva identidad pan-europea que redujera el riesgo de nuevos conflictos derivados de los sentimientos nacionalistas presentes en Europa.

Por ello, a pesar del tono sensacionalista que ha tenido el debate, sobre todo luego del asesinato de la ministra laborista, para la mayoría de la población de Reino Unido la decisión sobre el Brexit viene sin la carga ideológica que tendría en otros países. Para la mayoría de los votantes la cuestión a resolver es ¿si conviene o no a Gran Bretaña ser parte de la Comunidad, y no si desean ser parte de un proyecto político pan-europeo?

En el contexto actual la pregunta a resolver ya no es esencialmente económica. La transformación de la Comunidad Europea en una Unión que persigue una agenda más amplia convirtió esa decisión en una cuestión más amplia y abstracta. Lo que hoy resolverán los británicos toca una variedad amplia de temas, en su mayoría ajenos a la agenda económica original de la Comunidad. Los votantes deben resolver si están dispuestos a sacrificar parte de la soberanía de su gobierno para seguir siendo parte de la Unión. También, si en su opinión los mecanismos de gobierno y de toma de decisión de la Unión son suficientemente democráticos y representativos; si los mecanismos para repartir los costos de operación de la Unión son equitativos y si la libre movilidad de las personas dentro de la Unión impone costos tolerables para Reino Unido.

Todas estas cuestiones se han debatido exhaustivamente, a veces con hechos y evidencia objetiva, en muchos otros casos confrontando opiniones que en el fondo reflejan diferentes visiones del mundo y de su lugar en la economía global.
En horas se sabrá qué decidieron los ciudadanos de Reino Unido. Si el voto favorece el Brexit los costos resultantes pueden ser muy elevados, aunque sólo se conocerán después de varios años, cuando se haya resuelto cómo se manejó su salida de la Unión Europea y cuáles son los nuevos acuerdos comerciales, políticos y regulatorios resultantes.

Cualquiera que sea su decisión, lo que hoy decidan los británicos se convertirá en ejemplo a seguir en otros países. Si optan por el Brexit, legitimarán los sentimientos nacionalistas y aislacionistas presentes en varios países. En EU el Brexit sera interpretado por Trump como un endoso de sus propuestas políticas y económicas.

Si los británicos deciden salir de la Unión Europea, habrán cometido un error histórico. Aunque no están locos: si los costos resultantes son demasiado elevados seguramente corregirán su decisión.

No, lo que a mi me preocupa es Trump y el neo-aislacionismo que representa. Si el candidato Republicano llega a la Presidencia su megalomanía lo puede orillar a decisiones económicas y políticas peligrosas y más difíciles de corregir.

Publicado por Reforma
23-04-2016