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Capital de trabajo caro y escaso

Cuando yo era niño, mi padre fundó una empresa de distribución de productos químicos. Fue una de esas aventuras que solo un auténtico emprendedor lleva a cabo. Su diagnóstico sobre la oportunidad de negocios fue acertado, pero subestimó cuánto capital de trabajo requeriría la empresa. A los pocos meses estaba en una crisis financiera que casi causó la bancarrota. Para salir del lio, mi padre vendió el control de la empresa a una empresa extranjera del mismo ramo y que por esos días estaba considerando expandirse. Con los recursos frescos que sus socios aportaron lograron restablecer el equilibrio financiero de la empresa y financiar su difusión en todo el País.

Mi padre nunca olvidó la lección de esos primeros años. A partir de esa fecha, su principal obsesión fue asegurar que los requerimientos de capital de trabajo se pudieran fondear con base en procesos de cobranza ordenados y un cuidadoso control de inventarios. El éxito de la empresa reestructurada dependió de un riguroso control del capital de trabajo.

La intención de mi padre era que sus dos hijos lo siguieran en el negocio. Durante las vacaciones escolares, mi hermano y yo sabíamos que una chamba nos esperaba en la empresa. Los dos pasamos por todas las funciones, pero la que más grabada quedó en mi consciencia fue la función de crédito y cobranza, misma que me tocó ejercer como cobrador.

Llegaba temprano a la planta donde el jefe de departamento había determinado la ruta de cobranzas que debía ejecutar. Normalmente me asignaba entre ocho y diez visitas a clientes de la empresa. Tomaba mi camioncito y a recorrer la ciudad, haciendo gestiones de cobranza. A veces me tocaban clientes en zonas industriales cercanas, Industrial Vallejo y Tlalnepantla, pero me tocó andar por toda la ciudad.

Aprendí de estas experiencias que la mayoría de los clientes buscaba extender los plazos de financiamiento al máximo y estaban dispuestos a valerse de todo tipo de artimañas para lograr ese fin.  Por ejemplo, había compañías que solo recibían facturas a revisión durante unas cuantas horas, un día de la semana. Si no llegaba uno dentro del horario dispuesto, la gestión de cobranza se tenía que posponer hasta la próxima semana. Otros tomaban ventaja de su tamaño. Era bastante normal que las empresas más grandes aprovecharan su escala para extender los plazos de pago a la brava. Si el departamento de crédito les negaba entregas hasta que estuvieran al corriente, simplemente recurrían a otro proveedor y extendían aún más el plazo de pago.

La conducta de estas empresas no era un capricho. La liquidez era una de sus principales variables económicas a optimizar. Aunque la disponibilidad de financiamiento ha mejorado durante la última década, la crisis económica mundial volvió a intensificar la escasez de financiamiento de capital de trabajo. Las empresas hoy negocian los términos de financiamiento con la misma intensidad que acostumbraban. Las empresas que más resienten las condiciones financieras actuales generalmente son las pequeñas y medianas. Normalmente no tienen fuentes de financiamiento alternativas para fondear su capital de trabajo.  Esto las debilita competitivamente y causa que tengan problemas de liquidez que pueden poner en riesgo su permanencia.

En Europa actualmente la situación financiera es tan grave que la Comunidad Europea está considerando emitir una Directiva para establecer un plazo máximo de 60 días para hacer pagos a proveedores, (salvo negociación explicita previa). La Directiva permitiría cobrar una tasa punitiva de 8 % sobre la tasa interbancaria vigente, a las empresas que se tomen plazos más largos.

Generalmente, no me gusta que el estado intervenga en el funcionamiento de los mercados. Pero, en las condiciones económicas actuales el costo de no hacerlo puede resultar inaceptablemente alto, tanto en Europa como en México.

Las empresas que sacan provecho de las condiciones de astringencia financiera suelen ser las empresas más grandes y económicamente poderosas. Si se permite que las condiciones de pagos se utilicen para que estas puedan extraer beneficios económicos adicionales, se abrirá aún más la brecha competitiva en el mercado de bienes y servicios del País.

Una medida como esta no tiene por qué ser permanente. Si el financiamiento de capital de trabajo empieza a fluir en mayores cantidades y mejoran las condiciones de liquidez en la economía, la medida se puede dejar sin efectos.

Posiblemente la experiencia de mi padre me dejó una huella permanente, pero estoy seguro que las empresas pequeñas y medianas del País sufren problemas financieros que una medida como la descrita arriba podría aliviar.

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Consejo de IMCO. Las opiniones en esta columna son personales.