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CapitalIsmo cubano

“No importa si el gato es blanco o negro sino que sepa atrapar ratones”. Con esta frase, el líder chino Deng Xiaoping justificó la transición de su país hacia una economía de libre mercado. China dejó el comunismo en las últimas décadas del siglo XX, para iniciar la transformación social más radical en la historia de la humanidad. En menos de una generación, esta locomotora de crecimiento ha sacado de la pobreza a más de 200 millones de personas y forjado una de las clases medias más grandes del planeta. Durante el 2010, China desplazó a Japón como la segunda economía más grande planeta. Se espera que el dragón asiático destrone a Estados Unidos del primer lugar alrededor del año 2020.
“O rectificamos o ya se acaba el tiempo de seguir bordeando el precipicio, nos hundimos, y hundiremos el esfuerzo de generaciones enteras”. Con esta frase, el presidente Raúl Castro marcó el principio del fin del sistema comunista cubano, donde el Estado controla el 90 por ciento de la economía. La reducción de la presencia del Estado en la vida de los cubanos implicará decisiones dolorosas y políticamente explosivas. Ocho de cada 10 cubanos en edad de trabajar son empleados del gobierno. El campesino, el cajero del banco, la operadora de teléfonos y el vendedor de palomitas en el cine pertenecen a las filas de la burocracia comunista. Ellos hacen como que trabajan y el gobierno de los hermanos Castro hace como que les paga. El periódico español El País pinta una escena elocuente: Una cafetería con 10 mesas tiene 20 empleados.
De acuerdo con los planes de Raúl Castro, para abril de 2011, el gobierno cubano despedirá a 500 mil personas que pasarán a laborar a “la iniciativa privada”. ¿Cuál? En 1968, Fidel Castro emitió un decreto donde se prohibía la existencia del sector privado. El medio millón de burócratas despedidos tendrá que encontrar un sustento por la vía del autoempleo o la formación de cooperativas productivas. La utopía tropical de abolir las clases sociales acabó por forjar dos castas distintas: los burócratas y los desempleados potenciales.  Cualquier iniciativa empresarial en la isla ha sido castrada por el fardo de la hoz y el martillo. Hoy ese sector prohibido será la tabla de salvación para la estabilidad del régimen cubano. Los avances son modestos. Los peluqueros podrán ser dueños de sus peluquerías y un grupo de taxistas podrán explotar, por cuenta propia, los automóviles propiedad del Estado. Ambos gremios tendrán que pagar al gobierno cuotas para ejercer su derecho al trabajo individual.
Fidel Castro se revolcará en su lecho de senectud, pero era evidente que el cruel experimento cubano contra la libertad individual resultó un fracaso. En el empeño por construir una sociedad igualitaria, sólo se homologaron las carencias e indignidades de un pueblo. La tragedia no es que Cuba se abra al capitalismo, sino que la decisión se haya tomado después del sacrificio de varias generaciones.
En el futuro cercano vendrán nuevas olas de despidos en la burocracia castrista. El gobierno cubano ha admitido que cerca de 1.3 millones de burócratas con empleos redundantes que deberán ser cancelados en los próximos años. Este cambio trastornará el orden interno de Cuba y de toda la región del Caribe. Que nadie se sorprenda si a partir de 2011 aumenta la migración de cubanos hacia México. Una masa potencial de un millón de desempleados y subempleados cubanos es una espantosa oportunidad demográfica para las bandas mexicanas del crimen organizado. El desarrollo de proyectos turísticos privados en Cuba implicará mayor competencia para atraer viajeros internacionales hacía Cancún y la Riviera Maya.
Los comunistas tropicales han entreabierto la puerta a la libertad económica, si Estados Unidos hiciera lo mismo y terminara el embargo comercial contra la isla, la economía cubana podría crecer a velocidades asiáticas. China cambió y cimbró al mundo. Ahora Cuba da los primeros pasos para romper con el pasado. Mientras tanto nuestro país se duerme en sus laureles, como si el mundo estuviera quieto.