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Causas y revoluciones

"Hola, me llamo Caroline Pla, soy una niña de 12 años, me gusta ir a la escuela, estar con mi familia, pasar tiempo con mis amigos y jugar futbol americano". Caroline es el rostro más dulce y sonriente de una revolución. La niña ocupa la posición de guardia ofensivo de un equipo de futbol americano de una organización de juventudes católicas en Filadelfia, Estados Unidos. Sus compañeros de equipo, todos varones, son respetuosos y amigables. Su entrenador, su papá y su mama están orgullosos por la determinación de su carácter y el desempeño en la cancha. Sin embargo, en septiembre de 2012, la familia Pla recibió la noticia de que Caroline no podría jugar la siguiente temporada. La razón de su salida del equipo: "el futbol americano no es para niñas".

Caroline había jugado el deporte de las tacleadas durante más de la mitad de su vida. Desde los 5 años sus padres la inscribieron en su primera liga de tochito. La niña y su familia no acatarían la expulsión de la liga sin dar una pelea. El adversario era la arquidiócesis de Filadelfia. Caroline y sus papas ingresaron a la página de internet www.change.org para buscar apoyo a una consigna muy sencilla: "Dejen jugar a la niñas". Al poco tiempo, 8 mil personas firmaron y la propuesta sumó el apoyo de algunas celebridades. Cuando el número de firmas rebasó los cinco dígitos y Caroline llevó su carismática presencia infantil a las pantallas de televisión, el arzobispo de Filadelfia cambió su decisión. Caroline volvió alinear en la ofensiva de su equipo. La Iglesia Católica no es una organización muy conocida por su capacidad de adaptarse a los cambios sociales. Sin embargo, una niña, una inteligente herramienta tecnológica y una causa con sentido común llevaron al arzobispo a meter reversa.

Change.org es una empresa con vocación social. Desde el punto de vista comercial, la organización obtiene ganancias al organizar campañas masivas de difusión en línea. Desde la perspectiva de impacto social, la organización permite de forma gratuita que personas como Caroline maximicen la visibilidad e impacto de sus causas. Ben Rattray, CEO y fundador de Change.org, resume su filosofía en transformar la asimetría de poder entre los individuos y las organizaciones. Change.org está en el negocio de amplificar voces y causas. Uno de los rasgos más singulares de nuestra época es la capacidad de los individuos de difundir información a una escala global y organizarse aceleradamente en torno a micro o macrorrevoluciones.

Change.org es una plataforma y cada quien baila al son de sus propias consignas. En la versión mexicana de la página aparece una mujer que le pidió a una línea aérea dejar que su mascota, un conejo, viaje en la cabina de pasajeros. Una causa, con menos firmas que el conejo viajero, es que se libere al disidente cubano Calixto Martínez Arias encarcelado por la dictadura de los hermanos Castro. Todo parece que el mamífero orejón viajará pronto a Montreal y el periodista cubano fue liberado en abril pasado, después de pasar más de seis meses en la cárcel.

Esta capacidad acelerada de plantear y organizar demandas ciudadanas, irreverentes o sensatas, representa un desafío sin precedente para la gobernabilidad democrática. El relevo del procurador federal de Consumidor por el caso de #Ladyprofeco nos demuestra que las cosas han cambiado. El hecho que el nieto del procurador general de la República pueda allanar un domicilio y golpear a una mujer sin enfrentar consecuencias penales nos demuestra lo mucho que falta por cambiar. Ni Change.org ni Twitter deben ser una compensación por un disfuncional sistema de justicia. Sin embargo, hoy los teléfonos, las cámaras y la penetración global de internet les ofrecen a los ciudadanos herramientas inéditas para la rendición de cuentas. Si una niña de 12 años le puede enmendar la plana a la jerarquía católica de su ciudad, podemos afirmar que algo nuevo está ocurriendo en el mundo.