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¿Clientelismo o meritocracia?

A David Calderón y Claudio González Guajardo con admiración y solidaridad.

Hoy el presidente Enrique Peña Nieto tiene un generoso acervo de capital político. Esta fortuna intangible es la mayor riqueza a la que puede aspirar una persona con un cargo de autoridad. Sin embargo, esta moneda invisible del poder es una divisa que tiende a perder su capacidad de compra e influencia.

A principios del gobierno de Vicente Fox, la embriaguez de la transición democrática le dio un cuantioso bono político al Ejecutivo-ranchero, pero la esperanza se fermentó en amargura. Con la sobriedad llegó el desencanto. La cruda de aquella decepción sembró el germen del cinismo colectivo. Cuando Felipe Calderón ordenó la liquidación de la empresa Luz y Fuerza del Centro cundió otra contagiosa fiebre de euforia. El optimismo desbordado vio en esta decisión el primer episodio de una secuencia de reformas estructurales y golpes espectaculares. Pasaron los meses y esa firme acción del Ejecutivo se convirtió en el cenit anecdótico del mandato de Felipe Calderón. Ahora el nuevo Presidente tiene a su favor una auspiciosa combinación de circunstancias: la mocedad de su sexenio y el golpe maestro contra quien era la mujer más poderosa de México.

¿Cómo invertirá Enrique Peña Nieto su capital político? ¿Qué riesgos estará dispuesto a tomar con ese recurso abstracto que es una mezcla del poder y la posibilidad? Apenas se han cumplido una centena de días de gobierno y el mandatario mexiquense está parado frente a uno de los dilemas más trascendentes del sexenio. La Ley General de Educación puede ser una oportunidad perdida o un legado histórico. Los contenidos de este documento serán el mejor termómetro para calar la sinceridad del discurso presidencial. Está claro que Peña Nieto quiere mover a México, con la legislación educativa veremos si es para adelante o para atrás.

La tentación debe ser enorme. El sindicato más grande de América Latina fue decapitado. La corporación gremial con mayor fuerza electoral de México está huérfana de liderazgo. ¿Qué daría el gobernador menganito por transformar esa orfandad en una máquina para llenar mítines y ganar elecciones? Qué alegría le daría a los suspirantes del futurismo tener esta red de apoyo para los comicios del 2015 y 2018. La emperatriz magisterial está en el tambo y muchos deben soñar con heredar una parcela de su influencia.

Modificar la Constitución es un esfuerzo con más solemnidad que substancia. Basta reescribir un par de párrafos o renglones para cumplir con la encomienda de enmendar la Carta Magna. En las leyes secundarias, con docenas o cientos de páginas, es donde tiene residencia el famoso diablo de los detalles. ¿La Ley General de Educación será un incentivo al mérito profesional o un cimiento para una poderosa base de apoyo político?

La meritocracia es el mejor antídoto al clientelismo. En un sistema meritocrático, el éxito profesional está determinado por el esfuerzo y el talento individual. En cambio, una estructura clientelar funciona con base en los contactos personales y el intercambio de favores. En la meritocracia magisterial pesan la capacitación y los resultados. En el clientelismo, los peldaños de superación están determinados por tu número de compadres.

La Ley General de Educación debe sentar las bases de un profundo cambio cultural al interior del magisterio. La transformación no será ni súbita ni sencilla. Sin embargo, el inicio de ese proceso de cambios depende de dónde tiene la mirada puesta Enrique Peña Nieto: ¿En el futuro del PRI o en el destino de México? ¿Iniciaremos una nueva era en nuestro sistema de educación pública o una nueva etapa del corporativismo mexicano? La respuesta a esta pregunta quedará clara en el texto de la Ley General de Educación, que se debe discutir durante el próximo semestre.

Twitter: @jepardinas