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Cobrar por el uso, no monopolizar

Hace unos días tuve el privilegio de estar en una mesa académica muy impresionante. Alexandra Zapata, mi colega en IMCO, sugirió mi nombre al gran economista e historiador económico Stephen Haber, quien lidera un grupo de patentes e innovación en el Instituto Hoover de Stanford, para comentar un artículo en esa mesa.

Los asistentes eran de la talla de Gary Becker, Douglass North y Ross Levine; dos premios Nobel y uno de los economistas más citados de nuestro tiempo. El artículo que comenté, de Troy Paredes y Scott Kieff, se intitula “Patrones de diseño institucional y sus implicaciones para la innovación y el financiamiento”. Paredes y Kieff son dos abogados con carreras impresionantes en la academia y el gobierno americano. Su artículo explica, en un lenguaje técnico pero correcto e iluminador, las virtudes del sistema de patentes americano.

El sistema de patentes en Estados Unidos está bajo ataque. Existe un mito de la política pública: hay quienes piensan que empresas e individuos sin escrúpulos, que compran patentes para especular con ellas, se están beneficiando indebidamente del sistema y están destruyendo los incentivos a la innovación. La discusión sobre estos individuos, llamados “troles”, trae latente la amenaza de transformaciones radicales al sistema de patentes que fue modelo para sus similares en el mundo y que quizás ha generado el mayor mercado para la innovación en la historia de la humanidad. Sin duda esta discusión es importante para México.

La tasa de crecimiento de la economía no podrá ser mucho más grande a menos que empecemos a crecer mucho más en sectores enfocados a la innovación. En México no hay tanta discusión sobre patentes, porque patentamos poco, y el sistema es bastante más arcaico que el del mundo desarrollado. El inventor en ese entorno acaba por favorecer el secreto industrial, no la patente. La discusión es transportable a otro ámbito donde la propiedad de la innovación es muy relevante para México: el de los derechos de autor, como es el caso del pleito entre Dish y Televisa. La analogía es obvia y vale la pena pensar en ella.

En el sistema americano, la decisión de un juez sobre la propiedad de un derecho de propiedad intelectual (sea una patente, una marca o los derechos de autor de una obra) no es un pretexto para que el bien sea monopolizado. Por el contrario, la decisión del juez termina en un acuerdo (privado o judicial) que determina cuánto le tiene que pagar el que está usando los derechos a su dueño, por cuanto tiempo, y en qué forma. Nadie le niega a Televisa la razón en cuanto a la propiedad de los contenidos que genera.

Sin embargo, la empresa debería estar abierta a que otras empresas que controlan canales de distribución de contenidos pudieran utilizarlos, siempre que haya un pago entre ellas que fomente que Televisa siga produciéndolos. Si los derechos exclusivos terminan en una decisión que acaba dando a Televisa el monopolio de sus contenidos, la sociedad pierde. Como consumidor, tengo que estar con el sistema de distribución de televisión de paga de la empresa para poder acceder a esos contenidos, o bien verlos en TV abierta con quizás menos calidad, cobertura, y probablemente mayor tiempo de publicidad.

Por lo tanto, el juez del DF debería tutelar el derecho de Televisa a sus contenidos, pero a la vez proteger el derecho de los consumidores mexicanos (hoy establecido en la Constitución) para que haya mayor competencia. El juez debe velar por que haya una transacción económica entre Televisa y Dish. El juez no debe dar una excusa legal a cualquiera de las partes para ejercer poder monopólico.

Publicado por Capital de México

25-02-2014