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Comedia de errores

La semana pasada los periódicos y los medios electrónicos estaban saturados con notas sobre el Decreto de un Hoy No Circula general para lidiar con la emergencia ambiental de los últimos días. El tono de la mayoría de las notas fue amarillista e histérico.

Los que estaban a favor de la medida hablaban como si la ciudad estuviera en una crisis equiparable a la peor contingencia ambiental de la historia. Los otros, hablaban con encono sobre ella, citando estudios que mostraban que el programa había fracasado puesto que en vez de reducir los autos en circulación había incentivado a miles de familias a comprar un auto adicional para circular todos los días.

La discusión sobre la emergencia ambiental subió de tono: en redes sociales circularon peticiones exigiendo la renuncia del Jefe de Gobierno y los encargados del medio-ambiente. También hubo memes vituperando la inteligencia de las autoridades. El Hoy No Circula ha sido un fiasco de relaciones públicas para el Gobierno de la Ciudad de México.

Un análisis frío de los hechos revela que si algo le había salido bien a los gobiernos de la zona metropolitana habían sido las medidas que tomaron para combatir la contaminación. Los datos duros muestran que las condiciones atmosféricas actuales son mejores que las que había cuando originalmente se decretó el Hoy No Circula, como consta en la base de datos sobre la calidad del aire que publica el gobierno de la Ciudad.

Los mejores resultados se debieron a varias causas. Los análisis disponibles apuntan que la medida que más ayudó fue la modernización del acervo vehicular de la ZMVM, por dos razones: primero, porque los autos nuevos son significativamente más eficientes; segundo, porque operan con convertidores catalíticos que transforman los gases contaminantes en dióxido de carbono y vapor, que no perjudican la salud.

Varias otras medidas también sirvieron a la causa. Destacan entre ellas, la reformulación de la gasolina para eliminar el tetraetilo de plomo; la construcción de infraestructura pública para aumentar la velocidad de circulación; inversiones -insuficientes- en transporte público; el reforzamiento de programas de verificación vehicular; la decisión se cerrar la refinería Atzcapotzalco, y el uso obligatorio de transporte colectivo para movilizar alumnos y empleados.

Consecuentemente, a pesar de que el número de autos en circulación en la ZMVM se cuadruplicó entre 1990 y 2015, la mayoría de los componentes del IMECA mejoró, y no poco, sino bastante. ¿Entonces, qué sucedió que tiene a todo mundo tan alarmado y enojado?

Lo que sucedió es que se varias condiciones se concatenaron para disparar al IMECA más allá de lo que es tolerable. La comedia (¿será tragedia?) fue en tres actos.
Primer acto, la Suprema Corte falló a favor de un grupo de individuos que pidió que se reconsiderara la mecánica para determinar qué autos podían circular en la ZMVM. La Corte resolvió que usar la edad del auto para determinar si debía circular era una arbitrariedad, si el auto en cuestión podía aprobar la prueba de verificación.

Segundo acto, el Gobierno de la Ciudad de México interpretó que eso significaba que la nueva debía ser autorizar que circularan todos los autos que aprobaran la prueba de verificación. Esto equivalió a autorizar que circularan 700 mil autos adicionales todos los días, pero sin que hubieran sido considerados al momento de decidir sobre infraestructura física, políticas de movilidad y estándares de verificación de autos.

Tercer acto, la naturaleza entró en escena, obsequiando a la ZMVM con un sistema de alto presión inusualmente estable (debido al fenómeno del Niño) que atrapó la contaminación atmosférica sobre la zona metropolitana.
La consecuencia de todo lo anterior fue disparar el IMECA y, sobre todo, los componentes del Índice relacionados con el ozono.

La pregunta clave es si ¿todo esto era previsible? La respuesta sencilla es, sí. Era obvio que la Ciudad necesitaba invertir más recursos para ampliar y mejorar el transporte público, aunque costara mucho, puesto que tarde o temprano llegaría el momento en que se saturaría la capacidad física de la infraestructura urbana.

Pero ese no es el único error. También era indispensable que el Gobierno reconociera que la decisión de la Suprema Corte marcaba un cambio de juego que se tenía que evaluar para entender sus posibles consecuencias de largo plazo y hacer algo al respecto. En vez, el gobierno metropolitano cayó en la trampa de instrumentar una medida populista que al cabo de poco tiempo le costó muy caro.

Publicado por Reforma
15-04-2016