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Competitividad de PEMEX

Con esta columna concluyo la serie dedicada a la reforma petrolera. Dedicaré esta columna a contestar de la pregunta ¿cuál será la consecuencia para Pemex de introducir competencia a lo largo de la cadena de valor del sector?

A nivel consolidado, la respuesta es bastante obvia: eliminar el monopolio que goza la empresa paraestatal tendrá efectos netos consolidados negativos para la empresa, para algunos de sus proveedores y para parte de la planta laboral que en ella trabaja, sobre todo en el área de Refinación. Pero el efecto derivado de la apertura de Pemex no afectará simétricamente a las unidades de negocios.

Es probable que donde menos se perciba un cambio negativo sea en PEP. Los resultados económicos del área seguirán siendo buenos a pesar de la presencia de nuevos jugadores en su entorno inmediato, especialmente si, como se rumora, se reduce su carga fiscal y se le induce a establecer alianzas con empresas que posean las tecnologías y conocimientos que requiere para encontrar nuevos yacimientos y mejorar la recuperación en campos cuya producción está declinando. El principal efecto de la reforma para PEP será multiplicar las oportunidades a su alcance.

La primera prioridad de PEP es producir petróleo, cueste lo que cueste. Los márgenes de utilidad derivados de producir "petróleo fácil" son tan grandes que lo que menos importa es minimizar los costos de operación. Aun en zonas de producción no-convencional, donde las exigencias tecnológicas y geológicas son más grandes y los márgenes de utilidad más reducidos, lo que cuenta son los volúmenes de petróleo extraídos.

Por esta razón, y porque con la apertura Pemex podrá complementar sus capacidades de operación, en exploración y producción de petróleo los efectos económicos todos serán positivos. La situación será diferente en el área de Refinación y las demás unidades de negocio, donde es casi imposible escaparse de pagar las consecuencias de un mal desempeño operativo.

En casi todo el mundo la competencia en el negocio de refinación es muy intensa. Consecuentemente, las empresas operan con márgenes muy pequeños y sufren pérdidas si no operan eficientemente. Históricamente, Pemex Refinación no ha tenido que pagar las consecuencias de su desempeño competitivo tan pobre. Dos condiciones la exentan de pagar estos costos: el monopolio que le confiere la Constitución y el hecho de ser propiedad del Estado.

Si Pemex Refinación fuera una empresa privada, habría quebrado hace muchos años. Esto lo saben perfectamente los líderes del Sindicato y por ello tradicionalmente se han opuesto categóricamente a la apertura del sector. Esta situación privilegiada cambiará si se aprueba la reforma que propone el Gobierno.

Aun cuando se apruebe la reforma como está planteada, las consecuencias económicas para el área de Refinación no serán inmediatas. La reforma constitucional propone la apertura del sector, pero no propone que el cambio sea instantáneo ni resuelve cómo operará el mercado cuando la reforma se haya aprobado. Estos detalles aún no se han definido y dependerán de una negociación que apenas empieza.

Pero aun cuando ya se hubiera definido la legislación secundaria que regulará al sector, construir una o más refinerías nuevas tomará cuando menos 5 años. Consecuentemente, la competencia de esas plantas no se sentiría sino hasta entonces.

La transformación del sector se podría acelerar si la legislación secundaria permite que los particulares importen y revendan productos refinados en el mercado doméstico. Si la competencia resultante fuera en precios, el efecto sobre Pemex Refinación sería tremendo y pondría aún mayor presión sobre lo que ya de por sí es un negocio perdedor. Pero la fragilidad económica de Pemex Refinación es tan grande que todo lo que tendría que pasar para poner a la empresa en crisis es tener que enfrentar competidores con una oferta de servicios más confiable y de mejor calidad.

La competitividad de Pemex Refinación es tan pobre que tarde o temprano la apertura del sector obligará que se lleve a cabo una reestructuración integral del área. En el corto plazo, el remedio más sencillo será renegociar las condiciones contractuales de los trabajadores. Esto no tiene por qué afectar las operaciones, puesto que los excedentes de personal son muy grandes, pero tampoco resolverá la situación competitiva de la empresa. A la larga, se deben instrumentar otras medidas, como son: modernizar la planta física, reconstruir un sistema de distribución física ineficiente y corrupto, y reestructurar la cadena de distribución al detalle.

El cambio para todos los que operan en esta parte de la cadena de valor será profundo; los únicos ganadores seremos los consumidores. Pensándolo bien, esto no tiene nada de malo.

 

 

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C.

Las opiniones en esta columna son personales.