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Compromiso con el futuro

Toda mi vida he vivido en la ambigüedad de quien se crió en dos culturas. Mi padre era un digno representante de los valores que ofrece la cultura anglo-sajona de Estados Unidos. Llegó al País después de la Segunda guerra Mundial y después de un noviazgo tan cortó que seguramente causó escándalo, se casó con mi madre.

Era audaz en los negocios y comprometido con sus proyectos. Tenía una reputación impecable; fue un socio confiable y un jefe generoso que se aseguró de que sus empleados hicieran patrimonio derivado de la empresa que fundó. Nunca se arrepintió de haber hecho su vida en México, ni cuando la inestabilidad económica asestó fuertes golpes al desarrollo de su empresa. Aunque en privado frecuentemente expresaba dudas sobre los tótems del Priismo: los ejidos, el monopolio petrolero, los sindicatos de la CTM, el dedazo, etc., nunca renegó del gobierno del País fuera de casa.

Mi madre nació en Guadalajara. Era la quintaesencia de la mujer moderna de su época: Cardenista; nacionalista y agradecida con el PRI por haberle dado el voto a las mujeres. A pesar de su desencanto con algunos de los gobernantes del mismo, nunca perdió la fe en ese (su) partido, y por esa misma razón, asumía como suyas la mayoría de las posiciones del gobierno nacional, incluyendo varias francamente cuestionables. Su identidad política se fue conformando al ritmo que cambiaban las prioridades del gobierno nacional.

Aprendí mucho del ejemplo de mis padres. De mi padre aprendí que no era traición ser independiente y crítico de los tótems que nos vendía el monolito político. De mi madre aprendí que querer a México significa aferrarse a esta bella entelequia con todo y sus grandes imperfecciones. No sé cuál de los dos fue más mexicano en las expresiones que realmente cuentan: quizá mi padre, porque fue él quien decidió hacer su vida en México después de haber luchado heroicamente en la fuerza aérea de su país de origen, al cual pudo haber regresado en cualquier momento de dificultad. O quizá la más mexicana haya sido mi madre cuyo nacionalismo era fortísimo y contagioso. Pero, lo que sí sé es que de los dos aprendí que querer a México es comprometerse con el País, aun cuando ese compromiso implique costos. De ellos también aprendí que ese compromiso no es sinónimo de inmovilismo, sino un llamado a cambiar aquello que no está bien.

El día de hoy, se cumplen doscientos años de que el País inició su lucha por ser independiente. La fecha es importante no solo porque se celebran dos siglos de vida como nación, sino porque el País está en un momento históricamente crucial. Los que estamos comprometidos con México tenemos que resolver un reto tan importante como el que eventualmente libraron los Insurgentes. Corresponde a los mexicanos de hoy librar una batalla a favor de la modernidad y en contra del estancamiento. Debemos escoger entre un éxito incierto y un fracaso seguro. La lucha actual no es menos importante que la que se libró hace doscientos años.

Optar por la modernidad supone confrontaciones importantes. Hacer los cambios que el País requiere no saldrá barato, pero vale la pena; estamos hablando del futuro de nuestros hijos y nietos. Ningún otro compromiso vale más.

Cuando concluya el próximo centenario, México puede y debe ser un País más exitoso y próspero. Esto lo puede lograr sin perder la esencia que le confiere su identidad nacional. Las decisiones políticas que se tomen en los próximos años decidirán el futuro de largo plazo.

En 2110 México puede ser un territorio en el cual reina el imperio de la Ley. Esto se puede lograr si se toman decisiones largamente pospuestas y se hacen las inversiones de recursos y liderazgo requeridas para construir un Estado de Derecho de clase mundial.

En el próximo centenario México también puede ser un territorio en donde no haya pobreza. Esto se puede lograr si aprovechamos inteligentemente los activos productivos que tenemos. Para ello tenemos que eliminar un gran número de trampas de pobreza, entre ellas la forma tan peculiar y dispendiosa en que manejamos el agua, los bosques, los suelos y el petróleo.

Para esas fechas también deberíamos haber detonado una revolución que multiplique la productividad actual de los trabajadores diez o más veces. La meta está a nuestro alcance, pero la clave para obtenerla es asegurar que los mercados de productos y servicios funcionan adecuadamente; que los factores de producción están orientados hacia los sectores donde pueden maximizar su productividad, y que se ha invertido lo suficiente en tiempo y recursos en la formación de un capital humano sin par a nivel mundial.

Actualmente, no conozco a una sola persona satisfecha con la situación del País. Ojala que sepamos convertir la frustración del momento en la motivación que requerimos para que el siguiente siglo de vida independiente sea el siglo de México.

Roberto Newell G. es economista y Director General del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C.
Las opiniones en esta columna son personales.