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Corrupcionario

Se dice que el primer paso para resolver un problema es reconocerlo. Sin embargo, para diagnosticar una calamidad, el primer paso es bautizarla y describirla. En el 2002, el genial Germán Dehesa publicó el libro ¿Cómo nos arreglamos? Prontuario de la corrupción en México. En el prólogo de aquella obra, Federico Reyes Heroles recuerda que los esquimales tienen docenas de formas para nombrar el hielo. También, los meteorólogos y los pilotos de avión cuentan con un poético catálogo de voces para describir esas formaciones de vapor a las que tú y yo nombramos nubes. Los idiomas de las tribus amazónicas usan varios matices del lenguaje para distinguir los diversos tonos de verde en los árboles y plantas. Con estos referentes antropológicos, no es extraño que los mexicanos tengamos un vasto vocabulario para describir a la corrupción. Tantas palabras y expresiones necesitaban un diccionario que las pusiera juntas y ordenadas.

Así nació el Corrupcionario Mexicano. El empresario Alejandro Legorreta y el equipo de la organización Opciona sistematizaron este agudo compendio de ironías, sarcasmos y dolencias que definen el mayor problema de nuestro tiempo.

Han pasado 14 años entre el libro de Germán Dehesa y la reciente publicación del Corrupcionario. Las diferencias entre ambos inventarios de palabras demuestran que la crisis nacional de corrupción ha evolucionado con vocablos que no existían o que tenían un significado hasta hace poco tiempo. Casa blanca, conflicto de interés, lady o lord son conceptos que se han ganado un nuevo simbolismo a punta de escándalos e impunidades. El Corrupcionario reconoce que la transa es un problema dinámico, donde el periódico de la mañana o el noticiero de la noche pueden traer nuevos términos y dichos asociados con la corrupción. Para actualizar el inventario de palabras, el Corrupcionario tiene una página de internet www.corrupcionario.mx donde el lector se puede convertir en autor, al acuñar un nuevo concepto asociado con el moche y el cochupo.

La publicación del Corrupcionario es a la vez un ominoso recordatorio y una buena noticia. El libro es un espejo que no disimula la fealdad. Las caricaturas y chistes que lo componen nos recuerdan la perversa tolerancia con la que los mexicanos hemos sobrellevado esta gangrena. Sin embargo, el libro también es una señal de que esa folclórica resignación se está transformando en una ardiente impaciencia. El filoso volumen es testimonio de una ciudadanía molesta que busca detonar conversaciones incómodas como preludio de cambios más profundos.

Como sostiene el actor Diego Luna en el prólogo del Corrupcionario, ojalá que las generaciones del futuro vean el problema de la corrupción como nosotros vemos la dictadura de Porfirio Díaz o los sacrificios aztecas. Para que eso suceda en algún momento del mañana se tienen que tomar decisiones el día de hoy.

Esta semana, el presidente Enrique Peña Nieto combinó una metáfora bíblica y una arbitraria generalización para agraviar a 120 millones de mexican@s: Quien esté libre de culpa, en los temas de corrupción, que tire la primera piedra. El Presidente no se ayuda nada. El horno no está para bollos y su popularidad anda por los suelos. En esas circunstancias, el discurso presidencial asume que ante la crisis nacional de corrupción, todos estamos homogéneamente embarrados. En lugar de ofender al prójimo, Peña Nieto tiene autoridad para tomar decisiones que, en teoría, deben ayudar a ponerle un freno a la impunidad. El Presidente ha dejado pasar mucho tiempo para nombrar al aspirante a secretario de la Función Pública. Este cargo debe ser ratificado por el Senado a propuesta del Ejecutivo. El Presidente tiene facultad para enviar su propuesta de nombramientos desde hace dos meses y no lo ha hecho. Esta falta de urgencia parece falta de interés en que, algún día, el Corrupcionario se convierta en un libro de historia y deje de ser un texto de la crónica cotidiana.

Publicado por Reforma
02-10-2016