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Creación de una élite

Estoy leyendo un libro recién publicado que está generando gran interés y controversia en Estados Unidos. Se trata de “Coming Apart: the State of White America, 1960-2010”. El libro es de Charles Murray, un connotado pensador libertario que trabaja en AEI, un centro de investigación aplicado que históricamente ha tenido gran influencia sobre el desarrollo de las posiciones analíticamente más sofisticadas del Partido Republicano.

La tesis del autor es sencilla, pero bastante convincente, puesto que el autor la defiende con una avalancha de datos duros. Murray muestra que a lo largo de las últimas cinco décadas, en EU ha emergido una nueva élite económica, política y social cuyo poder e influencia provienen de la transformación de esa economía en una de servicios y productos de alto valor agregado cuyo desarrollo depende de la acumulación y aplicación de conocimientos.

El autor arguye que el boleto de entrada a la nueva élite es haber estudiado en una de las instituciones de excelencia de ese país, de las cuales hay 70 u 80 de un universo de 4 mil 200. Pero para ello se necesita contar con tres atributos: inteligencia, motivación y disciplina. Dos de estos atributos se pueden adquirir, pero el tercero depende de haber ganado una lotería genética al momento de nacer.

Usando datos estadísticos y los resultados de diversas fuentes secundarias, Murray muestra que si un alumno no está en el 5 por ciento más alto de inteligencia, es casi imposible que logre entrar a cualquiera de estas universidades. Pero aquí no acaba el asunto, puesto que en opinión de Murray esas universidades cumplen otro papel que refuerza la naturaleza endogámica de la nueva élite. Es en esas universidades donde la mayoría de los jóvenes talentos americanos conocen a las personas con las que formarán sus familias. Si dos personas brillantes se conocen en Harvard y tienen hijos, es probable que procreen criaturas inteligentes. Y como los padres son parte de la nueva élite de la economía de conocimientos, es probable que cuenten con los recursos para invertir en la educación de sus hijos. De esta forma se perfecciona el círculo: Dos personas inteligentes procrean hijos talentosos que viven en condiciones que les facilita el acceso a las instituciones donde se forma la élite.

Murray explora las conductas y hábitos de la nueva élite. La mayoría de los resultados empíricos que describe corresponde con lo que uno esperaría. Por ejemplo, muestra que estas personas se concentran en guetos, donde conviven con familias con perfiles culturales y económicos muy parecidos. Vivir en estas comunidades refuerza el proceso endogámico: tienen estilos de viva más sanos, viven vidas más largas y son más selectivos y exigentes en sus decisiones de consumo y educación.

Pero Murray también reporta resultados contra-intuitivos: Encuentra que la tasa de divorcio de estos matrimonios es más baja que la general (lo atribuye a que se casan más tarde, cuando la pareja es más madura); son más religiosos y mantienen estilos de vida relativamente conservadores. Sus preferencias políticas también son sorprendentes. Salvo en el caso de cuatro ciudades americanas, las comunidades donde se concentra la nueva élite apoyan a candidatos republicanos en proporciones similares a las que apoyan a los demócratas.

En todo esto hay paralelos interesantes en México. Un número sorprendentemente grande de personas jóvenes tiene un perfil demográfico similar al que describe Murray. Creo que los mecanismos formales de acceso a las universidades más prestigiadas todavía no son tan rigurosos, pero parecen moverse en la misma dirección: Acceder a las disciplinas más cotizadas de la UNAM puede ser tan difícil como entrar a Harvard o MIT. Lo mismo sucede en el caso de ITAM, CIDE, ITESM, Libre de Derecho y Colegio de México.

Los alumnos mexicanos más destacados también encuentran a su pareja en estas instituciones, y si sobresalen en sus estudios, estudian el posgrado en las mismas universidades donde estudia la élite americana. Cuando regresan a México se emplean en las instituciones más prestigiadas del sector público y privado, o en empresas de servicios profesionales, (bufetes de ingenieros, consultores y abogados). O sea, reproducen el mismo ciclo en México que Murray describe para EU.

El acceso a la élite mexicana todavía no está tan estrechamente relacionado con la obtención y acumulación de conocimientos, pero para allá va. Lo preocupante de esto es que si ya de por sí la brecha entre la élite mexicana y el resto de la población es grande, la tendencia en cuestión inevitablemente la hará más grande.

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales.