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Cultura y competitividad

Hace más de cinco años, recién publicado el primer Informe de Competitividad de IMCO, un amigo sociólogo lo leyó y preparó una nota con observaciones sobre cómo se podría mejorar. La mayoría de sus comentarios eran sobre las variables que habíamos utilizado y la forma en que ponderamos los diez subíndices con los cuales se estima el índice general de competitividad.

Sus observaciones eran bien intencionadas y varias de sus propuestas de mejora se incorporaron en versiones subsecuentes. Pero una de ellas tenía un fondo más profundo: me preguntó por qué no habíamos tomado en consideración las diferencias culturales de los países a la hora de estimar el Índice Internacional de Competitividad.

La respuesta que le di entonces no lo dejó satisfecho, y en cierta medida tampoco a mi. Científicos sociales de la talla de Max Weber, Toynbee y otros más recientes como Huntington, han tenido enorme influencia en la discusión sobre el desarrollo de las naciones a partir de tesis que atan las raíces culturales de las sociedades a su desempeño económico.

Intérpretes de la cultura de México tan importantes como Octavio Paz e historiadores de la economía como Jaime Ros, también han desarrollado sendas tesis sobre el efecto que tiene la cultura del País en el desarrollo de sus instituciones, la conducta de las personas y el desempeño de la economía. Para analistas como los arriba citados, el vínculo entre cultura y conducta social es obvio e indiscutible, aunque difieren en su punto de vista sobre si la cultura es la fuerza determinante o no; es decir, si marca el destino de las sociedades y economías o si otros factores tienen igual o mayor peso sobre el devenir histórico de las sociedades.

El tema de las culturas no se incluye en el Índice de IMCO. Cuando estábamos en el proceso de definir la estructura no logramos llegar a un punto de vista claro y defendible sobre el tema, ni acordamos qué variables medir y mucho menos cómo representarlo.

El tema vuelve a tener gran actualidad en estas fechas. Recientemente, el Cultural Change Institute de la Fletcher School (Tufts University), publicó los resultados de una encuesta sobre los valores de la cultura mexicana. Tal encuesta se hace periódicamente para muestras representativas de la población de muchos países. Sirve para muchos fines. El principal es caracterizar y distinguir los valores de las diversas culturas para las cuales se tienen datos, pero también sirve para analizar los atributos específicos de una cultura nacional.

Los resultados de la encuesta hecha en México son muy interesantes:

º México cuenta con una cultura cuyos valores sociales y políticos son favorables para el desarrollo. Sin embargo, los valores económicos son significativamente desfavorables. La respuestas en conjunto muestran que los mexicanos desconfían de cómo opera la economía nacional.
º Por ello, los mexicanos expresan que son adversos a participar en situaciones empresariales que los exponen al riesgo.
º También creen que la forma en que opera la economía no es pareja para todos; piensan que las autoridades favorecen a los poderosos y que para equilibrar los resultados es indispensable sujetar a las autoridades a procesos de rendición de cuentas más rigurosos.
º Tampoco admiran a los empresarios exitosos, por el contrario, piensan que los ricos lograron tal estatus con base en su cercanía con las autoridades que supuestamente los supervisan.

Lo interesante de todo esto es que los resultados de la encuesta se pueden interpretar de dos maneras totalmente diferentes: La primera es atribuyendo la naturaleza de las respuestas a los valores de la cultura de los encuestados, es decir, a algo que está profundamente enraizado en ellos. Si este fuera el caso, las respuestas se deben interpretar como expresiones que vienen de lo más hondo de la personalidad de los mexicanos. Tendríamos que resignarnos a que esta conducta cambiará lentamente y requerirá un plazo largo de ajuste.

Pero hay otra interpretación mucho más optimista de estos mismos datos, que parecería confirmarse cuando observamos la conducta de los mexicanos que han migrado a Estados Unidos. En este caso, las respuestas se deben interpretar no como el reflejo de algo profundo e intrínseco a la cultura nacional, sino como la respuesta racional a los incentivos que sus experiencias recientes han suscitado. Es decir, están respondiendo no con base en sus preferencias, sino con base en su experiencia. Algo así como que la burra no era arisca, pero la hicieron a palos.

En todo caso, el tema de la cultura es importantísimo. Valen la pena más estudios como el arriba citado para discernir cuál de las dos interpretaciones es la válida, y qué se puede y debe hacer al respecto.

Roberto Newell G. es Economista y Director General del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en la columna son personales.