Artículo

A destiempo

Qué bueno que México está inmerso en un intenso proceso de reformas económicas. Qué desventura que, en la segunda década del siglo XXI, hemos comenzado a discutir lo que debimos haber hecho desde el siglo pasado. Las revoluciones tecnológicas y las transformaciones geopolíticas hacen que los cambios sean el resultado de la urgencia y no de la estrategia. La necesidad de romper con la inercia devino del instinto de supervivencia y no de la voluntad de la innovación.

Va el ejemplo de la televisión. Desde hace mucho tiempo el negocio de la pantalla ha estado concentrado en un duopolio. En la mayoría de los países hay tres o más cadenas de televisión abierta, aquí sólo tenemos a Azteca y Televisa. La concentración de varios canales en una sola compañía también es una rareza propia de un sector con un pobre nivel de competencia. En la reforma constitucional se marcó una firme convicción transformadora que ha quedado erosionada en la propuesta de legislación secundaria. Sin embargo, aún si se modificara la iniciativa del Ejecutivo para recuperar el espíritu de 2013, hay factores determinantes que rebasan la autoridad del Presidente y el Congreso.

Internet ha trastornado el modelo de negocios de distintos sectores dedicados a distribuir y vender contenidos. La red y el ciberespacio han cambiado la experiencia de consumo en los periódicos, el cine y la televisión. Cada año Google obtiene una rebanada más grande del pastel de recursos que antes se dedicaban a la compra de publicidad en prensa y tv. La proyección de utilidades del viejo modelo de televisión abierta ha cambiado radicalmente. La venta de tiempo para anuncios de 20 ó 30 segundos seguirá siendo un negocio, pero su escala será distinta y su potencial menguante. En ese contexto los mexicanos iniciamos la discusión para licitar nuevos canales de TV.

Televisa es la empresa más grande de habla hispana del mundo, no sólo por los privilegios y concesiones que le han otorgado sucesivos gobiernos mexicanos, también pesan los miles de millones de pesos que ha invertido en la producción de contenidos. Para competir en ese contexto se van a requerir no sólo buenas leyes y autoridades firmes, sino también mucho dinero para invertir en un negocio con horizontes inciertos. Obtener la concesión de un nuevo canal de televisión será como ser propietario de un equipo de ascenso que gana un espacio en la liga de primera división del futbol. Ya tienes la franquicia, el uniforme y hasta el estadio, ¿cuánto vas a invertir para forjar un equipo que gane partidos y genere dinero? Donde no hay utilidades no hay empresas, sin empresas es imposible que exista la competencia. Los actores privados que deseen entrar al negocio de televisión probablemente tienen como prioridad la potencial influencia política que el margen de retorno sobre la inversión. Hace diez o veinte años el incentivo habría sido muy distinto, pero lo que no fue no será.

A la reforma energética también llegamos tarde. Esta semana mientras en México se planchan los detalles de la iniciativa de la legislación secundaria, en Washington el Congreso tendrá una discusión pública sobre la necesidad de modificar las leyes que obstaculizan la exportación de hidrocarburos desde Estados Unidos. Nuestro vecino quiere participar en el negocio de venderle petróleo al mundo. A pesar de ser a destiempo, hay que impulsar los cambios. Mientras dejamos pasar el tiempo y sucesivos sexenios, nos cambiaron el mapa, la ruta y probablemente el destino de las reformas.

Publicado por Periódico Reforma
06-04-2014