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Dilapidando prestigio

DE CONVICCIÓN LIBERAL

Para entender quién soy, todo lo que se necesita es conocer mis dos apellidos. El contexto familiar en el que me crie era una competencia entre las culturas de mis padres: mi madre era intensamente mexicana; mi padre era cien por ciento americano. Los dos eran orgullosos exponentes de los valores y tradiciones de sus respectivos países. Para ambos era importante que conociéramos y respetáramos sus culturas. La competencia que libraron no era tanto por nuestras mentes, sino por nuestros corazones. En algún momento, cada uno de nosotros tuvo que escoger qué pasaporte portaría el resto de su vida. Yo escogí el mexicano, pero eso no significó renegar de Estados Unidos. Siento gran simpatía por ese país; lo conozco íntimamente y respeto sus valores, tradiciones y principios. Por ello, me duele cuando toma un camino incorrecto.

El mejor momento de Estados Unidos fueron los años después de la Segunda Guerra Mundial. En ese entonces, su poder económico y bélico era incomparablemente mayor que el de cualquier otro país, como también lo era el prestigio de su régimen político y económico.

El Gobierno de Estados Unidos aprovechó esos activos para promover la creación de un nuevo orden internacional liberal cuyas principales manifestaciones fueron las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Corte Internacional de Justicia, el Acuerdo General de Comercio y Aranceles y la OTAN.

Estas instituciones y el trato generoso que tuvo hacia sus aliados y hacia la población de los países que perdieron la Guerra ayudaron a proyectar el poder y la imagen de EU a todo el mundo. La estrategia geopolítica americana combinaba hard power con soft power. Durante el periodo de la postguerra era tal el prestigio de Estados Unidos que pocas veces tuvo que recurrir al uso de las armas para determinar el desenlace de una situación difícil.

La hegemonía geopolítica de Estados Unidos fue relativamente corta. Gradualmente, la Unión Soviética fue cerrando la brecha de poder duro con EU. Aunque los rusos nunca pudieron cerrar la brecha económica, la carrera armamentista que libraron condujo a un impasse estratégico que varios gobiernos aprovecharon para establecer regímenes políticos autoritarios, a veces en alianza con la Unión Soviética y otras veces con EU. El impasse estratégico minó la eficacia del nuevo orden internacional de la postguerra y erosionó el valor relativo del soft power americano.

Eventualmente, la carrera armamentista causó el colapso económico de la Unión Soviética. La decisión de Reagan de redoblar la apuesta bélica de Estados Unidos aceleró el deterioro de la economía rusa y condujo a la disolución de la URSS en 1991. Si en ese momento el Gobierno americano hubiera liderado un proceso para reestructurar y fortalecer las instituciones internacionales existentes con el fin de establecer nuevos equilibrios geopolíticos, Estados Unidos posiblemente se habría ahorrado los enormes costos que ha tenido que pagar a partir de la tragedia de las Torres Gemelas. Pero bien dice el dicho: el hubiera no existe.

La tesis geopolítica que ha dominado el cálculo estratégico de EU desde la década de los ochenta ha inclinado la balanza a favor de inversiones adicionales en hard power, sobre todo después del 11 de septiembre de 2001. El juicio convencional actual supone que el conflicto entre civilizaciones es inevitable y confiere un valor estratégico bajo el soft power americano. Los líderes políticos de los dos partidos, incluyendo a Obama, ven a Estados Unidos como el defensor de la cultura americana y no como el principal baluarte de un orden internacional basado en principios de libertad, equidad, justicia y derechos humanos.

Sólo así se puede explicar por qué los gobiernos americanos recientes tomaron la decisión de intervenir las comunicaciones personales de líderes políticos de países que han sido sus aliados geopolíticos desde hace décadas. Estados Unidos perdió la brújula axiológica cuando sus gobiernos aceptaron como válida la tesis de la guerra de civilizaciones. A partir de ese momento no ha sabido en quién confiar ni qué valores representan.

La generación de mi padre luchó en la Segunda Guerra Mundial en defensa de valores y tradiciones que los gobiernos recientes de EU han traicionado. Ojalá que el reciente escándalo de espionaje cause que se recapacite.

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales.

Publicado por Reforma

07-11-2013