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Dos barrancas

La vista del mundo entero está puesta en el debate que libran republicanos y demócratas en Estados Unidos relacionado con las finanzas públicas de ese país. Las posiciones que han asumido los dos partidos son igualmente insostenibles y necias.

Los demócratas insisten en que cualquier acuerdo que se logre debe incluir un alza a la tasa de impuestos que paga el 2 por ciento más rico de la población americana. Su posición es indefendible técnicamente. El incremento de ingresos que derivaría de aumentar los impuestos que paga este segmento de la población sería insuficiente para resolver el problema fiscal de ese país aun cuando la tasa de impuestos subiera a 100 por ciento. Actualmente, los principales problemas fiscales de Estados Unidos tienen que ver con el nivel de gasto del Gobierno federal y con la deuda del Gobierno, (aun cuando al nivel de las tasas de interés que priva actualmente en Estados Unidos este problema todavía no se ha manifestado tan visiblemente como sucederá algún día). Aumentar los impuestos que pagan los americanos más ricos quizás aporte beneficios políticos, pero no es suficiente para resolver la problemática fiscal de Estados Unidos.

La posición de los republicanos es igual de necia y demagógica. La gran mayoría de los legisladores de ese partido se han comprometido por escrito a votar en contra de cualquier reforma fiscal que signifique impuestos más altos. La interpretación que hace la mayoría de los republicanos en el Congreso sobre qué constituye un aumento de impuestos es amplia. Sus líderes dicen que rechazarían cualquier acuerdo que implique que la población pague impuestos más altos, aun cuando estos aumentos deriven de reducir los gastos que son deducibles para efectos fiscales o la eliminación de arreglos especiales que sólo benefician a un grupo pequeño de causantes.

Para arreglar el problema fiscal de Estados Unidos se requiere negociar un programa multianual, que gradualmente reduzca el nivel de gasto gubernamental en relación con el tamaño de la economía americana; simultáneamente se tendrán que incrementar los ingresos fiscales. Cualquier programa fiscal que dependa exclusivamente de cualquiera de las dos medidas está condenado al fracaso, sobre todo si se trata de hacer el ajuste fiscal en un periodo breve. Lo que más conviene a nuestros vecinos es un programa de ajuste que tenga efectos mínimos sobre la tasa de crecimiento de la economía. Esto significa aumentar los impuestos cuando la economía esté creciendo a un buen ritmo y reducir primero los componentes del gasto federal que menos impacten el crecimiento de la economía.

A Estados Unidos le sobran economistas calificados para confeccionar un programa fiscal que cumpla estos objetivos; lo que faltan son líderes políticos pragmáticos dispuestos a buscar un acuerdo económico sensato.

Las probabilidades de que EU caiga en el barranco fiscal irá creciendo como se vaya agotando el tiempo disponible para negociar, sobre todo si endurecen las posiciones políticas de los dos partidos. No descarto que los políticos logren un acuerdo al cuarto para las doce, pero cada día que pasa aumenta las probabilidades de que el debate sea dominado por los políticos más necios involucrados en el proceso. Como están las cosas, el partido que más ganaría políticamente si la economía se va al abismo sería el Demócrata, puesto que el Presidente Obama podrá argüir con cierta legitimidad que recibió un mandato político que lo obliga a aumentar los impuestos de los ciudadanos más ricos. Una crisis fiscal también permitiría al Presidente asumir el papel de paladín que llega al rescate de la economía. Esto deberían entenderlo los republicanos, pero si sí, no se nota. Los incentivos políticos actuales son perversos.

Pero los problemas de EU no sólo son fiscales. El 31 de diciembre vence el periodo durante el cual el 100 por ciento de los depósitos bancarios están garantizados. A partir de esa fecha, la cantidad asegurada se reducirá a 250 mil dólares. Actualmente, la mayoría de los bancos está adecuadamente capitalizada, pero no todos los bancos gozan de salud financiara. Esto puedo propiciar que los cuentahabientes retiren sus recursos de las instituciones más débiles. Si estos retiros coinciden con un periodo de inestabilidad económica derivada de la crisis fiscal arriba descrita, las consecuencias pueden ser graves, especialmente para los bancos más débiles.

La economía americana se está acercando a la orilla de un precipicio bancario justo cuando la atención de la mayoría de los políticos está puesta sobre la situación fiscal de EU. No me gusta nada que coincidan estas dos fechas fatales. Si les llegara a fallar el cálculo a los políticos americanos de cualquiera de los dos partidos, la economía global puede entrar en una nuevo periodo de crisis.

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales