Artículo

Eficiencia del mercado de salud

Concluí la columna de la semana pasada con la siguiente aseveración: Las asimetrías de información (en el mercado de salud) son tan profundas que hay oportunidades para que proveedores de servicios sin escrúpulos abusen de sus pacientes. Hoy abordaré este tema con el fin de proponer políticas públicas y privadas que remedien (aunque sea parcialmente) esta falla de mercado.

Empezaré con otra aseveración que la mayoría de mis lectores aceptarán con base en sus propias experiencias: la demanda de servicios médicos es insensible a precios. Cuando una familia enfrenta una crisis médica, sus miembros generalmente están dispuestos a gastar todo lo que tienen y más para resolver el problema. Los que tienen mucho gastan lo que sea necesario para encontrar un remedio; los que tienen poco agotan sus ahorros, se endeudan y hasta venden algunos de los pocos activos que tienen para resolver la crisis. Esta conducta no sólo se ve en México: en Estados Unidos alrededor del 60 por ciento de las bancarrotas personales son motivadas por crisis de salud. Igual sucede en el caso de México. Una de las principales motivaciones para establecer el Seguro Popular fue contar con una herramienta financiera que sirva para paliar las consecuencias económicas de las crisis de salud. Con su introducción se pudo resolver una de las peores consecuencias de la forma en que opera el mercado de salud, pero a pesar de este cambio, el funcionamiento del mercado todavía es subóptimo.

El principal problema del mercado son las enormes asimetrías de información que hay entre los oferentes y demandantes de servicios. Salvo un conjunto de enfermedades comunes cuyos síntomas son ampliamente conocidos, para diagnosticar los demás padecimientos se requiere la intervención de especialistas que tengan los conocimientos y herramientas para hacer un diagnóstico correcto.

El cuerpo humano es tan complejo que aun contando con las mejores herramientas de análisis, la mayoría de los diagnósticos son inciertos, con todo lo que eso implica para el diseño de estrategias de tratamiento. La práctica normal para manejar la incertidumbre es solicitar análisis adicionales y pedir las opiniones de otros expertos antes de iniciar el tratamiento. Pero ni así se puede estar seguro de que el diagnóstico es correcto y que todo saldrá bien. Aun cuando se comparta toda la información disponible con los pacientes, la incertidumbre y las asimetrías de información persisten.

La posibilidad de que se tomen malas decisiones persiste aun cuando haya relativa certidumbre y consenso en la fase de diagnóstico. A partir de eso, el siguiente gran reto es decidir a quién confiar el procedimiento. Esta decisión implica asumir riesgos adicionales, sobre todo si no se cuenta con información objetiva que sirva para evaluar y calificar la calidad de los médicos tratantes. Salvo casos excepcionales, esta información no está disponible, y si existe, no está disponible en un formato fácil de interpretar. Esto significa que aun en las mejores circunstancias, los pacientes acaban tomando estas decisiones casi a ciegas.

La mayoría de los pacientes tratan de remediar esta situación pidiendo referencias sobre la reputación del doctor y sobre la institución en la cual se llevará a cabo el procedimiento. Pero esta información es inadecuada para tomar decisiones óptimas. Para resolver esta falla de mercado, es indispensable instrumentar reformas diseñadas para atender este problema.

Dos medidas serían útiles para apuntalar las decisiones de los pacientes. La primera sería crear un banco de datos que contengan información objetiva y fidedigna sobre el desempeño profesional de los diversos especialistas. Con el fin de evitar usos incorrectos de esta información, el acceso a los datos debería restringirse a los pacientes y a personas que puedan acreditar un interés legítimo. Para que esta información sea realmente útil, el historial clínico de los practicantes se contrastaría con datos normalizados de una muestra representativa de profesionales de la misma especialidad.

La segunda propuesta sería contar con redes de profesionales independientes para que cumplan una nueva función: ayudar a los pacientes a tomar mejores decisiones con base en la información disponible. Este tipo de profesionales ya operan en otros sectores (v.gr mercado de capitales, industria de seguros) donde cumplen una función muy útil apoyando a los consumidores en la toma de decisión.

En conclusión, el mercado de salud en México (y de otros países) es particularmente opaco debido a la falta de información objetiva para respaldar las decisiones que toman los pacientes. Urge actuar para mejorar su funcionamiento antes de que el gasto en salud se convierta en un problema crítico para la economía del País, como ya lo es en Estados Unidos y otros países.

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales.