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¿El cemento o la neurona?

Love is in the air (El amor está en el aire) es el título de una canción de música disco que se volvió un clásico de los años setenta. La melodía hubiera sido un himno apropiado para describir el ambiente romántico de las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. El amor estaba en el aire y en la alcoba. Esta efervescencia romántica se convirtió en una explosión demográfica conocida como el baby-boom. Entre 1946 y 1964, en Estados Unidos nacieron cerca 78 millones de bebés. Estas criaturas de la posguerra están llegando a la edad de jubilación en porciones multitudinarias.

Siete mil personas al día, durante los siguientes tres lustros, llegarán a la edad de 65 años en Estados Unidos. Durante el tiempo que te tomará leer este artículo habrá 24 nuevos pensionados gringos. Más de 290 cada hora. Así serán todas los días entre hoy y el 1o. de enero del año 2030. Hace seis décadas y media había sobrepoblación en las salas de maternidad, ahora las presiones demográficas y económicas se sentirán en las clínicas de geriatría. En promedio, de los 7 mil jubilados que se retiraron hoy, 1,120 tendrán problemas de diabetes, más de 3 mil sufrirán hipertensión y cerca de 5 mil tendrán el colesterol alto. Se espera que cerca de 10 millones de baby boomers serán víctimas de esa crueldad de la naturaleza bautizada clínicamente como mal de Alzheimer. Estas tendencias representan un desafío a las finanzas y al sistema de salud de Estados Unidos. Para México estas proyecciones significan una enorme oportunidad de desarrollo, al encontrar formas de ayudar al vecino a enfrentar esta transición demográfica.

Esta semana el presidente Peña Nieto anunció el Plan Nacional de Infraestructura 2013-2018. El anuncio presidencial implica la inversión de más de 2 mil millones de pesos diarios en obras, que en su mayoría, requieren varilla y concreto. Sin duda, México necesita de carretas, terminales marítimas y aeropuertos. Sin embargo, ante el desafortunado escenario de que el dinero no crece en los árboles habrá que evaluar la conveniencia e impacto de este esfuerzo monumental de gasto público y privado. ¿Qué tipo de infraestructura necesita México para competir y prosperar en el siglo XXI?

Nuestro país también experimentó su propio baby boom. En 1994, los cuneros de la República recibieron a 2.9 millones de recién nacidos. En más de dos siglos de historia independiente ese fue el año con más nacimientos en México. La generación de 1994 cumplió 18 años en 2012. A esa edad, los mexicanos más privilegiados van a la universidad y el resto empieza a preocuparse cómo ganarse la vida.

En 2013, 88% de los estudiantes que aplicaron a las licenciaturas de la UNAM fueron rechazados. En el Poli, la tasa de rechazo llegó a 78% de los aspirantes. De los jóvenes que no fueron aceptados habrá algunos que se quedaron afuera por falta de méritos académicos. Sin embargo, habrá otras decenas de miles que se quedaron sin opción de estudiar, porque decidimos invertir más dinero público en cemento para autopistas que en las neuronas de nuestros jóvenes.

¿Cuántas escuelas técnicas y universidades se podrían financiar con la montaña de dinero del Plan Nacional de Infraestructura? ¿Cuántas carreras de medicina y enfermería se podrían sufragar para hacer viable la industria de turismo médico, que atendería a una porción de los 78 millones de gringos en proceso de jubilación? ¿Cuántas becas en universidades privadas de prestigio se podrían sufragar y así aprovechar al 100% la capacidad instalada de educación superior en México? ¿Cuánto costaría que los nacidos en 1994 fueran la primera generación de mexicanos con dominio efectivo del idioma inglés? Algo me dice que el dinero está ahí, pero lo estamos gastando en otras cosas. Ojalá que el programa de infraestructura anunciado esta semana no se convierta en un criadero de elefantes blancos. El costo de oportunidad lo pagarán las generaciones del 94, 95, 96...