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El mito de los independientes

Bienvenida la reforma que otorgó al ciudadano sin partido el derecho a competir, que amplió el venero de donde pueden salir los aspirantes a gobernar y que permite mandar a los partidos el mensaje sonoro y claro de que estamos hartos de la corrupción e impunidad que campea en sus filas.

De allí a sostener que sólo el gobernante producto de una candidatura “independiente” puede impulsar una agenda contra la corrupción, la violación a los derechos humanos o la impunidad hay un trecho enorme. En la vida casi nunca hay un sólo así. El sólo así, además de no tener sustento, despide aroma a fundamentalismo porque remite a una salida única que anula al resto de las opciones. Como tal, niega la esencia de la política y es un síntoma de intransigencia. También tiene aroma a la figura del dictador benevolente: aquel que “hace el bien sin mirar a quien” porque sabe lo que hay que hacer y no tiene amarres.

No alcanzo a entender cómo es que un candidato sin partido puede llegar a la Presidencia sin amarres. Todos los tenemos y los hay de todo tipo: amistades, formación, ideología, preferencias, historia personal, favores previos, compromisos futuros, necesidad de acompañamiento. Unos nos limitan y otros nos abren posibilidades. Por cierto, uno de los peores amarres es el dogmatismo o sea la aceptación incondicional de una idea suspendiendo los argumentos que pudieran ponerla en duda.

Pero aun aceptando que la independencia fuera posible, se pecaría de candor al plantear que el “independiente” tiene mayores posibilidades de llevar a la práctica su agenda ciudadana. En democracia las decisiones casi nunca corresponden a una sola persona y, si fuera el caso, daría igual que el Presidente tuviese o no un partido detrás. Más candoroso aún es plantear que el “independiente” puede acabar con la corrupción, la impunidad o la violación a los derechos humanos por el mero hecho de empeñar su voluntad y no pertenecer a un partido que ha sido perpetrador o encubridor de esas mismas corruptelas y violaciones. Las personas importan y pueden hacer la diferencia, pero la historia es una combinación de la voluntad de los líderes más el contexto, las instituciones y la burocracia con las que tiene que trabajar.

Tampoco acierto a entender por qué el candidato partidario que llegara a la Presidencia en 2018 no podría meter a la cárcel al pillo más grande de México (la elección del nombre se la dejo a usted) y el “independiente” sí. Ambos podrían, si quisieran y si pudieran, armar una investigación y un expediente sólidos y encontraran un juez que no se prestara a la corrupción. Si la hazaña viniera del mandatario “independiente” o del partidario todos lo celebraríamos. Pero con ello la aguja medidora que nos coloca como país altamente corrupto no se movería porque la corrupción es un sistema compuesto de redes que va más allá de que la cúpula panista haya protegido a Padrés, la priista a Duarte o a Moreira, la perredista a Aguirre o que, en su momento, López Obrador haya tapado a Ponce o a Bejarano. Si algo necesita el combate a la corrupción es amarres entre la clase política y entre ésta y la sociedad, no un dictador benevolente o un superpresidente a prueba de amarres.

Candidatos, con o sin partido, los hay buenos y malos. Fox fue una especie de candidato ciudadano dentro de un partido. Lo mismo ocurre con Trump. Por fortuna las constituciones y sistemas prevén contrapesos que les impiden hacer lo que quieran. Pueden hacer daño, sí, pero hay límites. Pueden querer hacer cosas buenas, pero también hay obstáculos.

Apostar en el 2018 por un candidato sin partido y pretender que pueda impulsar las (sus) “mejores causas ciudadanas” es una ficción y un engaño. Las personas tenemos distintas preferencias sobre cuáles son los bienes que mejor satisfacen nuestras necesidades y sobre las políticas públicas para proveerlas en la mayor cantidad y mejor calidad posibles. No hay una agenda única. Es precisamente para dirimir las diferencias que existen  en la política y con ella, lo sentimos mucho, la negociación y los pactos que, al menos en democracia, son necesarios.
Lo que no es una ficción es decir que lo que no requiere mayor esfuerzo es llamar a votar por un “independiente” en lugar de organizarnos y pelear por lo que queremos. Si tuviera que ser dogmática y decantarme por un sólo así diría que elsólo así lejos de ser un prohombre de las mejores causas es la participación ciudadana para exigir al gobierno lo que pensamos que es socialmente benéfico: una distribución del ingreso más equitativa, una política impositiva progresiva, una educación de calidad, el freno a los monopolios, la libertad para fumar mariguana, el derecho a la interrupción del embarazo, el alto a la violación de los derechos humanos, la corrupción y la impunidad, o cualquier causa que escojamos. La democracia se trata más de causas que de personas.

Publicado por Excélsior
09-03-2016