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El niño y el Nobel

Estudié la secundaria en un colegio privado, privado de vocación pedagógica, privado de valores y privado de las virtudes que definen una buena educación. Me reservo el nombre de esta institución escolar porque mi experiencia ocurrió hace casi 30 años y probablemente las cosas habrán mejorado con el paso de los siglos. No quiero desanimar a los niños que hoy estudian ahí, ni ofender a sus maestros. El hecho es que en los tres años que mediaron entre el fin de la primaria y el principio de la prepa fui un mal estudiante en una pésima escuela. De una tira de 13 materias, sólo tres profesores destacaban por el llamado vocacional a transmitir conocimientos. El profesor Román de Historia Universal, Bernabé de Matemáticas y Rocío la maestra de Literatura eran esas honrosas excepciones. Gracias a Rocío, tuve una inolvidable conversación con Gabriel García Márquez.

 

Foto: Notimex
Foto: Notimex

La plática con el Gabo no ocurrió en una universidad, ni en una librería, sino en el centro comercial de Perisur. Yo iba en primero de secundaria y él acababa de recibir el mayor reconocimiento universal para un autor vivo. A pesar de las obvias asimetrías entre los dos interlocutores, el ganador del Premio Nobel fue sumamente generoso con el niño que yo era entonces.

-¿Usted es Gabriel García Márquez? -Sí. -En la escuela me dejaron leer un libro suyo. -¿Cuál? -Crónica de una muerte anunciada. -¿En la escuela te obligan a leer mis libros? -Sí, y voy a tener un examen para comprobar que sí lo leí. -Diles a tus profesores que les prohíbo que obliguen a los niños a leer mis libros. La literatura debe ser un placer y el placer nada tiene que ver con la obligación.

Envalentonado por la validación del premio Nobel decidí no leer la novela que narra el anunciado asesinato de Santiago Nasar. Mi omisión se reflejó en la calificación del examen. En un primer momento la maestra Rocío no me creyó, pero después de contarle a detalle la conversación en Perisur ella decidió no usar el examen para mi promedio final. Sólo me advirtió: "Juan, el problema no es el examen, sino que vas a perder la oportunidad de leer un libro muy hermoso". Pasé el siguiente fin de semana ensimismado sobre la historia del crimen que buscaba redimir el honor virginal de Ángela Vicario. Gracias a esa novela descubrí el gusto por los libros.

Ese placer fue un salvavidas y refugio en la estación más triste de mi vida. Mi padre murió el verano que terminé la secundaria. No encuentro un mejor resumen de aquellos días y meses que un poema de W. H. Auden: Detengan los relojes. Corten el teléfono... Era mi norte, mi sur, mi este y mi oeste, mi semana de trabajo y mi domingo de descanso... Ya no quiero las estrellas. Que las apaguen, que empaquen la luna y desmantelen el sol. Que sequen el océano y barran los bosques porque ya nada de lo que venga, habrá de ser bueno.

En esas horas aciagas y eternas cayó en mis manos El amor en los tiempos del cólera. La novela de García Márquez me permitió sobrellevar el silencio de los relojes con las manecillas inmóviles y el vacío de las estrellas apagadas. Las pasiones reprimidas y consumadas de la historia me llevaron lejos de los mares secos y las lunas empacadas.

En el mundo de la ficción escrita, en ese universo del realismo mágico y el asombro concreto, la voz de los autores no se apaga nunca. Mientras alguien suelte un suspiro por la decantada pasión de Florentino Ariza y Fermina Daza, en la dimensión de las palabras la muerte no puede tocar a nadie. La obra del Gabo salvó a un niño del miedo infinito a los relojes con los minutos quietos. En un barco de vapor que navegaba por el río de una selva imaginaria, aquel niño se alejó del puerto de la tristeza. No fue una travesía corta, pero tampoco fue un viaje imposible. La capacidad de desafiar al dolor de la muerte es uno de los mayores poderes y bendiciones de la literatura. Gracias, Don Gabriel.

Publicado por Periódico Reforma
(20-04-2014)