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El Error

Las uniones monetarias son más comunes que lo que uno se imaginaría.  La más conocida, por mucho, es la unión monetaria que constituyeron los países europeos que conforman la zona del Euro.  Pero hay varias más: algunas derivan de acuerdos formales, como en el caso del Euro; otras son informales y generalmente derivan de la decisión unilateral de un país de estabilizar su economía adoptando la moneda de otro país, como en el caso de Argentina y Ecuador, que adoptaron el Dólar americano para este fin.   

Las uniones monetarias aportan varias ventajas significativas: crean condiciones de mayor estabilidad de precios a la economía que se integra a una unión monetaria; reducen los costos de las transacciones internaciones causando que se incremente el volumen de comercio e inversión; eliminan una de las principales fuentes de incertidumbre para los inversionistas- la tasa de cambio- consecuentemente incentivan la inversión extranjera y el acceso a los mercados de deuda soberana.  También reducen los costos de capital, permitiendo que el país que adopta la moneda de la economía más estable pueda endeudarse a tasas de interés más bajas- parecidas a las de la economía más estable.

El Euro brindó estos beneficios a los países menos desarrollados de Europa ayudándoles a aprovechar al máximo las oportunidades inherentes en el mercado común de Europa y acelerando el paso para cerrar la brecha de ingresos que tenían respecto de los países más desarrollados.  Originalmente, los países que más se beneficiaron de este arreglo fueron Grecia, España, Portugal e Irlanda, pero la unión monetaria aportaba beneficios a todos los países de la zona del Euro.  Alemania, Holanda y Francia se beneficiaron del hecho que la unión monetaria aceleró el crecimiento de los mercados europeos más pobres generando mayores oportunidades para exportar bienes y servicios a estos mercados.  Los inversionistas del norte de Europa también derivaron beneficios, debido a la mayor estabilidad cambiaria y a la reducción de la incertidumbre que siempre está presente cuando se invierte en otro país. 

En suma, la unión monetaria del Euro fue un gran acierto económico.  Aportaba tantos beneficios a los países que participaban en ella que cuidar de su salud tenía que ser una de las principales responsabilidades de los funcionarios y políticos que dirigían a las economías de la zona.  Lamentablemente, ni unos ni otros estuvieron a la altura del reto.  Para que la unión monetaria se pudiera mantener estable, era indispensable coordinar las políticas fiscales de los países y asegurar que la productividad de los factores de producción creciera a ritmos comparables en toda la región. 

El mayor error fue político.  Los técnicos que crearon el Euro se cansaron de advertir que la unión monetaria europea descansaba sobre cimientos frágiles que debían ser reforzados adoptando una constitución política para los países de la zona que estableciera las bases para una política fiscal unificada y para que se adoptaran políticas públicas que estimularan un crecimiento uniforme de la productividad laboral. 

Los políticos y burócratas que redactaron el borrador para una constitución política para Europa, produjeron un documento complejo y abigarrado, lleno de buenas intensiones pero con mecanismos de toma de decisión que no gustaban a nadie.  Los políticos que tenían la obligación de promover su adopción para proteger lo que ya se había logrado en Europa, rehuyeron esa obligación y lideraron ataques contra su adopción que acabaron por condenar la unificación política al fracaso, sobre todo después de que su adopción fue derrotada en referéndums populares en Francia y los Países Bajos que se llevaron a cabo en 2005.  Después de esas dos derrotas, los demás países de la Comunidad Europea ya no se atrevieron a buscar una unión más estrecha entre los países de la zona.

Retrospectivamente, este fracaso político fue una clara señal de que no existía ni la voluntad ni la disciplina política para que los países de la Comunidad coordinaran sus políticas fiscales tanto como era necesario para mantener la estabilidad de la unión monetaria de Europa.  Sin tal acuerdo de cooperación era solo cuestión de tiempo para que los efectos acumulados del sobre-endeudamiento de varios países condujeran a una crisis pan-Europea.

La exigencia actual del gobierno alemán (y de Francia) de que se establezcan mecanismos que obliguen a la conducción coordinada de las políticas fiscales de los países de Europa es correcta.  El único problema es que esta petición llegó demasiado tarde.  Para impartir estabilidad al Euro es indispensable estructurar acuerdos políticos que permitan coordinar las finanzas públicas de los países europeos.  Sin estos acuerdos, el Euro está condenado al fracaso.

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C.  Las opiniones en esta columna son personales.