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El indignado soy yo

Hace dos años, IMCO publicó un Informe sobre la Situación Competitiva Internacional cuyo sub-título era “La Crisis que Cambió al Mundo”.  Ya entonces se advertía que la crisis financiera de Estados Unidos no era una crisis cualquiera.  Me tocó liderar la redacción de una de las secciones del Informe en la cual intentamos predecir cuáles serían las principales consecuencias de la crisis financiera.  Presagiamos que el problema americano se extendería a otras partes del mundo y tendría efectos profundos que transformarían la estructura de la economía global. 

Varias personas que leyeron el ensayo lo criticaron.  La mayoría de los comentarios iban en el sentido de que era demasiado alarmista la interpretación que hacíamos.  Me aseguraban que en relativamente poco tiempo la economía americana absorbería el impacto de la crisis y habría regresado a su trayectoria de crecimiento.  No recuerdo que alguien nos haya criticado por ser demasiado optimistas.  Retrospectivamente, esta hubiera sido una crítica más acertada.

El tamaño del choque financiero americano debió haber advertido a los líderes de las principales economías que era urgente reconstruir las principales instituciones económicas internacionales (el Fondo Monetario Internacional, el Banco Central Europeo, la OMC, la Reserva Federal de EUA, el Banco Internacional de Pagos, y varias más) para dotarlas de los recursos e instrumentos necesarios para enfrentar y resolver crisis como la que había sufrido EUA. 

Había mucha evidencia que tal tipo de institución podría llegar a requerirse.  En 2008, la región más vulnerable a una crisis financiera sistémica era la europea, debido a que la creación del Euro había eliminado la posibilidad de ajustar los términos internacionales de cambio entre los países.

El Euro indiscutiblemente era una idea brillante.  Pero para garantizar su estabilidad de largo plazo era indispensable asegurar que los mercados de la Comunidad avanzaran al mismo ritmo (altamente improbable) o que existieran mecanismos fiscales para atenuar sus efectos.  Lo que los europeos diseñaron equivalía a haber construido una carretera que compartirían vehículos con capacidades muy diferentes entre sí.  Sin reglas para dirigir el tránsito era inevitable que tarde o temprano hubiera un accidente. 

La fragilidad del modelo europeo era conocida.  Años antes de que estallara la crisis ya se hablaba de una Comunidad Europea que avanzaba a diferentes velocidades.  En ella había economías que corrían velozmente porque tenían el apoyo institucional y político requerido para modernizar sus economías sobre la marcha y mejorar la productividad de sus factores de producción.  Pero varios países, entre ellos Grecia, Italia, España y Portugal, estaban atrapados en acuerdos políticos e instituciones que no les permitían avanzar al ritmo requerido.

A pesar de que la fragilidad del modelo europeo era evidente ningún líder europeo se atrevió a proponer las reformas requeridas para evitar el desenlace que estamos presenciando, ni siquiera cuando Estados Unidos entró en crisis.

Hubiera sido mucho mejor hacer los cambios antes de que la crisis se extendiera a Europa, pero ese momento ya pasó.  Pero este es sigue siendo un momento oportuno para pensar en el futuro con el fin de proponer un nuevo marco institucional internacional que sirva para enfrentar y resolver problemas como el que actualmente enfrentamos. 

No descartaría la idea de modernizar y fortalecer el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio.  Estas instituciones han sido útiles para resolver problemas económicos importantes, incluyendo algunos que se parecen a los actuales.  Pero para que el nuevo funcione óptimamente es indispensable evitar soluciones improvisadas, como las que se han usado para “resolver” las crisis financieras actuales.

En unos cuantos meses los líderes del G-20 se reunirán en Baja California para revisar la situación económica global.  Es muy probable que en esas fechas las cosas todavía estén muy mal.  Sugiero que se aproveche ese foro para que los líderes del G-20 establezcan una comisión de sabios (como los que se reunieron en Breton Woods y crearon las instituciones internacionales de la pos-guerra) que propongan cómo deben ser las nuevas instituciones internacionales; ¿Qué facultades y herramientas deben tener?  ¿Qué recursos requerirán para cumplir sus funciones?  ¿Cómo se deben gobernar? ¿Qué relación deben tener con los bancos centrales de las economías principales y con las instituciones financieras multilaterales?

La crisis europea aún no está resuelta.  Bajo las circunstancias actuales, no sería sorprendente que otras economías se contagien del virus financiero europeo.  Si eso sucede sería inaceptable que todavía no exista un andamiaje institucional internacional que permita minimizar los costos de esa nueva crisis.  La próxima reunión de líderes del G-20 es una oportunidad perfecta para asegurar que eso no vuelva a suceder.

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Consejo del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C.  Las opiniones en esta columna son personales.