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El pasado por venir

Durante el verano pasado, David Cameron, primer ministro de Gran Bretaña visitó nuestro país. En una ceremonia en el Castillo de Chapultepec, el jefe de Gobierno británico y su anfitrión, el entonces presidente Felipe Calderón, se echaron respectivos discursos propios de la circunstancia. Ambas alocuciones fueron respetuosas con el tiempo y la paciencia del respetable. Sin embargo, en su brevedad, cada discurso expresó la relación que tienen estas dos naciones con el pasado, el presente y el futuro.

Felipe Calderón aprovechó el escenario del Alcázar de Chapultepec para recordar a los jóvenes cadetes que “sacrificaron su vida por defender a México de la invasión estadounidense en 1847”. Ya encarrerados en asuntos de la historia patria, el mandatario mexicano le agradeció a Cameron una ofrenda floral que esa mañana había depositado a los pies del monumento a los Niños Héroes. Con una cita de Guadalupe Victoria, también reconoció que en 1825 Gran Bretaña fue de los primeros países en reconocer la Independencia Nacional. Dos eventos ocurridos en el siglo XIX fueron los ejes de la alocución del mandatario mexicano.

David Cameron también tomó la palabra: “El futuro está justo aquí, en este salón, y el Reino Unido quiere ser parte del futuro…”. El líder británico procedió a ofrecer las ventajas de su país en la economía global: “Nuestro uso horario con el que podemos hacer negocios con Asia en la mañana, y con las Américas en la tarde. El idioma inglés. El acceso más fácil al mercado europeo. Y todavía más. El Reino Unido tiene los productos y servicios que necesitan. Si quieren autos, por qué no un Nissan ensamblado en Sunderland, o un Mini en Birmingham, o un Bentley Cloud. Si quieren medicinas modernas, el Reino Unido tiene compañías farmacéuticas, líderes mundiales que las fabrican. Y si quieren vacaciones, por qué no venir al Reino Unido. Podemos llevarlos en un vuelo a Londres, en un Airbus que se diseñó en Bristol, que se fabricó en el Norte de Gales, y se ensambló en Broughton. Quiero aprovechar que esta visita nos…lleve a duplicar nuestro comercio de aquí a 2015”.

Para agregarle un toque de folclore a nuestra obsesión con el pasado, el almuerzo oficial con el primer ministro Británico cerró con un predecible bailable, donde hábiles danzantes rasparon sus suelas al son de éxitos tan contemporáneos como la Adelita y el Jarabe Tapatío. La música vernácula fue un aderezo perfecto para las palabras del anfitrión mexicano. El contraste de los dos discursos era un abismo entre los tiempos. Mientras Cameron se dedicó a vender las fortalezas competitivas de su país en la economía global, Calderón dio una cátedra de historia nacional.

El asunto no es un problema individual del ex mandatario mexicano. Sólo un estratégico ejercicio de autocrítica impedirá que Enrique Peña Nieto se suba al mismo tren narrativo en el que viajaron sus antecesores, desde Echeverría hasta los mandatarios del PAN. Tal vez Carlos Salinas ha sido el único presidente de México que pudo voltear la mirada hacia un horizonte distinto. Sin embargo, esa construcción narrativa de la modernidad quedó contaminada por el desprestigio del polémico ex presidente. Es necesario reconstruir una narrativa mexicana donde el pasado guarde su justo sitio, lejos de los mapas de ruta que nos llevarán al futuro.

Muy poco pueden aportar Guadalupe Victoria y los Niños Héroes para enfrentar los desafíos de México en el siglo XXI. Esta inercia provoca un instinto que nos induce a mirar hacia atrás. En el tránsito entre los años y los sexenios debemos encontrar una cura contra la pasado-filia, ese enamoramiento con los mitos y realidades idas que buscan explicar lo que somos. El cambio de nuestro futuro implica renovar nuestra mirada al pasado.

@jepardinas