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El villano favorito

En días pasados se ha escrito mucho sobre Carlos Slim y el papel de sus empresas en el desarrollo de México. No hay medias tintas: la palestra pública lo pone como héroe o villano. Esta columna busca ponerlo en medio, o más del lado de los villanos; como en el cine, los villanos son interesantes y nos atraen, pero no dejan de ser, al fin de al cabo, villanos.

¿Sus empresas de telecomunicaciones son monopolios? En la venta directa al consumidor en grandes ciudades no, pero en localidades muy pequeñas sí. También, en los servicios que vende a otras empresas de telefonía. Su modelo de negocio construye abismos entre sus empresas y el siguiente competidor. Esto es común en los negocios de red en el mundo, pero en México es más grave: este inteligente hombre controla las tecnologías disruptivas e innovadoras que pudieran presentar retos a su modelo de negocio. Las llamadas VoIP son un ejemplo: el contrato de Prodigy prohíbe hablar por Skype. También, hasta hace muy poco (Reforma, abril de 2008) la COFETEL afirmaba que las llamadas VoIP son ilegales. La banda ancha no crece en México porque nuestro villano favorito sabe que aún no tiene el control de ese mercado y que es una tecnología que rompe su modelo de negocio. Banda ancha puede llevar voz, datos, larga distancia, vídeo; todo lo que él vende a través de su red de cobre. La banda ancha en México crecerá cuando no le genere disrupciones.

En la teoría económica clásica, los monopolios restringen la cantidad ofrecida de los productos, incrementan precios y generan pérdidas de bienestar. Algunos refinamientos recientes postulan que un monopolio discriminador de precios reduce la pérdida en bienestar. Esto es cierto, siempre y cuando haya un mecanismo de redistribución de la renta que el monopolista extrae a la sociedad. En el caso de Telmex y Telcel, dicho mecanismo no existe. Sus utilidades podrán aumentar la tasa de ahorro de la economía, pero ese ahorro está concentrado en dos empresas y no se invierte totalmente en México: buena parte se va a otros países en donde esas empresas compiten con otras y no dominan el mercado.

En una analogía biológica, los monopolios son un riesgo porque no permiten diversificar el ADN de los mercados. Las razas animales y humanas que no se cruzan con otras variantes son más vulnerables a los virus y otras enfermedades, y las economías con modelos de negocio homogéneos son más vulnerables a crisis sistémicas. El día que el ingeniero o uno de sus herederos cometa un error, las consecuencias sobre la bolsa mexicana y sobre nuestra economía pueden ser catastróficas. La acción pública debe orientarse a que el mercado sea un ecosistema con diversidad genética.

Sus defensores sostienen que no impide el desarrollo y se lamentan de que la sociedad no le agradezca los empleos que da, y que no hay vínculo entre él y la pobreza. Yo me pregunto si el costo de la telefonía y el Internet en México y su baja calidad no determinan la decisión de una empresita que le daría igual colocarse en Tampico que en Galveston, pero que acaba en Galveston y no en Tampico. Nadie nos obliga a tomar estos celulares y usarlos; conocemos el costo a priori. La pregunta es si podríamos ahorrar y ser más productivos si los precios fueran menores. Creo que la respuesta es sí.

El oligopolio en las telecomunicaciones mexicanas no hace que bajen los precios. Los competidores de Carso tienen que enfrentar mayores costos que les imponen sus principales proveedores: Telmex y Telcel. Quienes logran bajar sus costos son pocos e imitan las políticas de precios de Carso. Por eso, en los mercados en red, la regulación pública es muy importante.

Debemos evitar la captura del Estado en manos de intereses monopólicos. Un titular de SCT como el del sexenio pasado, un exempleado de Telmex, debería darnos vergüenza. Las concesiones que otorga el Estado no favorecen al consumidor: están orientadas a proteger las utilidades de las empresas. Deberían obligar a los concesionarios a llevar el máximo número de servicios a través de los bienes concesionados. La discusión de triple play es reflejo de nuestra timidez: la autoridad debería permitir el múltiple play desde el saque.

La discusión pública debe orientarse a combatir monopolios no en una guerra ad-hominem en contra de nuestro villano favorito, quien será muy importante en México bajo cualquier esquema regulatorio. Creo que los liberales deberíamos atacar también a las paraestatales, empresas, sindicatos, gremios, a los monopolios económico-políticos del país y a cualquier empresa monopólica pensando en que no cualquier empresa grande es necesariamente un monopolio. Sin duda, nuestro villano favorito es muy importante en el grupo de grandes monopolistas nacionales.

El autor es Director General Adjunto del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. (IMCO). Las opiniones aquí vertidas son personales y no necesariamente reflejan una postura de la institución.