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Es la estructura económica, estúpido

Muchos analistas atribuyen el triunfo electoral de Clinton en 1992 a que concentró los mensajes de su campaña en temas económicos. La campaña de ese año giró en torno al bienestar económico de las familias americanas, el cual se había visto afectado por la decisión sobria y correcta de Bush padre de aumentar los impuestos que pagaban los contribuyentes para sanear las finanzas públicas de Estados Unidos. Clinton aprovechó el momento, atacando a Bush por haber incumplido una de sus principales promesas de campaña. Bush actuó con prudencia; Clinton, con sagacidad. Retrospectivamente, resulta claro que la decisión económica de Bush fue la correcta, pero Clinton fue el que salió mejor librado en la contienda política.

Algo parecido sucedió a Ernesto Zedillo. Su manejo de la crisis económica fue acertado, pero acabó pagando los costos políticos de las medidas económicas que tuvo que instrumentar, puesto que su partido perdió control del Congreso. Los logros de la segunda mitad de su sexenio fueron modestos porque los partidos de oposición aprovecharon su estatus político disminuido para obstruir sus propuestas.

La lección parecería ser: acabarás pagando costos elevados, si haces cosas buenas en la dimensión económica. Si esta conclusión es correcta, lo que sigue es evitar tomar decisiones económicas espinosas para no tener que pagar los costos políticos correspondientes. Pero ése es un lujo que muchos países, como el nuestro, no se pueden dar.

La economía del País lleva 3 lustros de bajo crecimiento que son el resultado de estructuras políticas y económicas que propician la inmovilidad y sofocan el crecimiento. Deberíamos ser una superpotencia energética; en vez, la producción y las reservas petroleras están declinando. Estamos llamados a ser altamente competitivos en las manufacturas debido a las ventajas competitivas que tenemos de mano de obra calificada y logística, pero la productividad del sector manufacturero está estancada en niveles que restan competitividad al País, mientras que China aprovecha nuestro estancamiento ganando participación en mercados que antes eran nuestros. Y así, en varias otras dimensiones de nuestra vida económica.

No es que no podamos, es que no queremos cambiar, especialmente si se percibe que las propuestas de cambio traen dedicatoria política. Por ello, varias iniciativas de cambio estructural se han quedado en el tintero, entre ellas, la energética, la laboral, la de competencia y la fiscal.

Seguimos sin encontrar soluciones aceptables para los principales actores políticos. Posiblemente esto se debe a que los gobiernos traen la mira chueca, pero es mucho más probable que lo que ha pasado es que ha sido demasiado obvio quienes serían los perdedores de los arreglos estructurales propuestos, y éstos se han asegurado de que los cambios no avancen. Por ello, sería recomendable adoptar una nueva formula de negociación: todas las reformas estructurales que se negocien deben contener un artículo transitorio que demore 10 años su implantación, como se hizo en el caso del TLC con Estados Unidos y Canadá, para los sectores sensibles. La ventaja de un periodo tan largo como éste es que se neutralizaría la crítica de que los cambios vienen con dedicatoria política y el periodo propuesto sería suficientemente largo para satisfacer hasta los intereses más mezquinos o los temores más fundamentados. La experiencia muestra que lo que no se puede componer en 10 años probablemente no tiene remedio, o no vale la pena salvarlo. Son muchos años, pero mucho peor sería resignarse a seguir como vamos para siempre.

La economía está atrapada en una inmovilidad que deriva de que ningún grupo de interés ha estado dispuesto a permitir cambios que afecten sus intereses. Pero los técnicos sabemos que la tasa sostenible de crecimiento de México seguirá siendo baja mientras no se instrumenten los multicitados cambios estructurales. Si hace 10 años hubiéramos acordado un paquete de reformas a instrumentar este año, en estas fechas estaríamos inaugurando un periodo de crecimiento dinámico como el que no hemos visto desde los años 70. Sería un grave error dejar que pase otra década de tácticas políticas dilatorias, como las de los últimos lustros.

El propósito de Año Nuevo de los políticos mexicanos debe ser romper la parálisis política. La propuesta planteada en estas líneas puede ser útil para cumplir este propósito. Los tres partidos políticos principales pueden y deben colaborar en un programa económico ambicioso que transforme el ritmo de crecimiento del País. Yo quisiera que ese crecimiento llegue lo más pronto posible, pero me conformaría con un plan que garantice que el País algún día contará con las condiciones que propiciarán un crecimiento económico veloz.

Roberto Newell G. es Economista y Director General del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales.