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Es un país tropical (igual que el nuestro)

“Na indústria e no comércio, cada vez mais, o importante é vencer, se possível sem competir”.
O livro vermelho dos pensamentos de Millôr, por Millôr Fernandes. Discurso en la Asociación Comercial (1958)

El Gobierno Federal se ha lanzado en una cruzada para firmar un tratado de libre comercio con Brasil, motivado por un acuerdo político entre los Presidentes Calderón y Lula.

Antes de proseguir: Es innegable que México debe comerciar más, y que tenemos que diversificar el destino de nuestras importaciones. Este fin es enteramente loable y justifica el deseo gubernamental de extender lazos con una economía grande.

Dicho lo anterior, cabe la pregunta: ¿Comerciaremos más con Brasil si firmamos un TLC? La respuesta es no. Pensar que cambiaremos las políticas de proteccionismo no-arancelario carioca, es una idea pueril. Los verde-amarillos son más proteccionistas que nosotros y eso ya es decir mucho. Ellos exportan el 13.7% de su PIB, mientras nosotros el 32.5%. Ellos importan el 12% de su PIB, y nosotros el 34.35%. Exportan 1,796 dólares por trabajador, y nosotros 6,388; esto es, en valor, exportamos 3.5 veces más que ellos .

Millôr Fernandes, ideólogo de la izquierda radical brasileña del Siglo XX, decía que cuando una ideología ya esta muy viejita, se retira a morir al Brasil . Podría decirse lo mismo de México. En el mundo actual, la idea de firmar tratados comerciales ya es una idea viejita y moribunda. Necesitamos un comercio multilateral mucho más fluido; una apertura hacia la Organización Mundial de Comercio, no hacia Brasil de manera exclusiva. Necesitamos revivir Doha. Estamos volteando hacia ese país, probablemente, motivados por subirnos a la ola brasileña de éxito económico que llena las portadas de las revistas de negocios del mundo, la cual es una muy mala razón.

Y es que Brasil hizo poco para gozar de su inusitado éxito reciente. Estaban sentados encima de materias primas que repentinamente valieron mucho dinero. La economía brasileña en 2005 era 4 veces mayor a su tamaño en 1970; la mexicana, creció 3.56 veces su tamaño original en el mismo lapso. Las pequeñas diferencias surgen de la crisis energética brasileña de los 70,  que detonó reformas, lo cual explica las nuevas reservas brasileñas y el éxito de Petrobras;  Un modelo de biocombustibles sensato, con un balance de ganancia energética de 8 a 1; la apuesta a sectores, como industrias pesadas y aeronáutica; y reformas políticas y macroeconómicas para ordenar sus asuntos internos, que son responsables en buena medida de su crecimiento. Sin embargo, están llenos de pobres (igual que nosotros); su modelo es frágil por estar centrado en un Estado omnipresente (igual que nosotros); la educación de su pueblo es de ínfima calidad (igual que la nuestra); y quienes gozan del ‘milagro brasileño’ son muy pocos, casi como en México.  El índice de Gini en Brasil, que mide la concentración de la riqueza, es de 56.7% en Brasil y 50.9% en México y el porcentaje de personas en pobreza extrema de Brasil es casi el triple del mexicano . La economía informal representa el 39.8% del PIB oficial, mientras que en México la misma cifra es 30.1%.  Es un país tropical, igual que el nuestro; pero con un mercado interno casi dos veces más grande y lejos de todo, lo cual les permite ciertos lujos proteccionistas.

Firmar el TLC brasileño no eliminará la distancia entre nosotros, que encarece la logística en los bienes de bajo valor agregado, como los del sector agropecuario. A pesar de que podríamos tener ciclos agrícolas complementarios, también los tenemos con otros países que nos ofrecen mejores condiciones comerciales. Si hoy hubiera una veta de negocio entre nosotros, ya alguien la hubiera aprovechado, bajo el marco de ALADI, la OMC u otro mecanismo. Si hoy no comerciamos más con Brasil, es porque está muy lejos, y porque a los brasileños, igual que a nosotros, les obsesiona su mercado interno; no por falta de un tratado.

El obstáculo para comerciar con Brasil no son solamente la distancia y el proteccionismo: también nuestra estructura comercial no ha terminado de cuajar. Un ejemplo: el azúcar. Traer azúcar brasileño a México sería un catalizador muy importante para dinamizar un sector proteccionista que tiene precios mucho más altos que el mercado internacional. Sin embargo, nuestro proteccionismo azucarero está amarrado en el TLCAN. En el momento en que firmamos el tratado, aceptamos una unión aduanera en materia de edulcorantes con Estados Unidos, y renunciamos a traer azúcar de países eficientes en ese rubro. Clausuramos las posibilidades de comercio afuera de las cuotas y el proteccionismo americano en ese sector.

Para relacionarnos más y mejor con Brasil, debemos pensar en qué queremos de ellos. Si lo que queremos son materias primas baratas, reduzcamos el arancel de sus materias primas que necesite nuestra planta manufacturera. Ya el arancel a la nación más favorecida (NMF) bajo las reglas de la OMC es bastante bajo. Si queremos energéticos, compremos etanol y petróleo por allá. Es más, modifiquemos el régimen de PEMEX y CFE para que cualquiera pueda comprar energéticos en Brasil y venderlos aquí.  Eso sería utilísimo, especialmente si resulta en mayor disponibilidad y mejores precios para los consumidores mexicanos de energía, especialmente en la industria.
También podríamos firmar tratados de inversión recíprocos. México invierte hoy montos importantes en Brasil. Según el Banco Central de Brasil, en 2009 ese país recibió inversiones mexicanas por 167 millones de dólares. La distancia y las prácticas anticompetitivas de ese país han implicado que quien quiere hacer negocios por allá, tiene que invertir, para gozar estatus de empresa brasileña y recibir los beneficios que ellos dan a sus empresas domésticas.

Nuestras inversiones en Brasil deberían tener una contrapartida similar en México.  De acuerdo al reporte de inversión extranjera directa de la Secretaría de Economía, en 2009 los brasileños invirtieron 107.5 millones de dólares en el país; es decir, invertimos en ellos 55% más de lo que ellos invierten en nosotros. En este sentido, el relanzamiento que hizo el gobierno mexicano del proyecto de tratado como algo más general, es algo positivo.

¿Dónde está el potencial de exportaciones de México hacia Brasil? Hay una buena cantidad de manufacturas que Brasil importa de China e India, como circuitos integrados, cables y arneses, y otras cosas de mayor valor agregado. Sin embargo, no somos la opción de más bajo costo. El Gobierno Federal debe, simultáneamente con sus esfuerzos de apertura de nuevos mercados, hacer más por recuperar la competitividad perdida de México. Para ello, traigamos energía barata para la industria; reformemos nuestros mercados laborales; y desenredemos las ataduras que mantienen a nuestras cadenas de proveeduría en los países con los que tenemos tratados. Una vez hecho eso, lancémonos a conquistar mercados.  No por firmar nuevos acuerdos, necesariamente lograremos ese fin.

Manuel J. Molano es economista, y director general adjunto del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones aquí expresadas son estrictamente personales.