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Externalidades

Desde hace varios años acostumbramos pasar la Semana Santa en Puerto Escondido. La parte de la costa de Oaxaca donde está localizado es bella: el mar es bravo pero la bahía ofrece resguardos naturales donde nadar a pocos metros de donde se forman olas grandes, aptas para el surfing.

Durante la década de los ochenta, Puerto Escondido compitió con Huatulco para convertirse en un polo de desarrollo turístico. Sin embargo, los retos políticos y jurídicos a resolver resultaron tan complejos que finalmente el Gobierno federal escogió Huatulco. Consecuentemente, la infraestructura física de Puerto Escondido es comparativamente modesta. Lo que Puerto Escondido tiene es belleza natural, playas magníficas y una avenida Costera pequeña y rústica, pero muy agradable. Estos activos han bastado para que Puerto Escondido anualmente atraiga a miles de turistas nacionales y extranjeros, sobre todo durante la temporada alta de invierno, y en Semana Santa y otros periodos vacacionales. Escondido no es Huatulco, y menos Acapulco, pero sus negocios turísticos han prosperado, para bien de la población local.

No obstante lo anterior, esta población sería más próspera si los gobiernos locales que manejan la conurbación aplicaran mejores políticas públicas. Pero para ello los gobiernos de Santa María Colotepec y San Pedro Mixtepec tendrían que colaborar en la elaboración de una estrategia de desarrollo que sirva a los intereses de los dos municipios.

El municipio de San Pedro administra la parte de la bahía donde están los principales hoteles, comercios, restaurantes, bares y clubes nocturnos. El gobierno de Santa María está encargado de la otra mitad de la bahía. La zona que le corresponde es principalmente de viviendas, en su mayoría relativamente modestas, a pesar de estar a un par de cuadras de la playa Zicatela, la cual es conocida mundialmente por sus excelentes condiciones para hacer surfing. Sin que nadie lo planeara, las dos partes de la bahía se especializaron en actividades complementarias. Pero en vez de trabajar juntos para maximizar el valor de lo que se desarrolló espontáneamente, las dos comunidades compiten entre si. Esta competencia causa que se cometan errores que reducen el valor del conjunto.

En el extremo sur de la bahía está ubicado un conjunto de casas de vacaciones que fueron construidas por un grupo de amigos de la Ciudad de México hace 20 años. Estas familias viajan a Puerto Escondido cada vez que pueden. Aprovechan los fines de semana largos y no fallan en Semana Santa y el puente de Navidad. El conjunto es 100 por ciento residencial. Es común que ahí se reúnan tres generaciones a compartir el sol, las playas y las piscinas del conjunto. Lo que da valor a estas residencias es que están diseñadas para facilitar la convivencia familiar. Esta comunidad no tiene nada que ver con el estilo de vida y entretenimiento que personas más jóvenes buscan en las zonas de tolerancia de Puerto Escondido.

Por ello resulta imposible entender qué pensaba el Presidente Municipal de Santa María cuando autorizó a un restaurante para que con el patrocinio de una cervecera organizara una fiesta en la playa a pocos metros de la zona residencial arriba descrita. El zafarrancho duró tres días. Para amenizar, el bar tocaba música a todo volumen, acompañada por comentarios estúpidos y soeces. El DJ constantemente invitaba a los jóvenes que ahí se congregaron a “agarrar la jarra”. Los exhortos del DJ iniciaban a mediodía y seguían hasta la noche. La promoción de cerveza era crasa, ruidosa y de mal gusto.

Las familias que habían ido a pasar la Semana Santa en sus casas se movilizaron para quejarse y pedir que el ruido se redujera. Pero sus protestas sirvieron de poco.

La explicación del Presidente Municipal de Santa María fue que autorizó el evento con el fin de atraer jóvenes a Zicatela. Pero si esa fue su motivación, le falló el cálculo. En la carpa nunca hubo muchos comensales. En cambio, el evento sí causó que varios residentes del conjunto decidieran regresar a la Ciudad antes de lo planeado.

La “promoción turística” que autorizó el Presidente Municipal fue un mal negocio para el bar que puso la carpa, y un pésimo negocio para las personas que tienen propiedades en la zona. Las externalidades del evento causaron malestar a cientos de personas.

Resulta obvio que el Presidente Municipal de Santa María no sabe lo que está haciendo: su responsabilidad es incrementar el valor de los activos y propiciar eventos que mejoren la calidad de vida de las personas asentadas en el municipio. Logró exactamente lo contrario. Las autoridades federales que comparten la responsabilidad de velar por el desarrollo del turismo y el uso de las zonas costeras federales también quedaron mal. Así, no se hacen las cosas.

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. las opiniones en esta columna son personales