Artículo

Fallas de mercado

En la columna de la semana pasada discutí las implicaciones que tendrá haber entrado en una era en la cual varias bacterias peligrosas han desarrollado mutaciones que son resistentes a la mayoría de los antibióticos disponibles. El impacto potencial de lo anterior debe preocupar a todas las personas, pero sobre todo a aquellas que, como yo, tenemos hijos y nietos que estarán expuestos a los riesgos inherentes de una era postantibióticos en la cual, como ha advertido la Organización Mundial de Salud, "infecciones comunes y heridas menores podrán costarles la vida a las personas".
El riesgo de contraer una infección virulenta intratable cayó a lo largo del siglo 20. Varias medidas contribuyeron a este resultado, entre ellas el descubrimiento y desarrollo de antibióticos y vacunas que inmunizaron a nuestros cuerpos contra enfermedades infecciosas.

Desde 1962, las empresas farmacéuticas no han desarrollado nuevos productos antibióticos que no sean versiones modificadas de los antibióticos disponibles anteriormente. Los nuevos productos aportaron beneficios terapéuticos, pero como eran versiones de productos existentes, las bacterias pudieron adaptarse velozmente a los nuevos medicamentos. La resistencia de las bacterias a los nuevos productos disminuyó su valor terapéutico. Para obtener el resultado final deseado fue necesario aplicar dosis más fuertes de antibióticos más poderosos y tóxicos.

La resistencia de las bacterias a los productos antibióticos cuesta mucho, tanto en términos de muertes prematuras como en desembolsos para combatir infecciones. La OMS reporta que en EU anualmente mueren alrededor de 23 mil personas de infecciones causadas por bacterias resistentes y en Europa mueren otras 25 mil personas. Y si en vez de contar muertes, se contabilizan los costos directos relacionados de tratar estas infecciones o los días de hospitalización que se requirieron para tratarlas, los montos en cuestión son enormes: más de 55 mil millones de dólares en el caso americano, y esto es sin contar el costo de oportunidad de los días de trabajo perdidos.

Con costos tan elevados como estos, uno se imaginaría que los incentivos para invertir en el desarrollo de antibióticos de nueva generación serían muy poderosos, pero la respuesta de las empresas farmacéuticas ha sido nula. ¿A qué se deberá esta falla de mercado?
La respuesta a esta pregunta parece constar de cuatro partes: primero, la inversión requerida para desarrollar un nuevo fármaco y pasar por el proceso de pruebas clínicas que exigen las autoridades de salud es enorme, en exceso de 1.3 millones de dólares para cada producto de patente que llega al mercado. Con costos tan altos, las empresas farmacéuticas están obligadas a pensar las cosas, no una, sino varias veces antes de lanzar un nuevo proyecto de investigación. Con costos de desarrollo tan altos conviene a las empresas farmacéuticas invertir en productos cuyo perfil de riesgo sea más favorable. En esta dimensión, los antibióticos salen perdiendo, puesto que las bacterias se reproducen tan rápidamente que en poco tiempo producen mutaciones que resisten los nuevos productos antibióticos. Esto lo saben las empresas farmacéuticas. El efecto es disuadir inversiones en estos productos, puesto que hay una probabilidad razonablemente alta de que las bacterias desarrollarán resistencias que nulificarán el valor terapéutico de los nuevos productos en un plazo menor al requerido para recuperar las inversiones.

Para colmo, la mayoría de las infecciones se caracterizan por un periodo agudo relativamente corto. Después de ese plazo, normalmente sucede cualquiera de dos cosas: el sistema inmunológico del paciente responde y derrota la infección, o en el caso contrario, el paciente fallece. Por ello, el periodo de tratamiento con antibióticos normalmente también es corto. Esto significa que el plazo durante el cual el producto genera ingresos también es corto. En esta dimensión, las enfermedades crónico-degenerativas salen ganando, puesto que el periodo de aplicación en estos casos puede ser de varios años.

Por si todo lo anterior no fuera suficiente, la población más expuesta a las infecciones que causan las bacterias está compuesta de personas de ingresos bajos que no tienen los recursos para adquirir estos medicamentos. Esto limita el tamaño del mercado a servir y la condición se agrava aún más durante el periodo cuando los productos gozan de la protección que les confieren las patentes.
El efecto de todo lo anterior es desincentivar el desarrollo de familias nuevas de productos antibióticos. Estamos ante una falla de mercado que no se resolverá por sí sola. En estas circunstancias, es indispensable que los gobiernos desarrollen nuevas políticas públicas que remedien la falla de mercado.

Publicado por Periódico Reforma
13-06-2014