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Fe ciega e ingenua

Imaginarse que el futuro será una versión exagerada del presente es un error común.  Conozco a muchas personas que se imaginan que las economías de Brasil, China, India y Rusia seguirán creciendo sin interrupción durante varias décadas más.  Aceptar lo anterior equivale a imaginarse que:
• China nunca tendrá que lidiar con el reto de abrir su sistema político; jamás tendrá que pagar las consecuencias de mantener un régimen de control de cambios que tiene atrapados los ahorradores de los chinos y permite mantener subvaluado el Yuan, o que el envejecimiento acelerado de la población tendrá efectos anodinos.
• Que Brasil seguirá creciendo a pesar de haber contraído un caso de enfermedad holandesa de proporciones épicas.  También significa creer que Brasil puede seguir por su trayectoria actual sin mejorar la calidad de sus instituciones regulatorias y de procuración de justicia.
• Que India puede basar su crecimiento casi exclusivamente en el sector servicios de Bangalor y en la producción de ingenieros de alta calidad y bajo costo; que puede consentir pesadas estructuras administrativas detrás de las cuales la corrupción prolifera.
• Que Rusia puede seguir operando sin enfrentar y resolver su dependencia casi total de los hidro-carburos y sin pagar el costo de un sistema político que es una cleptocracia y sin enfrentar el grave problema de alcoholismo que causa que la expectativa de vida de sus varones sea de solo 59 años.

Si alguien debía entender que ninguna sociedad puede consentir distorsiones de esta naturaleza sin pagar las consecuencias lo deberíamos entender los mexicanos, y sobre todo los que fuimos testigos del “milagro mexicano”.  En vez de enfrentar las contradicciones inherentes a la economía política del País, se ligaron dos sexenios populistas en los cuales se trataron de resolver problemas políticos a billetazos, hasta que la economía se colapsó.  Después de eso todavía tardamos diez años más para hacer algunas de las reformas requeridas para volver a crecer, pero como estas reformas fueron parciales, al poco rato volvimos a tropezar con las incongruencias estructurales de nuestra economía. 

Estoy seguro que lo mismo sucederá a los BRIC y no porque quiera que tropiecen.  Baso mi pronóstico en el hecho que para que las economías puedan sostener su crecimiento es indispensable que vayan preparando el camino, invirtiendo en instituciones modernas y flexibles y desarrollando el capital humano que requerirán para que cuando se agote el impulso que deriva de la acumulación de capital físico y la incorporación de la población a las actividades económicas, la economía pueda mantener su crecimiento con base a productividad más alta e innovación.

La clase política del País no ha entendido esta lección.  La única manera que tienen los políticos de justificar su existencia y lo que se les paga es ayudando a conducir y gestionar el cambio.  No se les paga para que pongan obstáculos y frustren iniciativas.  Las consecuencias de que se comporten de esta manera está a la vista de los mexicanos: nuestro sistema de educación es pésimo; el sector energético está en crisis; la economía crece por debajo de su potencial y el sistema de procuración de justicia no cumple ni su más mínima obligación.  Pensar que las cosas pueden seguir así es tener fe ciega en que las cosas pueden seguir como van sin tener que pagar las consecuencias.  Es una fórmula ingenua que solo conducirá al fracaso.

Los mexicanos no dejarán que las cosas sigan por este camino.  Tarde o temprano algún líder logrará capitalizar su frustración.  Ojalá que cuando la catarsis llegue se exprese positivamente.  De lo que no tengo duda es que cuando ese momento llegue, el sistema político se sacudirá en sus entrañas.  Esto ha sucedido a muchos países de la región.  La mayoría de estos movimientos han sido encabezados por demagogos populistas, disfrazados de izquierdistas.  Pero también han llegado al poder líderes de derecha que han sabido capitalizar la frustración de los votantes con ofertas simplistas y aterradoras (mano dura contra los criminales; orden, cueste lo que cueste). 

Estamos en vísperas de elecciones.  Durante los meses que vienen, no faltarán candidatos que busquen ganarse las simpatías de los votantes con ofertas extravagantes, acusaciones infundadas y retórica encendida.  Si tenemos suerte, la población favorecerá a los candidatos más moderados, a las personas que hagan las ofertas más ponderadas y razonadas, a los que sepan conciliar y construir consensos.  Pero si nos va mal habrá sido porque nuestros políticos en su afán por ligar muchos pequeñas victorias tácticas, perdieron de vista lo que debería ser su objetivo estratégico: conducir el cambio para servir a la población. 

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C.  Las opiniones en esta columna son personales.