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Fragilidad de la Situación en Europa

El problema que más atención ha recibido de los analistas durante los últimos meses es la amenaza de que varios gobiernos europeos, (como Italia, Grecia y Portugal) incumplan sus obligaciones de deuda soberana.  El problema no es pequeño: la amenaza es una crisis financiera comparable a la que detonó la bancarrota de Lehman Brothers en Estados Unidos.  Si los gobiernos europeos en crisis no encuentran una solución adecuada para sus problemas de deuda, se corre el peligro que tarde que temprano alguno de ellos incumpla sus compromisos y detone una crisis sistémica que puede arrasar con el sistema financiero europeo y posiblemente con los sectores financieros de otros países.

El problema persiste porque hasta la fecha, ninguno de los gobiernos en crisis ha logrado diseñar una estrategia fiscal que restablezca su solvencia de largo plazo.  Mientras no se resuelvan los problemas de fondo persistirá el riesgo que el problema de deuda soberana se transmita al sector financiero de toda Europa.  El riesgo para el sistema es tan grande, que la mayoría de los analistas coinciden que al cuarto para las doce los demás gobiernos de la eurozona se pondrán de acuerdo en un programa de rescate que resolverá el problema los gobiernos en crisis de una vez por todas. Yo tengo mis dudas al respecto.

Hasta la fecha lo que ha sucedido ha sido muy diferente.  Alemania y Francia han promovido soluciones de corto plazo para obligar a los países en crisis a gradualmente ajustar sus finanzas públicas.  Con estas medidas Alemania y Francia han logrado evitar que detone la crisis financiera, pero sin que los remedios promovidos sean una solución definitiva para los problemas de solvencia.   

El problema de deuda fiscal de los países europeos es enorme.  Las deudas de varios de los gobiernos centrales de Europa, entre ellos Grecia e Italia, son mayores que sus PIBs y esto es sin considerar el costo de servir las obligaciones que estos países tienen por pensiones.  Las obligaciones fiscales contraídas por estos gobiernos son tan grandes que lo único que se sabe con certidumbre es que son impagables tal como están contratadas, pero mientras los deudores y acreedores no logren reconocer esta realidad ni siquiera podrán empezar a resolver el problema de fondo.
 
El primer paso de un programa de rescate financiero consta de dimensionar el problema de solvencia y negociar cómo se repartirán los costos del ajuste financiero.  Lo normal es que tanto los acreedores (bancos y tenedores de bonos gubernamentales) como los deudores (contribuyentes y los gobiernos implicados) paguen alguna parte del costo de la insolvencia. 

Lo que hace que la crisis europea sea tan compleja y difícil de resolver es que los costos a repartir están siendo negociados por los líderes políticos de los países involucrados, quienes tienen conflictos de interés.  Veamos un ejemplo de lo anterior: la señora Merkel sabe perfectamente que una parte de los costos de la insolvencia del gobierno de Italia tendrá que ser pagada por los ciudadanos que ella representa.  Su obligación política es minimizar el costo que recaerá en sus conciudadanos, no minimizar el costo de una crisis para Europa.  Este mismo conflicto de intereses también afecta la conducta de los líderes de los demás países involucrados en la crisis, aun en el caso de líderes que provienen de las filas de los tecnócratas, como el Primer Ministro de Italia, quien antes de ser tecnócrata es italiano.  El sabe que los costos que no logre transmitir a los ciudadanos de otros países, como Alemania, Suecia, Francia y Holanda, tendrán que ser absorbidos por los italianos, cuyo gobierno encabeza.

La crisis financiera de Europa se está manejando como un juego de suma cero: lo que unos ganan, otros pierden.  Es por eso que es tan importante que en su manejo participe una institución neutral como el Fondo Monetario Internacional, sobre todo en la etapa de repartir costos entre deudores y acreedores.  Pero, involucrar al FMI a estas alturas del proceso ya no es sencillo, puesto que los principales gobiernos involucrados temen que esta institución tome partido en contra de sus intereses. 

La complejidad política de la situación actual es lo que hace que el equilibrio financiero de Europa sea tan frágil.  Si en algún momento uno de los gobiernos involucrados percibe que le conviene unilateralmente entrar en default, puede detonar una reacción en cadena que precipite una crisis financiera como la EUA.   

     

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Consejo del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C.  Las opiniones en esta columna son personales.