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Frutos del encono

Uno de los principales valores del liberalismo es la libertad de expresión. La Declaración Universal de Derechos Humanos la integra en su artículo 19 y pensadores de la talla de John Stuart Mills le han conferido un papel central en la defensa de la libertad de las personas.

Sin libertad de expresión se debilita la competencia entre las diversas corrientes políticas de un país y se mutila la democracia. Por ello, los sistemas políticos que operan con reglas liberales tradicionalmente han confrontado el dilema de cómo evitar que se abuse de esa libertad, difundiendo mentiras, calumnias o promesas imposibles de cumplir.

Diferentes sociedades han experimentado con diversas soluciones para manejar este dilema. Siguiendo a Mills, la mayoría de las sociedades liberales han adoptado posturas relativamente tolerantes. Estas han preferido tolerar cierto nivel de abuso, y no correr el riesgo de restringir la libertad de expresión excesivamente.

Aun las sociedades más liberales han tratado de disuadir el abuso indiscriminado de la difusión de falsedades o calumnias, estableciendo métodos para que las personas dañadas por un libelo puedan demandar a las personas que les causaron daños. Pero si bien los umbrales de tolerancia legal difieren de país en país, en general, las leyes y reglamentos anti-difamación son relativamente laxas, especialmente cuando la persona en cuestión es una figura pública (v.gr. políticos y artistas).

El sesgo liberal de la mayoría de las sociedades modernas ha causado que en las competencias políticas haya incentivos para difundir publicidad negativa y verdades a medias. A pesar de que nuestra democracia todavía es joven, no tardamos nada en aprender las malas mañas de sociedades políticamente más experimentadas y sofisticadas. Durante los últimos lustros hemos sido testigos de cientos de expresiones de este tipo; todos los partidos han abusado de la libertad de expresión que gozamos, y si bien instituciones como el IFE han sido facultadas para actuar como jueces sobre la veracidad de los mensajes difundidos, el remedio no ha dado los resultados deseados.

El tema es preocupante. Cuando la competencia política se basa en diatribas y mentiras, la democracia acaba pagando un costo importante, como lo acaba de mostrar el intento de asesinato de la Congresista Gifford en Arizona. Aún no se sabe cuáles fueron las causas exactas del crimen, pero de lo que no hay duda es que el faccionalismo es un caldo de cultivo perfecto para desarrollar los sentimientos que conducen al crimen político.

Por la misma razón, el riesgo de que algo similar suceda en México es muy alto. Todos los días cuando sesiona el Congreso, se escuchan expresiones odiosas; las arengas en los mítines políticos son más una invitación al conflicto que al debate razonado entre grupos. Gradualmente han ido subiendo el tono de agresión y la presión política. Las pasiones se pueden desbordar en cualquier momento, como ya ha sucedido en varias competencias políticas locales.

El encono es inadmisible en las sociedades políticas modernas; México no debe ser la excepción. El discurso de odio que escuchamos en boca de muchos de nuestros políticos no conducirá a cosas buenas. La democracia funciona con base en la confrontación de ideas, no de personas. No debemos confundir la libertad de expresión con el discurso de odio.

Para que nuestra democracia funcione es imperativo que nuestra clase política suscriba un pacto de civilidad que complemente las funciones de instituciones como el IFE y el TRIFE. También es indispensable que los medios jueguen un rol positivo en el proceso, negándose a ser cómplices de la distribución de infamias y mentiras.

Para la mayoría de las personas maduras, es fácil distinguir entre el libelo y la comunicación veraz. Si los medios electrónicos y editoriales establecen un pacto a favor de la civilidad, se puede atenuar el riesgo de confrontaciones violentas. Los incentivos que tal pacto crearía serían inmediatos. Si se exponen las mentiras y se critican los discursos inflamatorios, en breve la conducta de los que quieren ser escuchados cambiará, y moderarán tanto su expresión como el contenido de sus discursos.

Las pasiones políticas que se desbordaron en 1994 costaron la vida a un candidato político presidencial, joven y carismático, y a un líder de su partido. Nunca sabremos que habría sucedido si Colosio hubiera llegado a Presidente, pero sí sabemos que la violencia contribuyó a que hubiera una corrida cambiaria que detonó la crisis económica que sufrimos. Esa factura ya la pagamos; no repitamos el error.