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Hacer lo correcto

En mi fuero interior me reconozco como economista. Esta es una identidad que normalmente acepto con gusto. La economía trata temas que me fascinan: la asignación de recursos; la creación y acumulación de riqueza; el impacto de los incentivos sobre la conducta humana; la identificación y evaluación de rutas alternativas para generar bienestar, etc.
La teoría económica deriva de la filosofía utilitaria. La economía y la filosofía utilitaria coinciden en su visión de cómo tomar decisiones: plantean decidir con base en evidencia objetiva de los costos y beneficios (utilidad) de una acción o decisión. Para los economistas el paradigma de decisión es: "si los beneficios exceden los costos, entonces el resultado de determinada acción es conveniente; consecuentemente, debe instrumentarse".

México funcionaría mejor si el Gobierno estuviera obligado a basar todas sus decisiones en evaluaciones objetivas de los beneficios y costos de las diversas circunstancias que enfrenta. De hecho, la razón de ser de la Comisión de Mejora Regulatoria es asegurar que las políticas públicas del Gobierno federal se sometan a un análisis riguroso de sus costos y beneficios. El propósito de estos análisis es confrontar a los tomadores de decisión con evidencias duras sobre las implicaciones que pueden tener sus decisiones económicas. Aunque el papel de Cofemer frecuentemente lo enfrenta con funcionarios públicos que diseñan políticas públicas, estoy seguro de que sus intervenciones anualmente ahorran miles de millones de pesos a los causantes.

No obstante lo anterior, los economistas debemos reconocer que hay un conjunto de situaciones que no se prestan a una evaluación meticulosa de costos y beneficios. En la mayoría de estos casos, un análisis frío y calculador no sólo podría conducir a decisiones equivocadas, sino que el solo hecho de someter estas decisiones a análisis de este tipo sería moralmente repugnante. En su crítica de la escuela utilitaria, Kant postuló que hay una categoría de situaciones que se deben resolver con base en un imperativo moral. Estas situaciones no requieren análisis: exigen asumir una conducta predeterminada, aun cuando las consecuencias pudieran ser negativas.

En el caso de los niños y adolescentes centroamericanos que cruzan el País para internarse a Estados Unidos estamos en una situación que no requiere análisis, sino acción. Aunque un análisis objetivo mostrara que no conviene a los mexicanos asumir responsabilidad alguna por el bienestar de estas personas, sería éticamente inaceptable y moralmente repugnante rehuir esa responsabilidad. De hecho, la pregunta que realmente deberíamos de hacernos es si estamos haciendo lo suficiente para aliviar el sufrimiento de estas personas.

Durante un viaje reciente al exterior tuve la oportunidad de hacer esta pregunta a una persona que ocupa un cargo alto en la Secretaría de Relaciones Exteriores. Parte de la respuesta que me dio me gustó. Confirmó que la política del Estado mexicano sigue siendo ofrecer asilo político a las personas que lo soliciten, sin muchos peros ni averiguaciones. Eso es lo menos que esperaría del Gobierno de un país que tiene una larga historia de ofrecer albergue a perseguidos políticos de otros países. Pero su respuesta también reveló que estamos lejos de hacer todo lo que podemos y debemos hacer por las personas que huyen de Guatemala, Honduras y El Salvador.

Esto me motivó a preguntar cuánto costaría albergar a los 50 y tantos mil niños que actualmente están atorados en la frontera norte, tratando de acceder a una sociedad que ni los quiere ni sabe qué hacer con ellos.
La cifra en cuestión es sorprendentemente pequeña. Ofrecerles un asilo digno equivalente al estándar de vida que tiene la mediana de la población de México costaría alrededor de 2.1 mil millones de pesos al año, o sea, alrededor del .03 por ciento del PIB. Una cifra como esa no debe asustar ni al más frío y mezquino de los mexicanos, aun cuando la tengamos que asumir durante varios años. Pero lo más importante de todo esto es que nos daría la satisfacción de saber que hicimos lo correcto.

La descomposición de los países centroamericanos fue causada por el mismo fenómeno de crimen organizado que azota a México. Las instituciones de seguridad del País han sufrido en los enfrentamientos que han tenido con las mafias que operan en México, pero en comparación a los centroamericanos, estamos en la gloria. Por ello, debemos ser generosos y solidarios con los niños centroamericanos que transitan por México. Dar ese apoyo a nuestros hermanos centroamericanos no requiere ninguna justificación adicional; negarles nuestro apoyo sería una infamia.
A veces, la única opción disponible es hacer lo correcto.

Publicado por Reforma
07-08-2014