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Héroes cívicos

En México, muy pocas personas son reconocidas públicamente por sus contribuciones cívicas.

Los reconocimientos al mérito cívico son comunes en varios países europeos y asiáticos. Se estilan sobre todo en las monarquías y sirven para fortalecer la meritocracia y difundir conductas cívicas que se quieren fomentar:

En España, el Rey anualmente confiere medallas al mérito y otorga reconocimientos públicos a civiles (españoles y extranjeros) cuyas obras han contribuido a fortalecer a España y avanzar causas cívicas útiles. Entre los reconocimientos con mayor tradición se encuentra la Orden al Mérito Civil de España que se otorga en varios grados. Estos reconocimientos son altamente preciados por quienes los reciben. Conozco a un par de galardonados y no cambiarían su medalla ni por una fortuna.

El Reino Unido también los otorga. The Most Excellent Order of the British Empire es la más famosa de las órdenes de mérito que ha establecido la corona inglesa. Esta orden de caballería fue creada a principios del siglo veinte para premiar e incentivar conductas cívicas meritorias. Cada año, la Reina Isabel confiere alrededor de 2300 reconocimientos recibiendo a los galardonados en su palacio con una ceremonia exclusiva para ellos. Para evitar que el reconocimiento se deprecie, el gobierno del Reino Unido ha establecido un proceso competitivo de evaluación y análisis que obliga a que cada candidato postulado pase por un tamiz analítico riguroso. El sistema tiene críticos que repudian su elitismo pero lo cierto es que la gran mayoría de los británicos ven este tipo de reconocimiento con muy buenos ojos.

No todas las Órdenes al Mérito provienen de tradiciones monárquicas como la inglesa o española. Probablemente el emblema cívico más codiciado es el que otorga Francia, que fue establecido por Napoleón, cuando era Cónsul de la República. Ser invitado a formar parte de la Legión de Honor de Francia es recibir una distinción sumamente cotizada. Los portadores de la roseta roja forman parte de una cofradía singular, reservada exclusivamente para personas que han servido a Francia y la humanidad de forma muy distinguida.

Muchos otros países han establecido reconocimientos análogos (v.gr. Bélgica, Italia- la que más personas premia-, Austria, la URSS – no olviden las medallas que portaban el perfil de Lenin- Suecia, etc.). Estados Unidos también confiere este tipo de reconocimientos, pero por
alguna razón es muy celoso a la hora de reconocer el mérito cívico. Quizá este tipo de reconocimiento hiera las sensibilidades republicanas de nuestros vecinos.

En México también somos sumamente parcos a la hora de dar estos reconocimientos. La Medalla Belisario Domínguez que otorga el Senado se da a un solo mexicano cada año; la Medalla Juchimán de Plata también se otorga anualmente y está reservada para una sola persona. Vaya, hasta el Colegio Nacional está a dieta: su membrecía se limita a cuarenta intelectuales ilustres. Otras medallas al mérito cultural y artístico también se otorgan en lo singular y sin mucha fanfarria pública. Paradójicamente, el reconocimiento público más visible parece ser la Medalla del Águila Azteca que se otorga a extranjeros que han hecho contribuciones al País y cuya entrega generalmente coincide con eventos protocolarios muy visibles.

En mi opinión, en México los reconocimientos al mérito cívico son menos visibles de lo que deberían ser, frecuentemente llegan tarde –dos de las últimas tres Medallas Belisario Domínguez se entregaron en forma póstuma- y se otorgan a solo una pequeña fracción de la población que reúne los méritos requeridos. Esto debe cambiar.

El agradecimiento es una moneda que no se agota cuando se da a más de una persona. El(los) gobierno(s) del País deberían promover el civismo con preseas y eventos públicos del tipo que se otorgan en los países arriba citados. El tipo de conducta que incentivan hace falta en México y dudo mucho que esto sea por casualidad.

Creo que sería sumamente útil y correcto (en el sentido de justo), poner en marcha un esfuerzo amplio, generoso y oportuno para que nuestros gobiernos a nombre de la sociedad reconozcan a los miles de mexicanos cuyas obras hoy benefician a millones de otros mexicanos. La mezquindad a la hora de ser agradecido no engrandece a nadie.

No debería haber un límite a la generosidad con la cual se reconoce a mexicanos que han realizado obras útiles a favor del País y de sus semejantes. Con un esfuerzo relativamente modesto, se puede remediar esta omisión. Hagámoslo.

Roberto Newell G. es Economista y Director General del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales.