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Hoja de balance nacional

Cada vez que una persona o una empresa piden un préstamo o rinde cuentas a sus accionistas se les pide que presente las cuentas de su balance.  Este estado se construye a partir de la cuantificación del valor de sus activos.  Si a los activos se restan las deudas a acreedores (v.gr. bancos, proveedores, empleados, etc.),  lo que queda es el valor del   patrimonio (la fortuna) de la persona. 

Preparar estas cuentas no es tan fácil como uno podría imaginar.  Generalmente, lo más difícil es estimar el valor de activos.  Los contadores que preparan estas cuentas frecuentemente se topan con el hecho que para ciertos activos (v.gr. equipos e inventarios obsoletos), no hay mercado, consecuentemente el valor del activo se tiene que estimar usando otro método.  El hecho que un activo no tenga un mercado líquido no significa que el bien no tenga valor de uso o que no haya alguien interesado en adquirir el bien si este se remata, pero si significa que el valor consignado en la contabilidad puede ser bastante diferente de lo que alguien estaría dispuesto a pagar por el bien. 

La valuación de los activos intangibles presenta retos especialmente difíciles de resolver.  Por ejemplo, ¿cómo se valúa la reputación de una empresa?  O, ¿Qué valor se debe dar la calidad de la tecnología con que se produce?  O, ¿el atractivo de los formatos de venta que usa la empresa? O, ¿su capacidad para innovar? O ¿las destrezas de sus ejecutivos y el gusto de sus diseñadores, sobre todo cuando lo que venden son productos de moda?

No hay duda alguna que todos estos activos aportan algo a los resultados económicos de la empresa, pero determinar cuánto y de qué manera es un reto que a veces rebasa las capacidades de los sistemas contables.

Algo parecido sucede cuando se trata de estimar la riqueza de los países.  ¿Qué valor se debe dar a la calidad de sus sistemas de procuración de justicia?  O, ¿cómo se establece cuánto vale la reputación de un país, o lo que se piensan los clientes de otros países   sobre la seriedad y probidad de los mexicanos con que hacen negocios? 

Las personas que se encargan de diseñar los métodos que se utilizan para estimar las cuentas nacionales aun no han desarrollado herramientas cuantitativas que permitan responder a la mayoría de las preguntas arriba planteadas.  Actualmente, este tipo de preguntas se contesta usando métodos indirectos que sirven para inferir lo que no se puede medir con datos duros. 

Esto tiene consecuencias serias sobre las decisiones que se hacen.  La falta de evidencias basadas en datos duros causa que la mayoría de los países sub-inviertan en activos intangibles (v.gr. su reputación, la calidad de sus instituciones o la seguridad de sus ciudadanos), sobre todo cuando los recursos disponibles para invertir son escasos.  En México, todos los días vemos ejemplos de esto.  Veamos un caso.

Recientemente hubo una polémica sobre si seguir haciendo el tianguis turístico en Acapulco.  Es probable que esta confrontación haya derivado de no poder cuantificar adecuadamente el valor de las inversiones en activos intangibles. 

Todo mundo está consciente que el principal atractivo de Acapulco es la bahía del puerto.  Tan es así, que año con año los tres niveles de gobierno han invertido sumas importantes para que las aguas negras y grises de la ciudad se boten donde no afecten la salud de los turistas ni el valor estético de la bahía.

Nadie duda el valor de estas inversiones.  Pero, este no era lo único en que se debía invertir.  Las autoridades del puerto descuidaron invertir en la seguridad de los ciudadanos y la calidad de los sistemas locales de impartición de justicia. Por ello, muchas personas ya no quieren vacacionar en el puerto.  Cada vez que en los periódicos aparece una nota sobre otra serie de asesinatos, la ciudad pierde parte de su patrimonio turístico.

Haber sub-invertido en activos intangibles de seguridad está resultando muy costoso. La reputación del puerto anda por los suelos.  Por ello, aunque mañana se implantaran todas las medidas necesarias para cambiar la situación objetiva de la ciudad, su reputación tardaría años en recuperarse. 

En Acapulco, y en todo el País, hace falta invertir en los dos tipos de activos: los tangibles (sistemas de infraestructura, calles, agua potable y drenaje, etc.) y los intangibles (la calidad del gobierno local, los sistemas que se utilizan para apoyar la toma de decisión, la planeación urbana y las instituciones de seguridad y procuración de justicia)  Pero si hoy tuviera que escoger entre los dos, recomendaría que lo hiciéramos preferentemente en activos intangibles.     

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C.  Las opiniones en esta columna son personales.