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Hombre de estado

Andrés Manuel López Obrador es un hombre de estado, pero de estado alterado. El juego de palabras describe mejor al candidato de Morena cuando se conjuga en plural. Su genio es una tómbola de humores. Un día se enoja públicamente contra la pluma de Jesús Silva-Herzog Márquez y a la semana siguiente promete fundar la república amorosa. Un lunes llama "matraquero" al militar de mayor rango en el país y el viernes hace un llamado a la reconciliación. Antes se ufanaba de seguir el ejemplo de Benito Juárez y defender el Estado laico en México, pero ahora se siente muy cómodo con discursos que incorporan parábolas religiosas y lo pintan a él como un héroe bíblico.

AMLO es el candidato de la alternancia, sus opiniones y temperamentos alternan con la dirección del viento. El año pasado el líder de Morena prometió revisar todos los contratos de la reforma energética porque "son un atraco". Sin embargo, esta semana, su vocero económico Alfonso Romo afirmó que el Peje "descubrió que las subastas fueron bien ejecutadas y transparentes". Un día quiere cultivar la imagen de un administrador sobrio del presupuesto público y luego ante sus paisanos tabasqueños les promete "borrón y cuenta nueva" a todos los deudores de la Comisión Federal de Electricidad. Regalando tarifas de luz debe ser fácil recibir aplausos.

En su periodo como jefe de Gobierno, la deuda pública de la Ciudad de México se redujo como porcentaje del PIB. De hecho, el manejo del endeudamiento público del gobierno del presidente Peña Nieto ha sido mucho más desaseado que el que tuvo el Peje como alcalde del antiguo Distrito Federal. Sin embargo, la deuda que contrató AMLO en aquellos años era aprobada por el Congreso federal y no por la Asamblea Legislativa local. Los contrapesos políticos en la Cámara de Diputados operaron como un freno institucional para restringir el endeudamiento de la capital. No hay evidencia ni experiencia que nos permita vislumbrar cómo se comportaría AMLO al contratar créditos, en el hipotético caso de que formara gobierno y lograra algún nivel de control sobre el Congreso. Lo peor que le podría pasar a México en el futuro sería voltear atrás con nostalgia sobre el periodo de irresponsabilidad hacendaria que ha marcado al sexenio actual.

En el tema de la corrupción, México necesita una voz que comparta la indignación por la Casa Blanca de Peña Nieto, la estafa maestra de Rosario Robles y las más de cuatro mil empresas fantasmas. De poco sirve un predicador bíblico que un día promete una refundación ética de la República y después le ofrece fuero a Napoleón Gómez Urrutia. Con López Obrador, la superioridad moral también tiene días inhábiles y horarios de operación.

Las musas de José Antonio Crespo aportaron la metáfora perfecta para describir esta dualidad de carácter: Dr. Jekyll y el señor Hyde. La novela clásica de Robert Louis Stevenson describe a un individuo que guarda en su ser a dos personajes: uno benevolente y generoso, el otro mezquino y violento. Quien decida votar por AMLO ¿por cuál de sus personalidades múltiples emitirá el sufragio?

Esta semana afirmó: "actuaré como presidente de la República, con terquedad, con necedad, con perseverancia, rayando en la locura". Es promesa de campaña. Observar el carácter de una persona es una manera de anticipar su destino. Como candidato, AMLO no ha hecho un esfuerzo visible por disimular estos rasgos contradictorios de su polifacético carácter. AMLO no es Hugo Chávez. El problema de López Obrador es que es él mismo. Basta ver el temple del personaje para atisbar el perfil de su eventual Presidencia. Es de sabios cambiar de opinión, pero seguramente debe haber alguna categoría clínica para aquellas personas que mudan de visiones del mundo y temperamento varias veces por semana. Que nadie se llame a sorpresas. Los mexicanos estamos advertidos.

Publicado por Reforma
25-02-2018