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Ideas absurdas

Wayne Huizenga ha tenido tres ideas absurdas en vida. En 1968, sólo tenía un camión de basura y su negocio consistía en la recolección de desechos. Wayne se dio cuenta de que la basura podía ser una máquina de hacer dinero. Muy poca gente creyó en la cordura de su proyecto. Hoy su empresa Waste Management tiene 21 mil camiones de recolección de basura y está inscrita en la Bolsa de Valores de Nueva York.
En 1987, Huizenga puso en práctica otra locuaz ocurrencia: rentar películas en centros comerciales para entretenimiento en casa. Así nació Blockbuster. En los años noventa, Huizenga decidió entrar a un negocio del siglo XX, pero con una plataforma del siglo XXI: vender automóviles por internet. De esta inspiración chiflada nació Autonation.com, la red de concesionarias de vehículos más grande de Estados Unidos. En el lapso de su vida, Huizenga ha transformado tres ideas absurdas en tres empresas enlistadas en el Fortune 500.
Bajo las miradas del presente y el pasado, una propuesta innovadora puede parecer totalmente insensata. Ideas que en su tiempo fueron absurdas, hoy son los pilares ideológicos de la civilización occidental. Hace 250 años, pensar que se podía designar a los gobernantes de una nación mediante el voto popular era una locura, que sólo se les podía haber ocurrido a los antiguos griegos. El fin de la esclavitud, el derecho al voto de las mujeres o la no discriminación entre personas fueron ideas que avanzaron contra la barbarie inercial de la historia y el status quo.
El ex profesor de Stanford Paul Romer tiene una idea absurda. Muy absurda. Su diagnóstico es sensato e indisputable: las instituciones débiles y normas mal diseñadas representan el mayor obstáculo al desarrollo de los países pobres. Su solución es polémica: crear ciudades-estado que se rijan por sus propias leyes, distintas a las normas y la estructura constitucional de la región o país al que pertenece su territorio. La propuesta de Romer está inspirada en el modelo de Hong Kong y China, donde la antigua colonia británica tiene un sistema político diferente y normas distintas a las que rigen la vida interna de la potencia continental.
Si esta iniciativa ya es buen combustible para la controversia, la iniciativa de Romer va todavía más lejos. El profesor de economía insiste en que los países pobres deben “invitar” a naciones más desarrolladas a administrar el gobierno de ciertas zonas de sus territorios, donde se forjarán ciudades desde cero. Romer sueña con la proliferación de nuevas versiones de Hong Kong en las zonas costeras de África, Asia y América Latina.
En uno de sus ejemplos favoritos, Romer propone que el territorio de la base militar norteamericana de Guantánamo en Cuba se convierta en el espacio para construir uno de los principales polos de inversión y crecimiento del Caribe. El gobierno de una eventual Ciudad Guantánamo no estaría en manos de cubanos o gringos, sino de canadienses que importarían sus normas e instituciones. Junto al sistema autoritario de la Cuba comunista florecería la democracia parlamentaria de Guantánamo. Ambos sistemas políticos coexistirían bajo una misma nación. La idea de Romer quema en leña verde conceptos como patria, soberanía o identidad nacional. Sus críticos más suaves lo etiquetan de urbanista loco, los más incisivos lo llaman neocolonialista postmoderno. Para defenderse de sus detractores, Romer argumenta que su propuesta de autonomías urbanas suena descabellada simplemente porque a los seres humanos nos cuesta mucho imaginar un futuro distinto al presente.
Pongamos la idea absurda de Romer en el contexto mexicano. Imaginemos que el ayuntamiento de Ciudad Juárez mantiene su autoridad como gobierno municipal pero cede la responsabilidad de la seguridad pública a una policía o ejército multinacional como las fuerzas de la OTAN. ¿Qué tan absurdo verán los juarenses las ideas de Romer? Me encantaría ver encuestas.