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Imaginación

Pregunta: ¿Qué tienen en común París, Berlín, Washington, San Petersburgo, Singapur, Brasilia y Viena?  Respuesta: son ciudades que se construyeron con la intención de comunicar la permanencia y grandeza de los estados que las edificaron.  El propósito de permanencia no siempre se logró.  Berlín y San Petersburgo, por ejemplo, tuvieron que reconstruirse después de la Segunda Guerra Mundial.  Pero los nuevos gobiernos decidieron reconstruirlas, seguramente para comunicar la intención de recuperar la grandeza que se había perdido.   

A mi no me gusta la arquitectura de Brasilia.  Su diseño me recuerda a Ciudad Satélite, pero construida en la selva.  La primera vez que viajé ahí, se me hizo un poco ridícula.  Tiene un estilo modernista que hasta la fecha no corresponde a la realidad cotidiana de Brasil.  No obstante lo anterior,  admiro la visión y audacia del estado que construyó esa ciudad. 
El gobierno de los Estados Unidos logró comunicar una visión en su momento futurista al edificar Washington.  La ciudad se trazó en un territorio deshabitado que donaron dos estados sureños al gobierno federal.  Las tierras donadas eran fangosas, carecían de valor intrínseco.  El gobierno federal americano mostró mucha más imaginación que prudencia cuando contrató a L’Enfant para que diseñara su trazo urbano. El diseño contemplaba avenidas amplias y grandes espacios públicos que servirían para ser ocupados por monumentos que celebrarían triunfos futuros.  Washington se diseñó confiando en que la fortuna favorecería a EUA.

Setenta años después, Washington tenía una población de solo 25 mil habitantes.  Baltimore, la capital de Maryland que queda cerca, era mucho más grande, y qué decir de Filadelfia o Nueva York. Durante décadas, los edificios y avenidas le quedaban grandes al gobierno americano; las calles no estaban pavimentadas, no había drenaje, y hacía un calor de los mil demonios.  Las condiciones de vida eran tan pobres en la capital americana, que los legisladores hacían todo lo posible para minimizar el tiempo que pasaban en la capital.

Hoy, sin embargo, la realidad de Washington alcanzó la visión de L’Enfant.  La majestad de la ciudad es indiscutible; comunica la grandeza de ese país.  Por ello, la capital de Estados Unidos se ha convertido en una especie de Mecca republicana.  Cientos de miles de familias americanas viajan a la ciudad para visitar sus monumentos y museos y para regodearse en el orgullo que les causa ser ciudadanos americanos.  Washington es para ellos lo que París es para los franceses.  El Capitolio y la Casa Blanca atraen y aglutinan a los americanos; su impacto en el ánimo de los americanos es enorme.  Sienten lo que han de sentir los fieles cuando visitan la Basílica de Guadalupe.   

Estoy seguro que si algún economista como yo hubiera estimado el valor económico de estas inversiones, hubiera recomendado que no se hicieran.  Pero, ¿qué si los rusos no hubieran construido San Petersburgo?  ¿o los franceses, París? ¿o los americanos, Washington? o ¿qué si Maximiliano y Don Porfirio no hubieran construido Avenida de la Reforma y los monumentos que la engalanan?

Creo que nadie que conoce estas ciudades preferirá la alternativa que plantearían los economistas.  Sin embargo, es probable que cuando se construyeron estas ciudades había cientos de inversiones más rentables socialmente.  Si hubiera triunfado la racionalidad funcionalista hoy la humanidad no tendría estas ciudades y probablemente el tejido social de las sociedades que las construyeron sería más frágil.  Desde la óptica de construcción de identidad nacional pocas inversiones hubieran sido más rentables.

Soy economista de hueso colorado.  Me gusta que las decisiones se basen en hechos y análisis que permiten medir los beneficios esperados de las inversiones públicas.  Pero allá dentro, tengo un rincón romántico que quiere que todavía soñemos sobre construir obras majestuosas.

Actualmente, solo China tiene la audacia requerida para proyectar grandes obras urbanas, como el nuevo puerto de Shanghai o el aeropuerto de Hong Kong.  Nosotros, por contra, estamos dominados por un espíritu chiquito que refleja el psique nacional actual.  En esto no estamos solos; lo mismo sucede a los americanos, a los rusos y a los franceses.  Ninguno de estos países se atrevería a hacer hoy una obra tan ambiciosa como la que en su momento hicieron cuando construyeron sus ciudades-monumento.  Quizá en el fondo esto expresa un reconocimiento tácito de que su mejor momento ya pasó.  Ojalá que no sea así.  Pero sea cual fuera el caso, la ambición y energía que impulsó los proyectos urbanos de estas ciudades emblematicas me dan envidia. 
 

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones en esta columna son personales.