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El imperativo tecnológico en la justicia

A diferencia de las ciencias exactas como la física y las matemáticas, las actividades jurídicas son dinámicas en su búsqueda por resolver un problema. Sin embargo, los últimos años ha habido una rampante tendencia progresiva en que lo jurídico se involucra con lo tecnológico. Esto es irreversible y ha puesto de manifiesto interrogantes vinculadas, por ejemplo, sobre el futuro de quienes opten por estudiar derecho o hasta dónde usar la tecnología para impartir justicia.

Autores destacados, como McGinnis y Pearce, han abordado el impacto de la tecnología en el mundo jurídico y ven dos opciones para los futuros abogados: 1) involucrarse en la evolución tecnológica y aprovechar el enfoque multidisciplinario, o 2) esperar a convertirse en profesionales de perfil obsoleto.

Hoy en día, cualquier persona que tenga acceso a un dispositivo móvil puede solicitar, en segundos, la síntesis de un contrato, un buscador de servicios legales, un comparador de criterios de decisión o solicitar asesoría legal en tiempo real. Esto implica el trabajo de toda la vida de muchas personas que decidieron estudiar leyes.

Más interesante aún, gran parte de esa tecnología (plataformas, aplicaciones, etc.) ha sido desarrollada por personas que no tienen una formación jurídica, sino por expertos en el análisis de grandes volúmenes de datos (bigdata) y programación. Dominan lenguajes tecnológicos como Linux, Phyton, R, entre otros, pero además de generar mecanismos para recabar información, hacen análisis de predictibilidad para contribuir en satisfacer una demanda social permanente y bien conocida: mejorar las condiciones de justicia.

El desarrollo de mecanismos para hacer más eficientes las labores jurídicas, generar y poner a disposición la información, desarrollar algoritmos y códigos es fundamental para contar con instituciones modernas. Sin embargo, todo ello desemboca preponderantemente en un aspecto cuantitativo en el que la cantidad de información define predictibilidad o demanda de datos.

A pesar de que la disciplina jurídica no tiene la estructura matemática en sus conclusiones, lo que define su alcance en términos del aspecto cuantitativo que permite analizar la eficiencia, tampoco se ha profundizado su aspecto cualitativo para examinar la eficacia y complementar la predictibilidad y generación de datos. Por ejemplo, evaluar la calidad del desempeño de un sistema jurídico a partir de evidencia documentada, en donde se refleje el actuar del juzgador y de todos los recursos (humanos, normativos, económicos e institucionales) indispensables para una justicia eficiente y eficaz.

La tecnología seguirá evolucionando constantemente, pero sin duda nunca bastará con el imperativo tecnológico para impartir justicia. El comportamiento humano no es un código ni una hoja de Excel, pero sobre todo, no puede haber justicia a partir de conductas que, como ha dicho Lipovetsky, se manifiesten sin que se haya supuesto una asimilación desde el punto de vista de un deber. No se pueden hacer cosas buenas sin experimentar el deber.

Publicado por Milenio
25-07-2019