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Impuesto a la fealdad

La casa donde vivimos colinda con otras dos que son propiedad de la misma persona.  El problema de seguridad lo tiene tan asustado que por sus pistolas un día decidió poner unas cercas espantosas de malla ciclónica que miden como tres metros más que los muros que separan nuestras casas.  No nos pidió permiso, ni nos ofreció una disculpa o explicación.  Sabemos por tratos previos con él que es muy grosero y agresivo.  Por ello, descartamos la opción de tratar el tema con el directamente, puesto que solo conduciría a mayor conflicto.  En Cuernavaca no hay ninguna autoridad que sirva para resolver este tipo de situación.  Siendo realistas, solo nos quedan tres opciones: aguantarnos el coraje; reparar el daño visual con una celosía bonita que tape su monstruosidad o escalar el conflicto con medidas de retaliación (e intimidación) que lo lleven a recapacitar.

Lo que nos pasó a nosotros sucede a los habitantes de la mayoría de las ciudades del País.  Vivimos en ciudades feas y ruidosas, en las cuales todo mundo se siente libre de hacer lo que se le pega la gana, aunque con sus acciones deteriore la calidad de vida de sus vecinos.  Con la complicidad de las autoridades, en todos los barrios de nuestras ciudades hay antros en los que se toca música a todo volumen, aunque esto les robe el sueño y la tranquilidad a personas que necesitan descansar.  La mayoría de muros de nuestras ciudades están cubiertos por grafitis pintados por adolescentes que con sus pintas marcan los límites de sus territorios.  En todas partes hay enormes anuncios pintados que promueven productos comerciales, conjuntos musicales, partidos políticos y una extravagante variedad de productos y servicios.  A las organizaciones que ponen estos anuncios les alcanzan los recursos para pintar las paredes de nuestras casas; me imagino que su presupuesto también les debería alcanzar para pagar un impuesto a la fealdad.

Las cosas están tan mal que ni siquiera los proveedores de servicios públicos concesionados tienen que cumplir ninguna regla.  CFE, las empresas de teléfonos y las cableras tienden telarañas espantosas que restan elegancia y belleza a los lugares donde vivimos.  Consecuentemente, los centros históricos de ciudades intrínsecamente bellas como Puebla, Oaxaca, Cuernavaca o San Miguel de Allende, lucen mucho menos bien de lo que podrían si esos cables estuvieran enterrados.

Los economistas denominamos a este tipo de problema, externalidades negativas.  Las externalidades son los costos que los demás tenemos que absorber pero que derivan del consumo o la conducta de terceros.  Una de las principales funciones del Estado es regular las externalidades con el fin de evitar que estos costos se desborden, causando conflictos entre los particulares afectados.  Regresando al caso de mi vecino: corresponde al gobierno municipal de Cuernavaca reglamentar dónde, cómo y bajo qué condiciones se puede colocar una malla sobre un muro que separa dos casas, y habiendo establecido las reglas, asegurar que sus disposiciones se cumplan fielmente.  Poner a mi vecino en orden no debería ser mi problema, puesto que ese camino solo conduce al conflicto entre las personas.  La tarea de gobernar las externalidades es responsabilidad de los gobiernos locales, aquí y en China. 
 
Cuando los gobiernos locales funcionan razonablemente bien, como en la mayoría de las ciudades de Europa, Estados Unidos y Canadá, la autoridad local interviene e impone remedios.  Las ciudades de Italia, España, Alemania y Francia son bonitas porque sus gobiernos cumplen esta tarea rigurosamente.  Una de las muchas cosas que estos gobiernos saben hacer es sancionar conductas e imponer multas (impuestos a la fealdad) a las personas que incumplen los reglamentos que existen para manejar y minimizar las externalidades.  En los casos históricos de las principales ciudades medievales de Europa, los residentes tienen la obligación de asegurar que los exteriores de sus casas se apeguen fielmente al estilo original de su construcción.  También están obligados a mantener los muros pintados y bien presentados; si una ventana se rompe, la tienen que reparar inmediatamente; si un foco se funde, lo tienen que sustituir por uno que si funcione.  En estas ciudades los residentes tienen obligaciones que se acatan y vigilan rigurosamente.  El que incumple es sancionado y si reincide, corre el riesgo de que su propiedad sea expropiada y vendida a alguien que sea más cumplido y responsable.

México tiene muchas ciudades que podrían ser bellas, mucho más agradables de habitar y un imán para el turismo sofisticado.  Pero para ello requerimos que los gobiernos locales cumplan sus responsabilidades.

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C.  Las opiniones en esta columna son personales.