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Impunidad popular

¿Será el clima un factor determinante para que un país alcance la prosperidad? Por algunos años se pensaba que un invierno duro era un acicate ideal para el desarrollo económico: la gente tiene que trabajar en el verano y ahorrar provisiones suficientes para los meses de frío. Se creía que esos esfuerzos a bajas temperaturas eran motores de generación de riqueza. La teoría del clima empezó a hacer agua en Asia cuando Singapur, Taiwan y Hong Kong comenzaron a crecer en climas templados.

Entonces la varita mágica se buscó en la cultura y la religión. La ética protestante explicaba el éxito del capitalismo en Occidente. Clásicos de sociología y una industria de tesis doctorales florecieron a la sombra de esta frondosa hipótesis. En las últimas décadas del siglo XX, las múltiples excepciones cuestionaron la solidez de la regla. Los japoneses son shintoistas y budistas a la vez, los chinos veneran la filosofía de Confucio como un dogma y los irlandeses se consideran profundamente católicos. Todos estos países crecieron de forma envidiable a pesar de prender incienso y asistir los domingos a misa. Entonces tenía que ser la geografía costera. Afganistán, Bolivia y Nepal no tienen acceso al mar y son países pobres. En Tajikistán están doblemente aislados, no tienen ventana al mar y tres de sus cuatro países vecinos, tampoco colindan con ningún océano. Por lo tanto, la ausencia de litoral es una condena al subdesarrollo. Pues no. Hasta ayer por la tarde Suiza no tenía ni playas ni costas, ni muelles, ni problemas de pobreza. Haití es una isla en el Caribe y un sinónimo de penuria y necesidad.

En su libro, ¿Por qué fracasan las naciones? Daron Acemoglu y James Robinson superaron estos esfuerzos de alquimia intelectual para forjar la explicación más cercana a una bala de plata. No es la geografía, el clima o la religión. Las instituciones construidas y administradas por los seres humanos son el principal determinante del éxito o naufragio económico de los países.

Resulta deprimente leer a estos autores a la luz del México de 2013. Pocas señales tan ominosas sobre el futuro de nuestro país como la frecuencia en que nuestras propias autoridades se vuelven en garantes de la impunidad. Los encargados de redactar las leyes y garantizar su cumplimiento encuentran atajos y subterfugios para evadir las reglas que deberían cumplir.

A fines de diciembre, la Asamblea Legislativa del Distrito Federal reformó el código penal para permitir la libertad bajo fianza para quienes realizaron violentos desmanes el pasado 1o. de diciembre. Con mis propios ojos vi lo que sucedió aquel día entre la Alameda Central y el cruce de Insurgentes con Reforma. La policía cometió una injusta negligencia al castigar a algunos inocentes por el hecho. Sin embargo, ese crimen contra la Ciudad de México quedó en total impunidad.

Con ese ejemplo fresco, un puñado de adolescentes del CCH Naucalpan decidió golpear a un vigilante que le negó la entrada al plantel a un estudiante borracho. El hecho desató nuevas agresiones contra trabajadores e instalaciones. Hoy las oficinas del CCH están tomadas y la UNAM no puede expulsar a siete individuos que causaron lesiones a empleados universitarios.

En México, la acción de “la bola” es uno de los caminos certeros para garantizar la impunidad. Cometer crímenes y destrozos en grupo o masa detona la solidaridad de las buenas conciencias: “se busca criminalizar la protesta social”. El fin justifica como medios la brutalidad, los cristales rotos y las bombas molotov. A estos casos hay que agregar las normales de Michoacán y las guardias civiles de Guerrero. La impunidad popular es sólo una de varias formas en que los mexicanos le picamos los ojos al Estado de derecho. Si no tenemos instituciones que garanticen el cumplimiento de la ley, ni la aprobación de todas las reformas del Pacto por México nos abrirá las puertas de la prosperidad. ¿Por qué fracasan las naciones? No son los aztecas, los españoles, ni el buen clima. La respuesta la tienen en el CCH Naucalpan.

Twitter: @jepardinas